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¿Por qué Dios no se me muestra más claramente?

Alex Proimos-cc
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Quizás una señal especial podría ayudarme a elegir mejor y a creer más en Él...

A veces le pido a Dios señales especiales. Le pido que me hable claro antes de tomar decisiones. Que me diga con palabras y gestos hacia dónde caminar. No me gustan los enigmas, las adivinanzas. Le pido señales evidentes para no confundirme.

Tal vez lo quiero todo claro, diáfano. Porque no quiero errar el camino y tener que regresar y volver a empezar. O no estar en el lugar correcto, en el momento oportuno. No quiero perder nada de lo que puedo elegir.

Elegir supone renunciar a aquello que no se elige. La mayoría de las personas que no pueden decidirse vacilan, puesto que no desean renunciar a ninguna de las alternativas. Las decisiones generan sentimientos de pérdida y vacío. En cada elección aprendemos a vaciarnos”[1].

Por eso temo tomar la decisión equivocada. Temo perder lo que puedo elegir. No lo sé. No me gusta confundirme y le pido a Dios señales claras.

Pienso en las señales de José para caminar con María. La voz de un ángel en sueños. Y tantos silencios llenos de oscuridad. Y algunas luces. Pienso en las señales de María. En la anunciación. En el encuentro con Isabel. En los pastores y los reyes detenidos en el establo. Señales confusas en medio de tantos silencios.

¿Cómo celebrarían María y José las otras navidades? Cuando Jesús iba creciendo sin grandes señales. En la oscuridad de Egipto. En la cotidianeidad de Nazaret. No había señales claras. Me cuesta pensar en la paz de sus almas caminando de la mano de Dios. Meditándolo todo en su corazón. Sin certezas absolutas.

Y yo le exijo a Dios grandes señales. Quiero evidencias. Como si tuviera más derechos que José y María.

Por eso me gustaría hacer mías las palabras de una persona que rezaba: “Gracias por venir a verme sin hacer ruido. Gracias por quedarte despacio dormido entre mis manos. No quiero más señales. Más signos. No quiero más estrellas fugaces que atraviesen el cielo marcando un punto, una dirección, un lugar. No quiero nada especial para poder seguirte. Sólo mirarte hoy. Callado. Con el alma atenta, abierta, en paz”.

Sí. Quiero seguir a Jesús por los caminos sin grandes evidencias. Sin tenerlo todo claro. Jesús pasó haciendo el bien. Pero muchos no vieron en sus obras una señal del amor de Dios.

“Dios está llegando, y los más desgraciados pueden experimentar ya su amor compasivo. Estas curaciones sorprendentes son signo humilde, pero real, de un mundo nuevo: el mundo que Dios quiere para todos”[2]. Nacía un mundo nuevo de sus manos.

Ese mundo comenzó la noche de Navidad. En el silencio. Sin la admiración del mundo. Sin señales evidentes. Y siguió en la vida de Jesús sin que tampoco los que estaban cerca supieran reconocerlo.

Decía el padre José Kentenich hablando de la providencia de Dios: “¿No ha guiado acaso la mano de Dios todo de tal manera que redundó en lo mejor para mí? ¿Sienten ustedes todo lo que se esconde en la entrega alegre a esta Providencia infinitamente bondadosa? Detrás de la Providencia divina se esconde, en la medida en que nos entregamos a ella, una fuente de alegría que mana en forma constante. Ya no hay nada que pueda hacernos temblar, que haga estremecerse a la naturaleza entera, si el fondo del alma está siempre cobijado en el hogar primordial, en el agrado de Dios, en el cuidado y la Providencia divinos”[3].

Las señales dejan de ser entonces tan importantes. Confío en el amor de Dios que va conmigo. No me deja. Dios no me suelta de su mano.

Podré confundirme y hacer las cosas mal. Elegiré renunciando. Perderé. Ganaré. Me vaciaré. Tendré que volver a empezar de nuevo. Una nueva ruta. Podré errar en la interpretación de las señales. Todo eso es posible.

Pero lo que no puedo perder nunca es la confianza plena en el amor de Dios. Él me quiere con locura. Ama mi vida como es. Sin pensar en todo lo que podría llegar a ser. Me abraza como soy ahora y se conmueve.

Me gusta aprender a interpretar sus pequeños regalos diarios. Buscar a cada rato lo que creo que quiere que haga. Y alegrarme de estar donde estoy sin pensar que sería mejor que estuviera en otra parte.

Es verdad que eso exige una madurez que a veces me falta. Mi mente errante viaja del presente al futuro con facilidad. Pensando en cómo será lo que viene. En cómo hubiera sido con otras elecciones. Busco señales. Exijo señales.

No quiero probar a Dios. Sólo quiero que me muestra con signos sencillos que me ama. Que me lo demuestre para que no me olvide en medio de las cruces o la sequedad del camino. Es lo único que le pido.

No grandes señales que marquen una ruta clara. Sí pequeños signos de su amor que me recuerdan su predilección por mí. Esa que tantas veces olvido. Y quiero luz para interpretar esos signos. Sin interpretar más allá de la cuenta.

[1] Francisco Jalics, El camino de la contemplación

[2] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

[3] J. Kentenich, Las fuentes de la alegría sacerdotal

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diosfe
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