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6 consejos para pasar unas buenas vacaciones con tu suegra

© Shutterstock

Bénédicte de Dinechin - publicado el 15/07/17

Las relaciones entre nuera, yerno y suegra no son siempre sencillas. A menudo, se complican más todavía cuando hay que pasar las vacaciones juntos. Aquí tenéis 7 consejos para entenderos bien y pasar buenos momentos en familia.

Diferencias de generación, de modo de vida, de cultura familiar, de educación, de fe o simplemente de carácter, con una suegra los temas potenciales de fricción no faltan.

Ante la perspectiva de convivir una semana bajo el mismo techo que la suegra, algunos se angustian un poco.

Desde luego, pasar las vacaciones juntos puede ser un desafío. Pero, ¿es motivo suficiente para renunciar? ¿Para privar a nuestros hijos de los buenos momentos con sus abuelos? ¿De quitar a nuestros cónyuges el placer de reconectar con sus raíces familiares? A continuación, 6 consejos para entenderse bien y pasar unas vacaciones apacibles.

1. Preservar la independencia

“Si hay unas vacaciones en común, deben ser cortas y respetar la independencia de unos y de otros”, aconseja un monje benedictino consejero de parejas y de familias. Si necesitamos más espacio, lo ideal es, cuando sea posible, residir en dos lugares distintos aunque próximos.

Corresponde a cada familia inventar su propio sistema de convivencia. No hay obligación, por ejemplo, de que todos coman al mismo tiempo ni de llevar el mismo ritmo. “Me parece una lástima tener que volver de la playa para estar a la mesa a las 13h. He propuesto a mi suegra que nosotros iríamos a hacer picnic con mis hijos. Luego nos reencontramos por la tarde con mucho gusto”, explica Nina.

Preservar la independencia de cada uno permite conservar lo esencial: los momentos compartidos positivos, como los juegos, el deporte, los paseos, las risas…

2. Tener visión de conjunto

El diablo se esconde en los detalles. La cocina, el orden, la limpieza, los horarios… son puntos de fricción por excelencia. Así que hay que saber relativizar. Florence cuenta que, un día, se negó severamente a que su suegra calentara el potito de su bebé en el microondas porque ella está en contra de ese tipo de cocina. Hoy día se ríe de aquello: “Porque utilizara una sola vez el microondas no iba a enfermar al niño”. Es mejor aflojar nuestras exigencias o preferencias en algunos detalles materiales que nos irriten por el bien de conservar la armonía.

Rectificar nuestras reacciones equivocadas después puede ayudarnos también a conocernos mejor. Al conocernos mejor, la relación se vuelve más sencilla.

3. Respetarse

Cuando a uno le reciben en casa de sus suegros, lo normal es aceptar las normas de funcionamiento de la casa y saber mostrar gratitud. Incluso si son jóvenes, no son de la misma generación. Tienen derecho a un mínimo de consideración, no por formalismo, sino con una voluntad de amabilidad.

Respetar es también interesarse por ellos preguntándoles sobre sus recuerdos, su vida, su historia personal y familiar. En esto, los largos momentos de vacaciones son ideales. ¿Un consejo? Intenta ponerte en su piel para aprender a ver la vida como la ven ellos.

“Cuando me di cuenta de que mi suegra se había criado durante la guerra, comprendí por qué lo conserva todo, desde un juguete roto a los embalajes. Antes me enervaba, pero ahora soy más paciente”, explica Nina. Comprender las razones del otro permite también evitar los juicios de valor o las valoraciones apresuradas.

4. Aceptar las diferencias

Es difícil adaptarse a una familia con sus propios códigos y costumbres. Las comparaciones son inevitables y es fácil percibir que la casa de uno es mejor, más acogedora, más animada, más bohemia, etc. Como no existe la familia perfecta, los hábitos de la familia política son también dignos de interés. ¿Por qué no descubrirlos y adaptarnos a ellos, un poco como cuando viajamos e intentamos fundirnos con el modo de vida local?

También es una hermosa muestra de amor hacia el cónyuge, que se ha criado en estas costumbres familiares. Quizás eso nos ayude a comprender mejor su historia, sus heridas de infancia, algunos comportamientos…

Christophe, poco madrugador, probó a adaptarse a las nuevas normas del juego: “Mi suegra se quejaba cuando desayunábamos después de las 9 de la mañana. Durante una semana, todos cambiamos de ritmo y terminamos por descubrir que así podíamos aprovechar mejor nuestras mañanas”.

5. Hablar y escucharse

“Lo más fácil cuando uno está enfadado es callarse”, asegura Marine, que recuerda cuando su suegra la reprendió por hacer pastel de verduras con aceite de oliva. Si las fricciones se sienten en los detalles, ¿por qué no tratarlas con un poco de humor?

También es más inteligente no reaccionar en caliente, sino atreverse a expresar con calma los sentimientos, las necesidades y formular una petición realista. Al expresar con delicadeza que se sentía infantilizada y que necesitaba autonomía, Marina encontró un espacio de entendimiento con su suegra.

6. Amar y perdonar

No es necesario esperar a sentir amor para comenzar a amar a la suegra. Decidir amar a alguien diferente de forma incondicional es un desafío. Sobre todo cuando, en vacaciones, hay que convivir todos los días. Al final, la persona que hemos decidido amar, incluso aun siendo diferentes, sabrá que la amamos. Nuestro cónyuge, nuestros hijos, se sentirán bien.

Para hacer funcionar la familia, esta máquina chirriante pero encantadora, hay que engrasar los engranajes: perdonar si te han herido, pedir perdón si hemos ofendido. Para Hélène, madre, suegra y abuela, “no existen la familia ideal ni los padres sin defectos, sino que es a través de las imperfecciones por donde llega la gracia”. Corresponde a cada uno utilizar sus propios talentos para contribuir a la buena convivencia familiar, proponiendo iniciativas positivas.

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