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¿Dios niega la salvación a los ateos?

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Anton Watman/Shutterstock

Henry Vargas Holguín - publicado el 23/05/17

Los no creyentes pueden tener una fe anónima que brota del amor y que, de este modo, los conduce a la salvación

Aunque no parezca tan evidente, todos los seres humanos somos por naturaleza seres religiosos, fuimos creados capaces de relacionarnos con lo trascendente.

¿Cómo lo sabemos? Porque buscamos el sentido de la vida y el sentido definitivo de las cosas que nos pasan; porque nos preguntamos de dónde venimos y a dónde vamos; porque no somos conformistas, estamos siempre insatisfechos; porque nos cuestionamos sobre cosas que van más allá de lo que vemos.

Y esto lo podemos hacer gracias a las dos facultades del alma que todo ser humano tiene, sea ateo o no: somos seres capaces de conocer y de amar; en consecuencia capaces también de vincular nuestra vida a un “principio” rector que le da plenitud, unidad y armonía; sentido, en definitiva.

Vincular la vida a este”principio” rector (Dios) es la actitud propiamente religiosa del ser humano aunque este se confiese ateo.

El ser humano es capaz de Dios, dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar” (Catecismo, 27).

Y el Concilio Vaticano II indica: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva” (Gaudium et Spes, 19).

Todos los seres humanos hemos sido creados necesariamente con una relación con Dios porque hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios.

¿Esto qué implica?

a. Que Dios nos ha creado a todos, ateos o no, con un alma espiritual.

b. Que Dios nos ha creado a todos los seres humanos por amor y para la felicidad, aunque un ateo desconozca estas verdades; nos ha creado para Él, bien lo afirmaba san Agustín al decir: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti”. Dios es la máxima felicidad pues Él, al ser el Bien perfecto, la Verdad absoluta y la Belleza inefable, es todo aquello que puede hacer feliz al ser humano.

c.- Que Dios es Padre de todos, un buen padre incluso para los ateos. Dios envió a su hijo “con el fin de rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que así recibiéramos nuestros derechos como hijos. Ustedes ahora son hijos, por lo cual Dios ha mandado a nuestros corazones el Espíritu de su propio Hijo que clama ¡Abbá!, ¡Padre!” (Ga,4, 6).

d.- Que el deseo de Dios creador es salvarnos a todos, incluso a los ateos; tenernos consigo en casa.

¿Y, por qué lo desea? Pues porque todos tenemos, a través de la voz de la conciencia, el mandato suyo de hacer el bien y de evitar el mal. ¿Y qué relación hay entre el deber de hacer el bien y la salvación? Porque la voluntad de Dios es salvarnos a través del bien.

Por esto quienes “sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia (porque en muchas ocasiones, las personas no tienen culpa de no conocer aDios), pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna” (Catecismo, 847).

Recordemos que, en sí misma, la salvación no es cosa nuestra; es Dios quien la hace posible y nada que el ser humano haga puede impedir la voluntad salvadora del Creador.

Y sí que es posible que los ateos lleven a cabo la voluntad de Dios aun sin saberlo porque, en palabras de san Pablo, “los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza en el día en que Dios juzgará las acciones secretas de los hombres, según mi Evangelio, por Cristo Jesús” (Rm 2,14-16).

En consecuencia, Dios también actúa fuera de los parámetros normales en casos muy excepcionales en los que no hay ninguna posibilidad de relación con Él por los medios ordinarios establecidos por Él mismo (en la Iglesia), concediendo la salvación a aquellos que siguen con sinceridad su conciencia, a través de la ley natural.

Y esto se da por caminos inescrutables que sólo Él conoce.

Pero esto no quiere decir que todo dé lo mismo, o que todas las religiones sean igualmente válidas, o que todas contengan la verdad plena y salvadora.

Todo esto hay que referirlo siempre a la obra salvadora de Jesucristo, cuya mediación es universal y única, pues, como se mencionará también más adelante, Dios quiere que todos los hombres se salven.

Ahora bien, el hecho de no creer en Dios ni de tener ninguna relación con Él no es una justificación para que el ateo actúe mal o no actúe según la ley de Dios.

Hacer el bien no es una cuestión de fe, es para todo ser humano. Hacer el bien (o lo que puede ser lo mismo, amar), tiene un gran valor para Dios. Tanto, que el amor o el bien que se haga al otro, es una acción a través de la cual Dios se siente amado (Mt 25, 40; Jn 14,15).

De manera que para Jesús un discípulo suyo será aquel que ama (Jn 13, 35); y obras de amor las puede hacer perfectamente un ateo.

Jesús, incluso, pone las obras por encima de la fe que invita u “obliga” a decirle: “Señor, Señor”. Por esto Jesús dice: “No bastará con decirme: ¡Señor!, ¡Señor!, para entrar en el Reino de los Cielos; más bien entrará el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo” (Mt 7, 21).

Hay que decirle obviamente a Jesús ¡Señor, Señor!, con todo lo que esto implica, pero por encima de esto hay que hacer también la voluntad de Dios. Y como un ateo puede hacer la voluntad divina, como se ha dicho antes, puede entrar al reino de los cielos aunque no pueda decir: ¡Señor, Señor!

Aunque la persona atea no lo sepa, la verdadera libertad del ser humano se encuentra en la obediencia a la voluntad de Dios, que quiere que hagamos el bien.

Hacer el bien es una vocación de toda persona, pero aun así debe optar libremente por él. Y para hacer el bien, Dios ha dotado al ser humano de la capacidad de elegir el bien o el mal, el llamado libre albedrío.

