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Capellanes del Alzamiento de Varsovia: los verdaderos buenos pastores

Eugeniusz Lokajski/Wikipedia
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Norman Davies, historiador británico y autor del libro «Rising ’44», afirma que es imposible entender la actitud heroica de los insurgentes de Varsovia sin el factor espiritual. También observa que «el comando del ejército nacional era perfectamente consciente de la conexión entre las prácticas religiosas y la moral militar»

Durante el Alzamiento de Varsovia que estalló el 1 de agosto de 1944, aproximadamente 150 sacerdotes católicos actuaron como capellanes de las tropas de insurgentes. El resto continuó con su misión para la población civil en las iglesias que quedaron en pie, patios, sótanos u hospitales, de forma que les llevaban consuelo espiritual a aquellos que sufrían, acompañaban a los moribundos, escuchaban confesiones y ofrecían sacramentos de matrimonio y bautismo.

«La presencia de un sacerdote elevaba el espíritu considerablemente en aquellas personas en la línea de batalla o entre los civiles. Muchos sacerdotes valientes arriesgaron sus vidas ofreciendo ministerio sacerdotal. A menudo era necesario llevarlos a los lugares donde más los necesitaban y que ellos desconocían, y a veces hacían salir a un sirviente de Dios más asustadizo de un escondite más o menos seguro y le obligaban a actuar. Aunque invadidos por el miedo, decidían salir y salvar almas», recuerda un participante del alzamiento, Andrzej Janicki.

El 1 de agosto de 1944 a las 11:00 tuvo lugar una sesión informativa en el edificio del Ordinariato militar en la calle Długa antes de la «hora del alzamiento». Se trataba de una sesión para capellanes de las tropas de insurgentes. Algunos de ellos ya contaban con un capellán durante el estallido, pero a otros se les proporcionaron durante la lucha, cuando los sacerdotes se unían, a veces de forma espontánea como voluntarios.

Santo Michał Czartoryski, dominico

Este fue el caso del padre Michał Czartoryski, un dominico que tenía cita con un oculista casualmente el 1 de agosto. El estallido del alzamiento hizo que le fuese imposible volver a su monasterio en Służew, y puesto que el batallón del ejército nacional que operaba en esa zona de la ciudad no tenía ningún capellán, se presentó voluntario. Ofreció ayuda espiritual a los heridos en el hospital de campaña de Powiśle. Aunque podía salvarse, decidió quedarse allí y morir junto con aquellos que sirvieron hasta el final. Fue beatificado por el Papa Juan Pablo II en el año 1999, junto con 198 mártires de la Segunda Guerra Mundial.

 

Santo Józef Stanek, palotino

El padre Stanek, palotino, fue otro sacerdote beatificado junto con el padre Czartoryski. Cuando se produjo el estallido, era capellán en el Instituto de las hermanas franciscanas Misioneras de María en Koszyki, en la calle Hoża, en Varsovia. Allí vivió la primera mitad de agosto, donde se consagró al cuidado pastoral, especialmente en hospitales de insurgentes.

Después, lo enviaron para trabajar con la unidad del ejército nacional Kryska, que luchaba en Powiśle. Adoptó el pseudónimo Rudy («pelirrojo»). Además de sus deberes pastorales, la celebración de misas, las confesiones, las conversaciones con insurgentes y las visitas frecuentes a los hospitales de campaña, también iba a los puestos de avanzada más lejanos de los insurgentes. Transportaba a los heridos, ayudaba a desenterrar a aquellos sepultados bajo los escombros y salvó muchas vidas.

Cuando se le presentó la oportunidad de salvarse al ver el espectro del desastre, no quiso aprovechar y cruzar el río Vístula en un bote salvavidas. En su lugar, cedió su plaza a un soldado herido, y se quedó para luchar con los soldados y civiles. Como delegado de los insurgentes, participó en las negociaciones con los alemanes sobre la rendición. Fue detenido como rehén y los alemanes decidieron ahorcarlo al fondo de un almacén en la calle Solec. Se dice que utilizaron su propia estola como soga. Durante la espera para ser ejecutado bajo la horca, bendijo a los civiles e insurgentes que pasaban por aquel camino llevados en cautividad por los alemanes.

 

Padre Tadeusz Burzyński

El padre Tadeusz Burzyński fue el primer capellán que falleció durante el Alzamiento de Varsovia, justo media hora después. Desde julio de 1944 sustituía al padre Jan Zieja (el mítico capellán de la organización Szare Szeregi y del regimiento Baszta del bando insurgente) como capellán de las Hermanas Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesus. Murió en el número 2 de la calle Wiślana, en Varsovia.

