Campaña de Cuaresma 2025
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Si la persona no reconoce y resuelve sus heridas emocionales antes de casarse las llevará consigo al matrimonio. Estas heridas se pueden presentar en forma de baja autoestima, infidelidad o violencia, entre otras cosas, lo cual puede causar problemas muy severos, no solo en la pareja, sino en todo el entorno familiar.
Para evitar el divorcio hay que comprender que se trata de una enfermedad del alma y hay que buscar apoyo -espiritual, emocional y psicológico- tanto personal como en pareja. En pocas palabras, hay que sanar a la familia entera.
La importancia de la autoestima

Un elemento claro para saber elegir una buena pareja es tener una buena autoestima y reconocer la propia dignidad y valor como persona. Teniendo claro esto, se elegirá, por justicia, solo lo mejor.
Cuando no se tiene muy claro quiénes somos y cuánto valemos, elegimos por elegir, por no estar solos. Además, no se pondrán límites sanos en la relación y se caerá en el conformismo. Incluso se corre el riesgo de aceptar malos tratos, tanto físicos como emocionales, creyendo que, una vez en matrimonio, las cosas cambiarán.
Si antes de casarnos nos dedicáramos a sanar todas esas heridas emocionales que desde la infancia traemos arrastrando, las cosas serían muy diferentes. Pero a veces no somos conscientes de la enorme carga emocional con la que viajamos, ni del hecho de que las llevamos al matrimonio como "dote nupcial", como regalos en forma de defectos y a los cuales no damos la importancia debida porque creemos que con nuestro amor todo lo podremos soportar.
Creer que cambiaremos al otro
Si el hombre es tacaño, qué importa, con mi amor lo haré generoso. Si la mujer es celosa, qué linda, es que me ama, pero con mi amor haré que sea segura. Este es el gran engaño, creer que nosotros haremos que el otro cambie.
Y no solo no lo cambiamos, ya dentro del matrimonio las cosas se ponen peor, sino que eso que parecía una falta diminuta en realidad es una bomba de tiempo, la cual, en algún momento de crisis, hará explosión, y la relación será la que pague las consecuencias.
¿Y si ya estamos adentro? Se supone que todos entramos al matrimonio con la clara convicción de que el amor todo lo puede y de que seremos felices "in secula seculorum" (por los siglos de los siglos).

"Porque yo lo valgo"
Es importante despertar y trabajar en ese sentido de merecimiento que todos necesitamos. Y no del merecimiento centrado en el ego ni en la soberbia, sino en esa necesidad intrínseca de amor, de reconocimiento y aprecio.
Redescubrir el paraíso de mi matrimonio

El origen de muchos conflictos matrimoniales surge precisamente de aquí: de no merecer, de no sentirnos amados. El cónyuge se podrá parar de cabeza, llenarnos de detalles amorosos y demás, pero si no reconozco que yo soy quien necesita sanar para luego aprender que "sí merezco" y aceptar todo ese amor que tiene para mí, con mis actitudes y desprecios, lo único que lograré es alejarle de mí.
Si cada cónyuge toma la parte de responsabilidad que le corresponde y sana lo que deba de sanar, el matrimonio se vuelve un paraíso. Pero si no, es el mismito infierno y, claro, creeremos que el divorcio es la solución.
La buena noticia es que toda herida puede sanarse, en especial si vamos de la mano de Dios, para que después nosotros podamos dar y recibir el amor de una manera más sana y consciente, en especial a nuestro cónyuge.
Darnos cuenta de nuestras heridas es clave para sanarlas y hacernos responsables de lo que nos corresponde. El divorcio nunca será la solución o, me pregunto, ¿el divorcio soluciona la raíz de mi interior lastimado?


