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Cómo las gárgolas salvaban a las almas… y a los tejados

Andy Hay-cc
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Una simple distinción técnica puede ayudarnos a comprender mejor las maravillas de la arquitectura gótica

Una gárgola es sencillamente la parte sobresaliente de una tubería que expulsa el agua acumulada en un tejado. No es en absoluto un invento medieval: egipcios, griegos y romanos las usaron en tiempos antiguos, para evitar que la humedad destruyera los tejados.

De hecho, la palabra francesa gargouille es un derivado del verbo gargouiller, que procede directamente del griego gargarizóhacer gárgaras. Esta es precisamente su función como elemento arquitectónico: la gárgola recoge y expele el agua lejos de los tejados y las paredes del edificio.

Por tanto, técnicamente hablando, las fantásticas tallas de piedra que no funcionan como desagües no son gárgolas, sino grotesques, aunque la imaginación popular los haya identificado, quizás por su monstruosa apariencia.

Pero ¿por qué poner monstruos en los tejados?

El famoso historiador y crítico de arte Jurgis Baltrusaitis, uno de los fundadores de la escuela de investigación artística comparada y autor del libro The Fantastic Middle Ages, es la autoridad que se cita constantemente cuando se trata de estudiar la presencia de monstruos en el arte medieval.

Baltrusaitis explica que esas antiguas criaturas mitad humanas mitad animales nunca desaparecieron del todo en Europa. La presencia de las gárgolas, por tanto, puede explicarse como la supervivencia de esas representaciones griegas y romanas en el arte europeo posterior.

Christine Olson-CC

Otras fuentes atribuyen el uso de las gárgolas a una leyenda vinculada a la vida de san Román, obispo de Rouen. Según la leyenda, san Román logró someter a un dragón – llamado Gargouille, “garganta”– sencillamente mostrándole la cruz.

El santo ató una cuerda alrededor del cuello del dragón y le llevó al centro de la ciudad, donde la bestia fue muerta y quemada. Sin embargo, la cabeza y el cuello del monstruo no fueron consumidos por las llamas, así que san Román decidió colocarlos en uno de los muros de la catedral, como una advertencia: el mal acecha, y sólo puede ser vencido con la cruz. Por supuesto, es sólo una leyenda.

Otros historiadores señalan que el uso de gárgolas y grotesques en las catedrales tiene una función pedagógica: estas bestias fantásticas reforzaban la noción de que el mal queda fuera de la iglesia, de manera metafórica y literal, y que el mal huye de los lugares sagrados: “sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará”. Era una forma de representar lo que está escrito en la Escritura, en tiempos en los que pocos sabían leer y escribir.

Una lección impactante, ¿verdad?

crossine0-CC

 

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