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Un tributo al abuelo, quien siempre hizo pequeñas cosas con gran amor

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Su ejemplo nos hizo fácil la tarea de servirle cuando llegó el momento y lo necesitó

Hace algunas semanas estaba sentada junto a mi abuelo, Rex Roy Lloyd, en su habitación del centro de vida asistida, con el sol de California derramándose a través de las ventanas y con los pájaros posados en el exterior trinando sus canciones. Mi abuela, sentada junto al abuelo, sostenía su mano como había hecho durante los últimos 64 años.

Faltaba una semana para que el abuelo falleciera.

El abuelo, débil y frágil, no era el mismo. Los moretones negros que se enroscaban por su piel y su significativa pérdida de peso, sumado a su confinamiento a una silla de ruedas, habían hecho de él el hombre más pequeño que yo jamás había visto. Tenía puesta su propia ropa, impecable (mi camiseta favorita era la de “Freedom ain’t free”, la libertad no es gratis), que mi abuela había estado lavando y llevando y trayendo todos los días al centro. Sobre su cabeza lucía una gorra negra con las palabras “Veterano de Corea y Vietnam” en rojo y dorado. Es posible que lo estuviera viendo más pequeño que nunca, pero su atuendo proclamaba una magnífica declaración sobre Rex Roy Lloyd: era una persona que amaba a Estados Unidos y estaba dispuesta a morir por su país.

A pesar de cualquier incomodidad física que pudiera tener el abuelo, su agudo ingenio y su buen humor estaban perfectamente intactos. Mi abuelo era un sargento mayor de artillería retirado, el rango más alto de un marine, y mi padre es coronel retirado en el mismo cuerpo de servicio militar. Ambos lucharon en guerras y sienten un inmenso respeto mutuo.

Mientras charlábamos, mi padre preguntó al abuelo: “oye, papá, ¿necesitas alguna cosa?”. Y mi abuelo bromeó: “Hummm… siempre he querido que un coronel me llame papá”.

Eran el tipo de ocurrencias divertidas de mi abuelo. Podía burlarse de alguien en su cara y al mismo tiempo hacerle sentir la persona más importante de la sala. Dejaba caer un millón de comentarios ingeniosos que hacían reír a todo el mundo.

Mi abuelo podía arreglar cualquier cosa. Podía reparar un coche —incluyendo el motor— y dejarlo como nuevo. Cuando yo era pequeña y venía de visita a casa, y antes de irse había dejado al menos diez pequeñas mejoras en la casa. Poco después de que mi madre se casara con mi padre, descubrió que el abuelo no era tan cercano como su propio padre. Un día llamó entre lágrimas al abuelo porque el coche no arrancaba y estaba disgustada por los gastos de la reparación. El abuelo le dijo: “Kathy, yo no puedo pilotar un avión a reacción, pero Dennis sí puede. Alégrate con lo que tienes”. Mamá nunca volvió a quejarse sobre las diferencias de carácter (aunque el abuelo reparó el coche, claro).

La cuestión es que el abuelo siempre decía y hacía pequeñas cosas, que no parecían muy importantes pero que de verdad ayudaban a los demás. Actuaba sin aspavientos ni ostentaciones, pero actuaba. Su ejemplo nos hizo más fácil que le ayudáramos llegado el momento y cuando él lo necesitaba.

Hace unos años, acudí al funeral de mi primo Matthew, que había muerto inesperadamente. Mi madre había comprado un traje gris con una corbata morada —el color favorito de mi abuela— para que se lo pusiera mi abuelo. Cuando era hora de prepararse, el abuelo no acertaba a ponerse la corbata porque le fallaba la vista, así que pidió ayuda. Fue un abuelo entregado para Matthew y quería honrar la vida de su nieto, al que tanto quería. Si necesitaba ayuda de mi padre con su corbata, el abuelo no dudaría en pedirla. Tenía sus prioridades, después de todo.

En los pocos días que pasé con él en el hospital, cada vez que mi madre entraba en la habitación, él le pedía un poco de agua. Su medicación le dejaba la boca seca, así que siempre tenía sed. Mi madre salía como un rayo de la habitación para atender su petición. Una noche, mi abuelo estaba decepcionado porque no le habían puesto postre, así que mi madre se dirigió a la cocina y regresó con todo lo que le habían ofrecido. El abuelo no levantó la vista mientras engullía los dulces.

“Están buenos, Kathy”, murmuró mientras comía. “Gracias”.

Esto es lo que aprendí de mi abuelo: no son los grandes momentos de la vida los más importantes, aunque sí son valiosos; lo que de verdad cuenta son las pequeñas cosas que hacemos. Como arreglar algo en la casa por iniciativa propia. Como ofrecer una palabra amable cuando es necesario. Como ayudar a alguien con su corbata cuando no puede apañárselas. Como traer un vaso de agua porque la boca del otro está seca. Como sostener la mano de una persona mientras agoniza.

Mi abuelo vivió toda una vida de pequeñas cosas hechas con gran amor. Me conformaré con que mi legado sea la mitad de excelente.

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