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¿Qué significado tiene el altar de una iglesia?

Corinne MERCIER/CIRIC

Henry Vargas Holguín - publicado el 03/07/17 - actualizado el 25/06/19

Descubre por qué suele ser fijo, de piedra y de un solo bloque

La palabra altar en hebreo significa “lugar de matanza” (Ex 27, 1). En griego significa“lugar de sacrificio”. En latín la palabra altar viene de altare, de altus que significa “plataforma elevada”; por esto desde la remota antigüedad un altar es un lugar elevado o piedra consagrada (en latín, ara) que se usaba para la celebración de ritos religiosos dirigidos a la divinidad, como ofrendas y sacrificios (inmolar víctimas).

El primer altar hebreo que encontramos en la historia bíblica fue construido por Noé después de salir del arca (Gn 8, 20). La Biblia nos dice además que los primeros hombres hicieron sobre altares sacrificios de animales y ofrecimiento de frutos a Dios Creador: es el caso de Abel y Caín.

Más adelante fueron construidos altares por Abraham, Isaac, Jacob, Moisés y Josué, la mayoría con fin sacrificial y alguno a manera de memorial.

Posteriormente con la edificación del tabernáculo, los altares eran construidos principalmente con dos propósitos: quemar incienso y ofrecer sacrificios. Una vez que se encendía el fuego del altar, se requería que se mantuviera encendido (Lv6, 13).

Con el paso del tiempo, como vemos en el mismo libro del Levítico, el pueblo de Israel ofrecía a Dios sacrificios de corderos y de otros animales en reconocimiento de su divinidad y a manera expiatoria.

Y los sacrificios de la Antigua Ley eran una prefiguración del sacrificio de Jesús en el altar de la cruz; pero en sí eran imperfectos. Por eso el autor de la carta a los hebreos dice:

«Pues es imposible que sangre de toros y machos cabríos borre pecados. Por eso, al entrar en este mundo (Cristo), dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del libro – a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Hb 10, 4-7).

En la nueva y eterna alianza Dios, al hacerse hombre, tomó un cuerpo pasible y mortal, y como hombre pudo sufrir y como Dios pudo dar a sus sufrimientos un valor infinito, capaz de satisfacer o pagar generosamente toda deuda adquirida por el pecado del ser humano.


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Y Jesús, al ser verdadero Dios y verdadero hombre, es capaz de reconciliar definitivamente el hombre con Dios al ofrecer un sacrificio, por esto Él es sumo y eterno sacerdote.
Pero Jesucristo, además de ser sacerdote también es la víctima y es el altar (Misal Romano, Prefacio pascual V).

Jesús es el sacerdote “porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores”, dice Isaías del siervo doliente (Is 53, 12).

Jesús es la víctima porque Él, como único sacerdote de la nueva alianza, se ofreció (1 Tm 2, 6) a sí mismo como víctima; y no como cualquier víctima sino como una víctima verdaderamente propiciatoria y necesaria, la que paga el precio justo en reparación del gran pecado cometido.

La víctima en este caso no es puesta por un hombre ni es un animal, la víctima la pone Dios, y es Él mismo. Así, se convierte justamente en este “siervo doliente” que acepta, libre y voluntariamente, por amor, la misión de ser la víctima capaz de pagar el alto precio por nuestra infidelidad.

Jesús es el altar. Teniendo ya el sacerdote y la Víctima haría falta ahora el Altar, siempre necesario para llevar a cabo el Sacrificio. El altar evoca pues la mesa sobre la cual Jesús anticipó su sacrificio que realizaría ofreciéndose en el altar de la cruz.

De esta manera hay una relación directa e intrínseca entre mesa (altar) y cruz y, sobre los cuales está la víctima; conformando una unidad o una fusión entre Jesús y la cruz, entre Jesús y el altar.

Por esto la cena del Señor o la misa (prolongada o actualizada en el tiempo por deseo expreso de Jesús (Lc 22, 19; 1 Co11, 24 y 25), es la anticipación incruenta de su sacrificio cruento en la cruz. Jesús dijo a sus apóstoles:

Tomad y comed: ESTO ES MI CUERPO, que será entregado por vosotros… ESTA ES MI SANGRE que será derramada por nosotros” (Lc 22, 19/ Mt 26, 28).

Cristo es el altar porque con Él y en Él se apoya y se realiza el sacrificio redentor. Fue tan perfecto el sacrificio de Jesús que no puede pensarse en otro más grande, posible y completo.

Y además en el altar no está representada sólo la divina persona de Jesús, sino también su acción a favor de los hombres. Por eso, en la piedra del altar se graban y se ungen cinco cruces que representan las llagas de la crucifixión.

Con la inmolación de su cuerpo en la cruz, dio pleno cumplimiento a lo que anunciaban los sacrificios de la antigua alianza, y ofreciéndose a sí mismo por nuestra salvación, quiso ser al mismo tiempo, como ya se ha dicho antes, sacerdote, altar y víctima.

En la Nueva Ley, el altar es la mesa en que se ofrece el Sacrificio Eucarístico.El altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales, es también la mesa del Señor” (IGMR, 296).

Es Cristo mismo, sumo y eterno sacerdote de la Nueva Alianza, quien, por el ministerio de los sacerdotes, ofrece el sacrificio eucarístico. Y es también el mismo Cristo, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, la ofrenda del sacrificio eucarístico” (Catecismo, 1410). “El altar, en torno al cual la Iglesia se reúne en la celebración de la Eucaristía, representa los dos aspectos de un mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del Señor, y esto, tanto más cuanto que el altar cristiano es el símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida por nuestra reconciliación y como alimento celestial que se nos da.«¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo sino la imagen del Cuerpo de Cristo?», dice san Ambrosio (San Ambrosio, De sacramentis 5,7: PL 16, 447), y en otro lugar: «El altar representa el Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo de Cristo está sobre el altar» (De sacramentis 4,7: PL 16, 437). La liturgia expresa esta unidad del sacrificio y de la comunión en numerosas oraciones”(Catecismo, 1383).

El altar, que ha de ser fijo, simboliza a Cristo Jesús, la Piedra viva (1 Pe 2, 4; Ef 2, 20. Compendio 288), la piedra angular.

Por esto, el concepto de que Cristo es el altar místico de su sacrificio y, como él mismo dijera, la piedra angular sobre la cual debe edificarse el templo espiritual de los fieles, ha influido en la preferencia porque el altar sea de piedra para que éste sea en realidad símbolo vivo de Cristo.

En consecuencia el altar tiene que ser fijo, de piedra y además de un solo bloque (Canon, 1236). La piedra evoca la idea de firmeza, estabilidad, solidez, apoyo seguro, lo que es Jesucristo en definitiva.

Y la Iglesia insta a que se construya “el altar separado de la pared, de modo que se le pueda rodear fácilmente y la celebración se pueda realizar de cara al pueblo, lo cual conviene que sea posible en todas partes. El altar, sin embargo, ocupe el lugar que sea de verdad el centro hacia el que espontáneamente converja la atención de toda la asamblea de los fieles. Según la costumbre, sea fijo y dedicado” (IGMR299).

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