En esa zona, la lucha comenzó el 1 de agosto antes de las 5 de la tarde. El padre Burzyński comenzaba a rezar junto a las monjas una oración antes de la Eucaristía cuando empezó el tiroteo en la calle. Alguien entró corriendo diciendo que había una persona herida en el suelo en la calle Gęst. El padre Burzyński cogió el aceite para los enfermos de la sacristía y corrió a la calle con el sobrepelliz y la estola. Unos momentos más tarde explotó una granada. Alguien lo encontró herido en el suelo en un patio del vecindario.

Lo llevaron a un hospital de campaña en su sobrepelliz ensangrentado. La herida era tan profunda que no pudo sobrevivir. Pidió una confesión, aunque ya se había confesado esa misma mañana, y cuando se le llevó el viático, repitió «Jesús, te amo; Jesús, te adoro». También recordó ocho misas que no pudo celebrar y pidió que se sustituyeran. Falleció de forma consciente y tranquila, tenía 30 años. En el patio donde le dispararon encontraron una pequeña botella de aceite para los enfermos con una bala dentro que había perforado su espalda. Su beatificación está en proceso.

 

Padre Antoni Czajkowski

También se conoce el caso de un sacerdote que durante algún tiempo luchó con un arma entre sus manos. Tras el estallido, el padre Antoni Czajkowski estaba desplazándose hacia la posición que se le designó cuando un pequeño grupo de insurgentes de la unidad al mando del subteniente Lek le paró. Le pidieron que se uniera a ellos. Uno de los soldados, Rola, mostró su arma al sacerdote. Accidentalmente esta se disparó e hirió gravemente al soldado.

Este incidente impactó de tal forma al sacerdote que decidió unirse al pelotón y sustituir al herido, y además adoptó el pseudónimo «Rola II» en honor al soldado. El padre participó en los combates en Aleje Jerozolimskie (avenida de Jerusalén), se mostró valiente e ingenioso e incluso llegó a ser el subcomandante de la unidad. Sin embargo, dos semanas después, abandonó la lucha armada y se consagró al cuidado pastoral. Pasó a formar parte del batallón Chrobry II, donde acompañó como capellán a los insurgentes hasta la rendición.

 

Padre Józef Warszawski, jesuita

Cuando las tropas del grupo Radosław se defendían en Czerniaków, lo hacían acompañados por el padre Józef Warszawski, un jesuita conocido como «padre Paul». El 16 de septiembre el comandante lo citó para hacerle un llamamiento dramático:

«Padre, necesitamos una inyección. Mis hombres están abandonando, necesitan alimento espiritual. El hombre no es solo un cuerpo. Piense en algo, padre. De lo contrario, no podremos salir adelante».

El padre Paul entendió que era necesario celebrar una santa misa al día siguiente puesto que, como él mismo predicaba, era consciente de la importancia que esta tenía para los insurgentes. Pero existía un grave problema: se habían quedado sin hostias sagradas. No había ninguna a mano. Entonces consideró la posibilidad de entrar en las ruinas de la iglesia de la Santísima Trinidad al amparo de la oscuridad para buscarlas. En ese momento, tuvo que asistir a un soldado gravemente herido, en cuya capa encontró un libro de oraciones con un trozo de oblea de Navidad. Gracias a esta oblea, el padre pudo a la mañana siguiente celebrar la eucaristía para los insurgentes. Fue la última misa que se celebró en el distrito Czerniaków durante el alzamiento.

 

Buenos pastores

Son muchos los nombres de los sacerdotes que participaron en el Alzamiento de Varsovia y que se merecen una mención, y muchas historias que son dignas de contar. Sin embargo, es imposible nombrarlos a todos en un solo artículo. La mención a unos cuantos debería servir, por tanto, como tributo para todos los sacerdotes que compartieron la misma suerte que los soldados y la población civil. Muchos de ellos dieron sus vidas por la causa, otros sobrevivieron hasta el final del alzamiento y a menudo acompañaron a sus unidades en el cautiverio por parte de los alemanes, mientras que otros se unieron a los civiles que huían de Varsovia. Todos ellos se convirtieron en pastores de las palabras de Jesús (Jn 10, 11-15):

«El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. (…) Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí (…) y doy mi vida por las ovejas».

 

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