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El camino hacia la santidad de Bernadette Soubirous

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No fue su encuentro con la Virgen María lo que hizo de la pequeña Bernadette una santa: la pastorcilla ya era santa antes...

Nadie puede ignorar que el abad Laurentin, que cumplirá 100 años el próximo octubre, es EL especialista en apariciones marianas, sobre todo en las de Lourdes, y que ha dedicado una gran parte de su obra a conocer a fondo a Bernadette Soubirous.

Es un hermoso mérito por su parte el dejar a un lado una buena treintena de libros académicos para publicar una “pequeña vida”, la Petite vie de Bernadette, que tan bien se adapta a la pastora de Lourdes. Un mérito que no tiene rival en la maestría con la que ha rastreado los 35 años que completan su camino de santidad.

Antes de las apariciones estuvo “la escuela de la pobreza”. La infancia de Bernadette, dice Laurentin, es una noche larga: hambre, carencias, enfermedades, humillaciones.

Un ejemplo: se comete un robo de harina y arrestan a su padre, François Soubirous, denunciado por el panadero. Hacen falta ocho días para demostrar su inocencia. La excusa del panadero: “Su estado de miseria me hizo creer que él podía ser el autor del robo”.

“Antes incluso de ser elegida por Nuestra Señora, ella ya era santa”

Sus apariciones se producen entre el 11 de febrero de 1858 (Bernadette tiene 14 años) y el 16 de julio. Durante el resto de su vida, Bernadette debió relatar con frecuencia las apariciones, además de escribirlas siete veces de su puño y letra. El abad Laurentin se esfuerza en fundir las siete versiones en un solo escrito.

Esta dedicación es una muestra de hasta qué punto se puede confiar en él para acercarnos lo máximo a la verdad, sin caer en una curiosidad malsana. La maravilla, el milagro… Bernadette, en su inocencia, estaba tan alejada de todo eso que informaba, sin comprenderlo, del “nombre” que le había dado la “señora” en respuesta a su pregunta: “Que soy era Immaculada Counceptiou”.

Y luego la prueba de dar testimonio: durante ocho años Bernadette tuvo que hacer frente a interrogatorios de las autoridades civiles y religiosas. Hoy día se hablaría de acoso. Pero ella nunca se apabulla: calmada, sin exaltarse, precisa, desbaratando las preguntas trampa —nos hace recordar a Juana de Arco delante de sus jueces— , rozando a veces la insolencia: “Mi responsabilidad es contárselo, no hacerles creer”.

La última etapa de su vida la vivió retirada de la sociedad en el convento de Saint-Gildard de Nevers. Una vida oculta, en la noche del alma, Bernadette agoniza y muere en el sufrimiento de la tuberculosis. Aquí, nos hace pensar en santa Teresa.

Y hasta aquí llega su breve y sencillo recorrido, marcado por la presencia de su biógrafo, que hace declaraciones muy atrevidas que justifica muy bien: “Bernadette es a Lourdes lo que María es a la Iglesia”.

Y su convicción, fundamentada en sus investigaciones, nos conquista: antes incluso de ser elegida por Nuestra Señora, “esta pobre chiquilla” ya era santa. Rezaba intensamente, sin quejas por los infortunios de su infancia, lista para afrontar lo que fuera, ya preparada para la única voluntad del Buen Dios.

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