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Europa y yihadismo: ¿es posible “desradicalizar”?

Risposte Laïque

Fondazione Oasis - publicado el 02/02/17 - actualizado el 08/03/17

Viaje a dos cárceles francesas, donde un programa experimental ha impulsado a los jóvenes detenidos a “imaginarse” de otra manera

En febrero de 2015, unas semanas después de los atentados a Charlie Hebdo, la administración penitenciaria francesa ha lanzado un programa experimental con un doble objetivo: actualizar los instrumentos para la identificación de los presos “radicalizados” y llevar a cabo un programa de acompañamiento con vistas a su reinserción en la sociedad.

La investigación-acción, llevada a cabo por la asociación Dialogues Citoyens en las cárceles de Osny y Fleury-Merogis, se realizó en un clima de tensión, pues la cárcel era señalado por mucho como lugar privilegiado de la radicalización.

Por la cárcel habían pasado gran parte de los autores de los atentados que estremecieron a Francia, de Mohammed Merah a Amedy Coulibaly, de Chérif Khouachi a Mehdi Nemmouche. Por la cárcel habrían pasado también algunos de los autores posteriores, como el de Alemania.

La investigación-acción debía responder a dos preguntas: ¿cómo comprender si un individuo está “radicalizado”, o sea, es peligroso y capaz de ejercer violencia en nombre de una ideologia? Y ¿cómo emprender un itinerario de rehabilitación o reinserción social? Detrás de estas dos preguntas, se esconde una tercera, que muestra el reto que afrontan hoy las sociedades europeas: ¿es posible “desradicalizar”?

Para responder a estas preguntas, en ambas cárceles se hizo en primer lugar un diagnóstico del funcionamiento de la institución penitenciaria, de la vida en reclusión, de las relaciones entre presos y personal penitenciario, y de los métodos usados por el personal para la identificación de la radicalización islamista.

Superar prejuicios: no es la religión

Esta primera fase puso en evidencia la ausencia de una definición clara de “radicalización”, con la consecuencia de que la percepción del fenómeno es diversa y a menudo depende del individuo. Un sentimiento de inadecuación, a veces acompañado de ansiedad, se adueña del personal penitenciario, que acaba a menudo por ver radicalización también donde no la hay.

Como se ha visto durante la investigación-acción, a menudo se confunde con la práctica religiosa ortodoxa/fundamentalista, el discurso político o la “simple” provocación hacia la institución penitenciaria, lo que provoca un aumento del nivel de estigmatización de la población carcelaria de religión islámica, que se siente “injustamente discriminada”, factor que sí parece ser fuente de radicalización.

El diagnóstico ha puesto en evidencia la necesidad de empezar por redefinir los conceptos básicos para «de construir» los existentes, no sólo llenos de tópicos sobre la práctica religiosa y la radicalización, sino también ineficaces y obsoletos.

¿Cómo comprender entonces cuándo un individuo está en un proceso de radicalización?

La selección, las largas entrevistas y el programa de acompañamiento de presos sospechosos de estar radicalizados o en vía de estarlo, permitió constatar la necesidad de los jóvenes de verbalizar un sentimiento de injusticia, de exclusión y rabia, generalmente en el origen de su adhesión a un discurso de ruptura hacia las instituciones y la sociedad.

Este discurso va más allá del fenómeno de la radicalización islamista: está difundido también en los lugares de la marginalización, empezamos por las banlieue francesas. La palabra de los presos es por tanto el punto de partida, en cuanto que permite tener una visión más profunda del itinerario individual de cada persona encarcelada, a través de un intercambio de informaciones entre los diversos actores de la prisión y una relación más directa con el propio detenido.

La clave de la prevención, el diálogo

La relación basada en el intercambio verbal se ha revelado no sólo como instrumento propicio para entender si un individuo está radicalizado o en vías de radicalización, pero también como un instrumento para prevenir la radicalización: sólo a través de la palabra se puede comprobar, desactivar o combatir la radicalización.

