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Viqui Molins: la vocación de estar junto al «mal ladrón»

VIQUI MOLINS
Jorge Martinez Lucerna - WP
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Esta teresiana vive y trabaja en el barrio del Raval, en Barcelona, donde trata de atender a «los últimos de los últimos» allá donde estén

Viqui Molins fue galardonada el año pasado con la Cruz de San Jorge por la Generalitat de Cataluña. Un año antes había recibido el Doctorado Honoris Causa por la Fundació Pere Tarrés, en reconocimiento a su labor social en Barcelona desde los años 80. Hoy es el rostro más mediático de la parroquia de Santa Anna en Barcelona, donde han intentado seguir la indicación del Papa de que la Iglesia se convierta en un Hospital de Campaña. Hoy tenemos la oportunidad de hablar con ella.

Me acerco al piso en que vive. Está en la calle de la Cera, donde empieza el Raval barcelonés, un barrio antiguo, esculpido por el tiempo y la miseria en el mismo corazón de la ciudad. Las putas del chino, los camellos, la multiculturalidad colorida y espontánea, la filmoteca, las plazas bulliciosas, la marginalidad y la pobreza junto al ajetreo y el turismo, los bares más cool junto a los locales lumpen de siempre. En sus callejuelas palpita el cuarto mundo, al que Viqui decidió dedicarse hace ya tiempo.

Me recibe con una sonrisa que abraza. Entramos en el pequeño salón, presidido por un sofá cubierto con una funda de un azul metálico. Me acomodo en él mientras ella se sienta en un sillón orejero de la misma tela que lo flanquea. Empieza contándome que sus orígenes se ubican en la otra Barcelona. “Nací dos meses antes de que estallase la Guerra Civil en una Torre de la Bonanova, en la calle Hurtado. Era la quinta de nueve hermanos. Durante la guerra tuvimos que huir a Francia y cuando volvimos en el 39 nuestra casa estaba muy estropeada porque la habían ocupado.”

Su padre, que era abogado y Director de la Adriática de Seguros, era un enamorado del Eixample. Por eso decidieron ir allí a vivir. Primero lo intentaron en la misma Pedrera – “vivir allí era una osadía porque en aquel tiempo el modernismo no gustaba, aunque a mi padre le encantaba Gaudí”-. Sin embargo, su madre se quejaba de que con aquellas paredes sinuosas no había modo de encajar las camas. Así que acabaron en la que fue su casa de toda la vida, en Rambla Cataluña a la altura de Diagonal. Las chicas iban a las Teresianas, que estaban donde se encuentra ahora la Diputación. Los chicos a los jesuitas, primero al colegio que estaba donde ahora se alza la Universitat Pompeu Fabra, y después a la calle Caspe.

A los 19 años entró en la Compañía de Santa Teresa de Jesús, fundada por Enric d’Ossó. Su carisma original era la educación de la mujer. “De hecho él decía que teníamos que ser mártires del estudio, algo que yo agradezco mucho porque nos han hecho estudiar de lo lindo”. Su escuela más conocida en Barcelona es la de la calle Ganduxer, construida por el mismo Gaudí, “amigo personal de nuestro fundador. Teníamos colegios buenos y después teníamos uno en Montjuic, donde estaban las barracas, y cuando las tiraron fuimos a Bellvitge. Aunque mi destino siempre fueron colegios buenos en Valencia, Madrid y el de Ganduxer”.

 

«Yo lo he tenido todo desde pequeña»

Tras este prolegómeno biográfico, uno se pregunta cómo acabó viviendo donde vive y dedicándose a lo que se dedica. Su inteligencia chispeante contesta con su historia. “En 1985, yo era la responsable de juventud de la congregación, de un movimiento que teníamos de jóvenes, el MTA. Gracias a ello tuve la oportunidad de viajar por países de África y América Latina. Cuando llegué a Nicaragua era el momento en que nacía la teología de la liberación de Fernando Cardenal, de las dos iglesias, de toda la lucha sandinista, etc. Fue una experiencia muy fuerte que me abrió los ojos y sentí una llamada muy especial que intenté desarrollar cuando volví. Quería dedicarme a los pobres. Yo lo he tenido todo desde pequeña, he tenido una vida fácil, no he pasado privaciones ni siquiera en la postguerra.”