Si la persona atea opta día a día, constante y conscientemente, por el bien, con el esfuerzo que esto implica (lucha contra las tentaciones del maligno), y tiene un sentimiento de lamentación por sus humanos errores, será salvo.

Por tanto, las personas que por las circunstancias de la vida se han visto forzosamente involucradas en el fenómeno del ateísmo sí pueden alcanzar la salvación pues el designio divino, al haber escrito su Ley en los corazones de todos los seres humanos, es que estas personas se salven.

Y Dios no desprecia ni echa en saco roto el bien que se haga aunque sea al margen de una relación correcta con Él.

Hay un episodio del Evangelio que bien podría dar luz a este tema. Los discípulos de Jesús se quejan a Él porque han visto a un grupo ajeno a ellos que hacía el bien en su nombre. Los discípulos se quejaban diciendo: si alguien no es de los nuestros no puede hacer el bien o si lo hace no vale, no tiene valor.

En este sentido los discípulos resultaron un poco intolerantes, cerrados en la creencia de que todos aquellos que no actúen según la verdad de Dios, no pueden hacer el bien.

Y Jesús les hace ver su error ampliando el horizonte: no se lo impidan, dejen que hagan el bien. “El que no está contra nosotros, está a favor nuestro” (Mc 9, 40).

La cerrazón de no pensar que se puede hacer el bien desde fuera, es un muro que divide y hasta condena; para Jesús un ateo que pase su vida, como Jesús, haciendo el bien y perfeccionándose como persona, sin saberlo, está a favor suyo.

Quien hace el bien y libera a su prójimo de ciertos males, y sufrimientos, aunque no aparezca en nuestra lista, implícitamente ya se ha sumado a la causa de Jesús.

Por otra parte, Jesús dijo además que el cielo o el reino de los cielos está abierto para los que son como niños (Mt 18, 3); ser como un niño implica un proceso de “conversión”, de crecimiento, de maduración.

En consecuencia, si un ateo pasa por la vida replicando las actitudes y los valores que nos enseñan los niños pues será alguien que será visto por Dios con complacencia y tendrá un lugar en su reino.

2. Dios, en Cristo, ha redimido a todos los seres humanos de la historia -no solo a los que serán sus discípulos- (Ga 4, 5). De aquí que todos tengamos las puertas del cielo abiertas.

Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidades es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (Gaudium et Spes, 22).

Y Jesucristo redime al ser humano pues “Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Timoteo 2,3-4).

Y la divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios. Cuanto hay de bueno y verdadero entre ellos, la Iglesia lo juzga como una preparación del Evangelio” (Lumen Gentium, 16).

El sacerdote jesuita Karl Rahner habló de los cristianos anónimos: aquellos que (sin culpa por su parte) no conocen a Cristo como salvador, no están bautizados y no pertenecen a la comunidad cristiana.

Incluso esta idea de Rahner abarca también a los que no tienen contacto real con ninguna religión. Estos pueden tener una fe anónima que brota del amor y que, de este modo, los conduce a la salvación.

Rahner fundamenta su posición en la autocomunicación de Dios a los hombres. Esta autocomunicación de Dios hace brotar la fe y el amor sobrenaturales, cuando las personas responden en conciencia y libertad, pudiendo de esta manera alcanzar la salvación.

Como Cristo es el único mediador, esta autocomunicación divina es trinitaria y en consecuencia cristiana. Y como estas personas no reconocen el carácter de la gracia recibida, podría decirse que es anónima.

A partir de aquí podemos intuir que Dios nos quiere a todos consigo en casa, algunos por vías ordinarias y otros por caminos extraordinarios que Él conoce.

Es razonable creer que Dios ofrecerá un lugar en el cielo para los que explícitamente no se relacionaron con Él en vida.

El hecho que alguien, bautizado o no, diga a lo largo de toda su existencia o en buena parte de ella, sobre todo al final, no creer en Dios, no significa que Dios deje de existir ni que Él quiera condenar al infierno a quien, tal vez muy a su pesar y sin querer, no cree en Él.

La relación de Dios con un ateo es como la relación de un papá con su hijo que, por alguna circunstancia ajena a los dos, puede haber crecido lejos de su padre llegando incluso a no conocerlo nunca; o con un hijo que pueda ser invidente de nacimiento y que tampoco llegue a conocer el rostro de su padre.

El papá no odiará a ese hijo en ningún caso; con el hijo invidente (ceguera espiritual) será indulgente; incluso, estará más a favor de éste que de los otros hijos. Y ese hijo, que lleva el apellido paterno, también será merecedor de parte de la herencia.

Dios será siempre para ese hijo -que ha crecido lejos de su padre y/o no lo conoce como su padre al ser, espiritualmente hablando, invidente- un Padre amoroso y comprensivo.

Dios siempre amará a esa persona aunque ella no lo sepa ni logre verLe en su vida, por algo que se habrá interpuesto, siempre, sin culpa personal.

El padre espera más de sus otros hijos: de los que tiene a casa, que lo ven y se relacionan con él.

Por tanto una cosa es la ceguera espiritual y otra muy diferente es negar la relación con Dios aun viéndolo o cubrirse los ojos para no relacionarse con Él o relacionarse con Él de manera injusta.

Dios ha establecido unos medios ordinarios para alcanzar la salvación eficazmente; si estos se rechazan conscientemente, se rechaza a Dios mismo y su plan salvífico; y esto ya es otra situación.

Dios que escruta los corazones sabrá ser justo y misericordioso con sus hijos indiferentemente y, en virtud de su justicia y misericordia infinitas, salvará lo salvable.

Esto no significa que la persona atea, por más buena persona que haya sido en su vida, pase directamente al cielo después de su muerte pues también podría tener que purgar sus posibles pecados, errores y debilidades.




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