Precisamente, es la falta de dialogo entre la institución penitenciaria y los presos lo que refuerza el sentimiento de injusticia de algunos de ellos, que puede pasar de la percepción de ser objeto de discriminación, hasta la actitud “paranoide” de ser objeto de un complot.

¿Cuándo los discursos “anti-sistema” o “anti-institucionales”, basados en certezas ideológicas o prejuicios, se convierten en signo de radicalización? La investigación-acción ha mostrado que tales discursos por sí solos no bastan para identificar a un extremista. Se convierten en signo de radicalización cuando el preso presenta otros señales de crisis: los antecedentes de violencia, el aislamiento o la cerrazón en uno mismo, una actitud violenta durante la detención, un itinerario personal marcado por rupturas, la sensación de una injusticia “insoportable”, si no obsesiva, la presencia de problemas psicológicos, un sentimiento de persecución individual y/o colectiva, un cambio repentino en las costumbres religiosas y alimentarias y en las relaciones interpersonales.

Para poder evaluar cómo se combinan estos signos de crisis, pero también para comprender las necesidades subjetivas o las fragilidades, surge la necesidad de establecer una relación de intercambio y diálogo con cada uno de los detenidos.

En el ámbito de la investigación-acción se experimentó un programa de acompañamiento con el doble objetivo de prevenir el riesgo de radicalización en la cárcel, y crear instrumentos para la integración del individuo en el espacio social.

Hablar de los problemas sociales y personales

Unos cincuenta presos, son perfiles diferentes y de los que sólo una parte estaban acusados de terrorismo, participaron en cuatro programas realizados en las dos prisiones. Cada programa, denominado “engagements citoyens”, alternaba un trabajo individualizado con sesiones colectivas, en las que participaron una amplia variedad de sujetos, presos y no (vigilantes, dirección de la cárcel, ex presos, académicos, responsables religiosos, personas comprometidas en la vida social y política…).

Durante las sesiones colectivas se afrontaron temas de la vida de los presos: la vida en la cárcel, la exclusión social y política, la islamofobia y el racismo, los conflictos en el mundo, ISIS y Siria, pero también temas más personales, como la identidad, la relación con la familia o los itinerarios individuales y los proyectos profesionales. El programa buscaba sobre todo permitir a los participantes poner en marcha un proceso de desestigmatización, permitiéndoles expresar sus representaciones de la vida en sociedad.

Una vez “liberada” la palabra, la segunda fase consistía en acompañar a los participantes a “reelaborarla” a través de la confrontación con el otro, con los otros, para volver de nuevo al itinerario personal, familiar y profesional de cada uno. El objetivo era impulsarles a preguntarse por su trayectoria individual, así como sobre su postura respecto de la sociedad, sobre la relación que tenían con la violencia, en la perspectiva de hacer surgir una nueva construcción de sí mismos, pero también de encontrar otras maneras para protestar contra las normas sociales.

Durante el programa, asistimos a una importante evolución, tanto individual como colectiva. Si durante las primeras sesiones, los intercambios entre los participantes, personas externas y mediadores habían estado marcados por una cierta virulencia verbal y comportamientos negativos, estas actitudes se debilitaron gradualmente, hasta desaparecer.

Se impuso una atmósfera de respeto, sobre todo en las últimas sesiones. En esta última fase del programa fue cuando la visión maniquea, quizás victimista y complotista fue abandonada, para dejar lugar a un trabajo sobre las trayectorias individuales, que permitió a los participantes preguntarse sobre las diversas formas de articulación de la experiencia personal con el compromiso y la práctica política y/o religiosa. Esta evolución de la palabra y de la actitud de los presos fue posible gracias a tres procesos distintos, que se articularon de forma distinta según los diversos perfiles.

