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Cuando el nombre de Jesús designa una tortura inhumana

CC Zoriah Miller
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Descubre los testimonios sobrecogedores de los cristianos de Eritrea que sobreviven al terror

En Eritrea, el nombre de Jesús no se pronuncia con el sentido que podríamos imaginar; incluso en Navidad puede suscitar terror. En este país, donde se termina en prisión de la forma más arbitraria, el nombre de Jesucristo se aplica a una tortura practicada a una persona bajo arresto, sobre todo si es cristiana.

Según esta tortura, el prisionero o prisionera que dé con sus huesos en una de las numerosas prisiones, oficiales o secretas, que cubren el país, es atado y colgado de un árbol de forma que su cuerpo tome la postura de una persona crucificada, de ahí el nombre.

Descubiertos en el rezo

Todo el país es “una enorme prisión a cielo abierto, llena de calabozos y campos de concentración” donde se practican “formas sofisticadas de tortura” que siembran el terror entre los detenidos, según cuenta un médico cristiano Berhane Asmelash tras huir de este infierno.

Una joven, Elsa, ni siquiera sabe por qué fue arrestada y torturada: “puede ser porque me descubrieron mientras rezaba”, confiesa hoy desde el amparo de un campamento de refugiados.

Berhane y Elisa forman parte de los 60.000 eritreos que huyen cada año de su país por miedo y desesperación; una gran mayoría de ellos son cristianos. Otros 3.000 de sus hermanos no han tenido esta “suerte”, así que se pudren en las cerca de 300 prisiones, junto a otros 10.000 prisioneros políticos y de conciencia.

El único error de muchos de ellos es “haber sido sorprendidos con una Biblia en la mano”, informan los supervivientes. Testimonios de este tipo quedaron recogidos por la redacción del sitio web italiano Tempi.it.

La persecución en este país, desde su escisión de Etiopía en 1993, es reflejo, según la ONU, de un régimen que “percibe la religión como una auténtica amenaza”. Controlada con mano de hierro por el presidente Isaías Afewerki, Eritrea es comparada hoy en día con Corea del Norte, y ocupa el tercer puesto en la clasificación de Estados más represivos.

“En Eritrea temo incluso que puedan leer mis pensamientos”, afirma un testigo visiblemente asustado por el enorme “sistema de vigilancia” que ha dispuesto el régimen. La población, según añade, vive constantemente con la sensación de que en cualquier momento pueden ser “merecedores de castigo” por cualquier cosa.

Los cristianos, objetivo favorito

Y aunque la Comisión de Investigación de la ONU sobre los derechos humanos en Eritrea indica que los “crímenes de lesa humanidad” se cometen de manera “generalizada y sistemática”, los cristianos, que representan la mitad de la población, son un objetivo preferido.

Hay tres confesiones cristianas autorizadas en el país desde 2002: ortodoxos, católicos y luteranos, pero su libertad de culto es mínima.

La situación de los católicos, minoritarios, es muy delicada: “Están confinados entre los muros de las iglesias, donde pueden ocuparse de sus actividades, pero fuera de ellas no pueden hacer nada. Para imprimir un libro religioso es necesaria una autorización del Estado. Es difícil encontrar una Biblia y su precio es muy elevado”, explican las personas entrevistadas.

La valentía católica

Debido a que es extremadamente difícil entrar en el país, la Iglesia en Eritrea está aislada y debe arreglárselas por sí sola para todo. Su rebaño se compone de unos 150.000 fieles repartidos en 144 parroquias de todo el país. Pero todavía está viva y las vocaciones no faltan.

A día de hoy, el personal eclesiástico lo forman 500 sacerdotes, 700 religiosos y 1000 religiosas. La Iglesia tiene bajo su ala también a 245 seminaristas en formación, aunque con problemas para profundizar en sus conocimientos, dada la falta de acceso a libros religiosos y de teología.

Sin embargo, a pesar de todas las dificultades y la prohibición de “hacer proselitismo”, la Iglesia católica crece y celebra unos 1.500 bautizos anuales.

El precio de las peores consecuencias

Ya que está prohibido hablar de Jesús, los católicos lo dan a conocer con sus obras. La Iglesia católica es una de las pocas instituciones que se ocupan de la educación de los niños, los pobres y los excluidos, crea guarderías y ayuda a las personas a formarse en un trabajo.

Según otro testimonio “de excepción” recogido por el la web italiana Tempi, estas obras sociales son muy valoradas por ciudadanos de todas las religiones, que “son conscientes de que la Iglesia es la única que cuida de ellos”. Sienten “un gran respeto por ella”, asegura el testimonio.

Este testigo frecuenta comunidades católicas de África y Oriente Medio, aunque a su parecer, “no hay más unidad y solidaridad que la que hay en la Iglesia en Eritrea, siempre dispuesta a ayudar, atenta a las necesidades espirituales y sociales” de todos.

Y esta Iglesia es también “la más valiente”, según coinciden de forma unánime los testimonios. A la cabeza, cuatro obispos, auténticos héroes, que causaron una gran impresión al publicar en 2014 una carta pastoral centrada en la famosa pregunta “¿dónde está tu hermano?”, la pregunta que Dios lanza a la humanidad por cada uno de nuestros hermanos asesinados, torturados, desaparecidos y humillados.

¿Quién se atreve a hablar en público en Eritrea? ¡Nadie! ¿Alguien que hable con franqueza y claridad sobre cuestiones políticas y sociales? Nadie. Su valor es increíble (…), ¡eso también es hacer caridad, es hacer obra de misericordia!”, comenta un testigo, lleno de orgullo por todos esos cristianos decididos a seguir las enseñanzas del Evangelios “al precio de las consecuencias más extremas”.

Numerosos refugiados eritreos llegan a Europa después de atravesar el Mediterráneo, poniendo en peligro su propia vida. Son más de 4.000 cada mes, según las cifras del Alto Comisionado de la ONU para los refugiados.

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