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Dos sacerdotes que dieron la vida por sus hijas

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Dieron sus vidas para salvar las de unas jóvenes amenazadas por los piratas comunistas chinos

La historia de la Iglesia en China es larga y compleja, con una misión tras otra, de duraciones limitadas ante la eventual expulsión por la persecución. En el siglo XIX, san Juan Bosco (que influyó a tantísimos santos que a veces parece que todo lo que tocaba crecía un halo) había soñado sobre el futuro de la Iglesia en China: un cáliz lleno de sudor y otro lleno de la sangre de los salesianos.

San Luis Versiglia (1873-1930) no tenía ni idea de que este sueño guiaría su vida. El joven Luis, fiel monaguillo, todavía no tenía intención de convertirse en sacerdote y se centraba en su objetivo de ser veterinario. Su esfuerzo por recibir una buena educación le llevó al Oratorio de Juan Bosco en Turín, donde su trabajo duro le valió la atención del Santo y su corazón abierto le condujo a la vocación salesiana.

Acogido en la orden por el beato Michael Rua, Luis fue ordenado a los 22 años y se estableció en una vida muy alejada de la vocación misionera que deseaba. Durante casi una década, trabajó en la formación de jóvenes salesianos, aunque frecuentemente recordaba a los que le rodeaban que anhelaba ser misionero. “En cualquier momento puedo tener la maleta hecha”, decía.

Con el tiempo, Dios quiso que el deseo del padre Versiglia se cumpliera: fue enviado a China donde, con otros 5 salesianos, abrió un orfanato y una escuela. Como sacerdote a modelo del mismo san Juan Bosco, el padre Versiglia fue amable y cariñoso, dispuesto a hacer lo que hiciera falta para amar y servir a su gente. Fue para ellos un auténtico padre y, cuando la situación política de China se hizo más inestable y la posición de los cristianos más precaria, el padre Versiglia no mostró ninguna voluntad de abandonar. Fuera lo que fuera lo que padeciera su pueblo, él lo sufriría con ellos.

Con esta actitud en su corazón y el sueño de Juan Bosco en su mente, el padre Versiglia recibió un regalo de sus superiores: un cáliz. Cuando recibió el cáliz, respondió: “Don Bosco vio que las misiones chinas florecerían cuando un cáliz fuera lleno con la sangre de sus hijos. Se me ha enviado este cáliz y tendré que llenarlo”. El padre Versiglia aceptó el cáliz de sufrimiento por sus hijos chinos y no les volvería la espalda.

Cuando Versiglia se enteró de que el área en la que él servía iba a convertirse en una vicaría, escribió de inmediato a sus superiores pidiendo que no le hicieran obispo; prefería quedarse con su gente. Fue ordenado obispo no mucho después, aunque se negó a permitir que la dignidad de su cargo le alejara de su vocación de servir. Querido por su gente, pasó gran parte de su tiempo viajando (siempre de la forma más barata posible) para visitar a las personas de toda su diócesis. El obispo Versiglia ancló su vida en la Eucaristía, ante la que rezaba cada mañana y cada noche, y pasaba el resto de su tiempo al servicio directo de sus hijos.

Fue este deseo de conocer personalmente a su pueblo lo que le llevó a beber el cáliz del martirio. Viajaba con uno de sus sacerdotes, san Calixto Caravario, hacia la parroquia del padre Caravario, cuando el grupo fue atacado por unos piratas comunistas. Cuando los santos se dieron cuenta de que los piratas iban tras las tres jóvenes de su grupo, empezaron a intentar razonar con ellos y por último les plantaron cara luchando físicamente, intercediendo entre las mujeres y el peligro. El obispo Versiglia y el padre Caravario fueron golpeados con palos y culatas de rifles, hasta que el obispo se desmayó, todavía suplicando débilmente a los piratas para que dejaran a las jóvenes.

Cuando sacaron a rastras a los dos clérigos en el bosque, uno de los captores les preguntó por qué suplicaban solo por las vidas de las personas seglares que les acompañaban. “¿Es que no teméis la muerte?”. Y el obispo Versiglia respondió con calma: “Somos sacerdotes; ¿por qué deberíamos temer la muerte?”. Mientras los piratas rebuscaban entre su equipaje, los dos santos se escucharon mutuamente en confesión. Las otras prisioneras fueron liberadas. El padre Caravario y el obispo Versiglia fueron fusilados.

La imagen nunca abandonó la mente de estas mujeres: encogidas de miedo en el fondo del barco, sus padres luchaban por ellas con uñas y dientes, fueron apaleados por ellas y por último murieron por ellas. Estos hombres no eran imperialistas extranjeros, ni sacerdotes novatos buscando gloria en una carrera triunfante; eran sus padres, padres que habían entregado sus vidas por sus hijas. El obispo Versiglia y el padre Caravario habían llenado el cáliz con su sangre sin dudar ni un momento en ofrecer sus vidas por las de sus hijas. El día de su fiesta (el 25 de febrero), pidamos su intercesión por todos los sacerdotes y obispos, para que vivan como verdaderos padres de sus hijos espirituales, a cualquier precio. Santos Luis y Calixto, rezad por nosotros.

 

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