La sociedad no está dando respuestas a los jóvenes

Para una parte importante de los jóvenes que participaron, en particular para los que se sienten marginados y estigmatizados a causa de su origen social, étnico o religioso, la sociedad contemporánea se caracteriza por un desorden destructivo y desestabilizador. Y en el intento “desesperado” de responder a tal desorden, se pone de manifiesto la debilidad de las instituciones tradicionales, familia y escuela.

A causa de la pérdida de autoridad de figuras familiares o comunitarias con la función de establecer un límite entre lo justo y lo injusto, lo lícito y lo ilícito, lo legal y lo ilegal, estos jóvenes “huérfanos de autoridad” buscan en una visión simplificada del Islam una vía que les permita eliminar la duda, que reduzca las posibilidades (desestabilizadoras) de elegir, que les permita confinar la libertad dentro de un cuadro “divino” definido por reglas indiscutibles, y por tanto, que dan seguridad.

El primer instrumento de resubjetivación puede describirse como volver a meter la duda en la fortaleza de sus seguridades. El hecho de preguntarse sobre su propia vida individual permitió, sobre todo a los jóvenes sin formación religiosa o compromiso político, liberarse de respuestas “absolutas” y preconstituidas.

El hecho de que la palabra circulara libremente y que no se propusiera o impusiera ningún contra-discurso, fue apreciado por los participantes, que «descubrieron» un espacio de expresión insólito e inesperado que les permitía redescubrir los beneficios de la confrontación y del diálogo.

En particular, los presos con bases religiosas y políticas más sólidas, la apertura de un diálogo con la institución carcelaria sobre temas como la vida en prisión, la relación presos-vigilantes, el respeto a las prácticas religiosas de los musulmanes, provocó una actitud poco a poco menos conflictiva y más abierta a la confrontación racional, que antes se consideraba inútil e ineficaz.

Acabar con el discurso victimista

Para la mayor parte de los participantes, esa identificación de su yo, “excluído y rechazado”, con un Islam “atacado en todas partes” y con los musulmanes “estigmatizados y a los que se impide vivir según su religión” o “que sufren bajo las bombas», es el eje sobre el que toma forma el discurso victimista. Al trasladarlo al campo político-religioso, estos jóvenes “politizan” los traumas que han marcado sus vidas.

Esa identificación además les permite evitar afrontar las dificultades, si no el fracaso, de su vida y las causas de ello, mientras que la actitud de víctima se convierte en el cuadro esplicativo de este fracaso, que les permite no asumir su responsabilidad. El cuestionarse sus propias vidas permitió sustituir esas seguridades de una retórica colectiva construída en torno a la victimización y la conspiración.

El limitado número de individuos implicados en esta investigación-acción y la relativa homogeneidad de los perfiles no permiten extender estos resultados a todo el fenómeno de la radicalización, caracterizado por una gran variedad de perfiles vitales. Sin embargo, la decisión metodológica de afrontar el fenómeno a partir del diálogo ha permitido hacer surgir instrumentos que pueden contribuir a la elaboración de una nueva autonarración que reduce, o incluso elimina, el espacio ocupado por la violencia.

La reintroducción de la duda, la separación de lo personal y lo colectivo o la legitimación de la palabra de los jóvenes presos no sólo ha sacado a la luz varias modalidades de articulación entre las dimensiones personal, religiosa y política, sino que ha mostrado también algunos métodos e instrumentos para la reinserción de estos jóvenes en el cuerpo social. En particular, el abandono de la seguridad ideológica y la apertura de un espacio de inseguridad han abierto el camino al frágil «placer» de imaginarse con otra vida distinta.

Por Bartolomeo Conti, artículo publicado originalmente por la Fondazione Oasis. Esta fundación, nace en 2004 en Venecia, de una intuición del Cardenal Angelo Scola, con el fin de promover el conocimiento mutuo y el encuentro entre el mundo occidental y el mundo de mayoría musulmana.

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