La lección que aprendió en Nicaragua todavía la acompaña: “Aquellos pobres eran pobres de dinero pero muchos tenían valores, bonhomía y se ayudaban entre ellos. A mí una mujer me dio una lección tremenda. Había caído un diluvio arrastrando su casa. Yo le pregunté apenada qué había perdido y ella, llorando, me contestó que todo. Luego, rectificó y sonriendo, me dijo:  «no, todo no, porque a Dios no lo he perdido y, teniendo a Dios, lo tengo todo.” Me avergoncé, porque yo era hija de Santa Teresa y su “solo Dios basta”, que me tenía que venir a recordar aquella pobre señora. Y sigue siendo así: a mí se me estropea el ordenador y parece que se acabe el mundo.

 

Los primeros muertos de sida

Cuando volvió de aquel viaje, vivía en Ganduxer y era la directora de la editorial de las Teresianas. Habló con sus superiores de esta nueva vocación dentro de la vocación y llegaron a un acuerdo. Ella desempeñaría su trabajo y a las cinco de la tarde se quitaría el hábito y bajaría al Raval. “Conocí a Sor Genoveva, que me empezó a hablar de una neumonía atípica que se estaba llevando a la tumba a muchos drogodependientes y homosexuales. Era el sida, pero todavía no lo sabía. Me especialicé en eso. Se me han muerto entre los brazos 34 jóvenes entre los 19 y los cuarenta y pico.”

 

¿Dónde me quiere Dios?

Con el tiempo, empezó a sufrir una división interna entre el lugar donde vivía y lo que observaba al bajar al Raval, Pasó una época de mucha lucha y dificultades, por saber cuál era la voluntad de Dios para ella. Por eso pidió hacer unos ejercicios de San Ignacio, para discernir. Se fue a Pedreña, en Cantabria, para no tener influencia de nadie cercano. “Vi claramente que quería dedicarme integralmente a los pobres, pero sin dejar la Compañía. Por eso, cuando volví, la Hna. Provincial, me dijo que le parecía muy bien, y escribió una carta a las hermanas de la Provincia, explicando lo que yo iba a comenzar y preguntando si había alguna más que se quisiese apuntar. Se presentaron veinte y escogieron a cuatro. Desde entonces vivimos en Comunidad. Ahora somos 4 y en este momento estamos solo 2 porque una está en Francia y la otra con los refugiados en Idomeni. Es lo bueno de ahora: en nuestra casa cada una tiene su carisma y discernimos juntas.”

Su vocación personal es estar al lado del “mal ladrón», el de la izquierda de la cruz, ese que ni siquiera sabía rezar… «Me he especializado en ellos. No sabía que podía tener tanta gracia para esto y, mira tú por dónde, estoy de lo más feliz”. Viqui se ha implicado en la vida del barrio, aunque “sin hacer capillitas”. No tiene obras propias sino que o se dedica a sostener algo ya existente o responde a las necesidades existentes montando organizaciones con otras personas y colectivos.

La fundación “Acollida i Esperança” es un ejemplo de ello. Surgió de la relación con Sor Genoveva y un franciscano. “Vimos la necesidad de acoger a aquella gente que se moría por la calle. Por eso hicimos un piso de acogida que continúa, aunque ya no mueren de sida y ahora se llena con gente que viene de la cárcel, de la droga, etc. Gente que está mal y que se pasa un tiempo en este piso tutelado hasta que se recuperan. Yo sigo yendo una vez a la semana. El piso funciona conjuntamente con una granja que tiene la Fundación en  Badalona, donde pueden trabajar.”

Con sus 81 años extremadamente bien llevados, también está implicada en la Obra Social Santa Lluïsa de Marillac de Sant Vicenç de Paül, en la que tiene un grupo con el que visita prisiones una vez a la semana. Además, ha creado, con gente del barrio, una escuela adaptada a niños con problemas familiares. “En cada aula solo hay 9 alumnos. Yo les hago lectura comentada.”

