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Escuchar es cuidado pastoral, e incluso tú puedes hacerlo

Simon Hucko CC

Russell E. Saltzman - publicado el 10/02/17

A veces llega un momento, sin pedirlo, en que tu presencia "cristiana" es requerida

“Ser pastoral” no es una frase reservada exclusivamente al clero. No obstante, supongo que nunca has recibido un curso de asesoría pastoral y que, seguramente, la teología pastoral es un tema que has escuchado pero cuya definición no puedes recordar del todo. No pasa nada; no te preocupes.

Sin embargo, en ocasiones, “ser pastoral” es una función que se nos impone en situaciones que sugieren que seamos una presencia cristiana en la vida de alguien. Todos aspiramos a eso constantemente, asumo, pero ahora hablamos de ser una presencia cristiana particular en la vida particular de otra persona.

Tengo en mente esos encuentros en persona con alguien que simplemente ha decidido hablarte de su vida y sus desconcertantes problemas.

No es una posición que debamos estar buscando siempre, no sé si me explico. Sería una actitud presuntuosa y posiblemente vanidosa. No, hablo de esos momentos que surgen espontáneamente, una situación que requiere nuestra mejor respuesta “pastoral”.

Si lo pensamos, quizás “pastoral” no es la palabra más precisa. Me salta a la mente la expresión “estímulo cristiano”, con sus variaciones repartidas por las Epístolas. Tal vez este sea un mejor concepto para explorar. En cualquier caso, el ejercicio es el mismo.

Pero entonces, ¿quién querría hablar contigo? Pues te sorprenderías. Podría ser una situación sencilla en la que un amigo, un conocido, un compañero de trabajo o casi cualquiera que te diga de una forma u otra: “Oye, necesito desahogarme, ¿te puedo contar una cosa?”.

Tal vez no sea tan directo, pero inesperadamente te encuentras en posesión de los problemas, preocupaciones o incluso temores personales de otra persona. Puede que te cuenten un problema suyo o de un familiar, un problema para el que se preguntan cómo ser de ayuda; las situaciones son variadas, claro.

En cualquier caso, ¿qué deberías hacer?

1) Para empezar, compórtate como un amigo cristiano. Primero pregunta si te están pidiendo tu opinión, consejo u orientación. A veces sí. Otras veces no. A veces (con frecuencia en realidad) la gente solo quiere expresarse y que le escuchen. Si es el caso, tu trabajo ha terminado. Escuchar con atención y sin interrumpir al que nos habla es una fuente de alivio, muy olvidada, para alguien que se enfrenta a elecciones difíciles.

Hay que saber identificar una situación en la que no se nos pide nuestro consejo. Sin embargo, asegúrate de ofrecer tu oído si en un futuro tu interlocutor necesitara apoyo o desahogo. Por supuesto, promete confidencialidad ―dilo en voz alta y clara, mejor que sea explícito―.

2) Ahora digamos que quieren tu consejo. Hum… se complica la cosa, ¿verdad?

Ten en mente que si te preguntan, seguramente también habrán preguntado a otra persona, quizás a muchas otras.

Aquí, una vez más, cuidas tu silencio y escuchas atentamente. Interésate por las opiniones que ya haya escuchado tu interlocutor y pregunta si alguna le ha parecido coherente (a él o ella, no a ti). ¿Qué opina tu interlocutor de otros consejos que ya haya recibido?

Probablemente ya le habrán dicho algo con lo que no esté satisfecho; es demasiado duro, o suena demasiado fácil o imposible. Precisamente por eso es posible que busque un consejo de otro tipo. Tu labor aquí es ayudarle a atravesar ese confuso matorral, pero no ofreciendo respuestas, sino planteando preguntas.

No estás escuchando para dictar sentencia ni para ofrecer una opinión o decirle dónde se ha equivocado. Mucho menos deberías expresar qué harías . No, estás preguntando por su juicio, su opinión, basada en lo que ya le han dicho. ¿Qué es lo que le gusta y no le gusta de los consejos que ya ha recibido?

3) Ayuda a examinar las alternativas. Pregunta qué consecuencias puede prever de seguir uno u otro consejo. Es posible que así se convenza y encuentre preferencia. Si no, una conversación es siempre clarificadora; puede que descubra lo que necesita por el simple hecho de haber conversado contigo y todo lo que has hecho, en realidad, ha sido escuchar.

4) Vuelve al paso número 2. ¿Qué pasa si no han recibido consejo de nadie más y tú eres la primera persona que preguntan y quieren tu consejo? Incluso si no han preguntado a nadie, seguramente tendrán en mente varios escenarios con sus posibilidades. De nuevo, ponte en modo escucha profunda y pregunta qué se les ocurre, qué les gusta y qué no, dadas las alternativas.

5) Cuando la conversación termine, reza. Un fragmento de Salmos 17 servirá: “Guárdame como a la niña de tus ojos, escóndeme a la sombra de tus alas”. Luego di Amén.

Tags:
cristianismoempatíaevangelizacionpastoral
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