Con la oleada de inmigración que se produjo con la llegada del siglo XXI crearon el GIR (Grupo Interreligioso del Raval), “una cosa muy bonita que fue la responsable de los encierros en las iglesias de Barcelona hace unos años, en protesta contra la entrada en vigor de la ley de extranjería.” Pero la vitalidad de esta asociación sigue indemne: “Ahora nos hemos juntado en la Rambla del Raval porque la comunidad musulmana nos ha invitado a una cena para celebrar el final del Ramadán. Cuando llega la Pascua somos nosotros los que les invitamos a ellos. A veces rezamos juntos: cristianos -católicos o no-, musulmanes y demás religiones.

Pero la cuestión no es solo religiosa. Viqui sostiene que si una quiere que la aprecien en el barrio debe meterse de lleno en la vida que se da en él. “A veces, por ejemplo, voy a ver a una prostituta del barrio que está muy sola y es muy vieja. Hay que llevarla al médico y esas cosas.” Entonces me mira, sonríe y pregunta: “si no, el celibato, ¿para qué serviría? Si yo no fuese célibe estaría cuidando a mi marido, que siempre se pone enfermo antes que la mujer, o cuidando niños, como mis hermanas. A mi me hace muy feliz esto y lo haré mientras pueda.”

 

Armando lío

Toda esta actividad también la ha convertido en una de las cabezas visibles de Santa Anna, que este pasado invierno se convirtió en la iglesia de campaña de la ciudad condal, abriendo sus puertas a los indigentes durante la ola de frío, en una línea similar a la de San Antón, del padre Ángel, en Madrid. “Como yo era un poco conocida dentro del mundo de la marginación, un día me llamó Peio Sánchez, el rector de Santa Anna, y me dijo que el padre Ángel nos convocaba para hablar de ciertas cosas. Ese es el estilo que me gusta a mí. Hacer las cosas para la gente de la calle, para los últimos de los últimos, para los que no llegan ni tan siquiera a los servicios sociales porque no tienen ánimos para ir, porque los convocan y no van, porque no pueden, no quieren o porque no saben el día y la hora en que viven. Los últimos de los últimos. Así que comenzamos de un modo caótico, como empiezan las utopías. Y recibimos aquel mensaje del Papa Francisco que nos daba las “gracias por el lío que armaron en Barcelona”. Porque todo esto de Santa Anna es un lío”.

Cuando le pregunto qué le pediría a la Iglesia, ella me contesta que exactamente lo mismo que está pidiendo constantemente el papa Francisco: “que no sea prohibitiva sino misericordiosa, que no sea normativa sino más abierta y fraterna con la gente, que no sea tan dogmática y que escuche más, y que haga una liturgia más entendible para el pueblo. Es lo que está diciendo el Papa constantemente. Por eso estoy tan contenta.”

Afirma que es esta Iglesia en salida la que conmueve y fascina a las personas. Me cuenta, por ejemplo, cómo, después del rodaje del programa de TV3 “El convidat” (“El invitado”) en su casa, el presentador, Albert Om, le escribió un wasap diciendo: “Viqui, has hecho que mi agnosticismo se tambalee”. También me narra una larga conversación con el director de cine Javier Fresser en Barcelona, después de ganar este los seis Goyas con Camino -una adaptación libre de Alexia, una pequeña hagiografía que Viqui escribió hace muchos años y que vendió muchísimos ejemplares-. Al final le dijo: “si yo hubiese conocido el Dios del que tú hablas quizás no hubiese sido tan agnóstico.”

Viqui es un libro abierto. Derrocha tanta energía como alegría. Uno se quedaría allí escuchándola como a otra Scheherezade, pero debo irme, me esperan. De camino a la salida me muestra la pequeña capilla en la que rezan. Es una habitación recoleta y hermosa, muy sobriamente decorada. Sin embargo, como me ha dicho durante la entrevista, para ella “el amor de Dios no es diferente del amor por los hombres, es el mismo amor”. Por eso, mientras bajo la empinada escalinata que me devuelve al bullicio de la urbe, pienso que estoy entrando en su otro lugar sagrado, donde a ella le gustaría morir: entre la gente, en la calle.

 

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