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Un payaso que ardiendo por amor se convirtió fulgurantemente a los 33 años

© Philippe Rousseaux
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Philippe percibe lo esencial y conmueve tanto a creyentes como a agnósticos

Permítanme que les presente a alguien que hace el payaso; para ser más concretos, no un payaso de circo… sino un payaso espiritual. Lo que Philippe Rousseaux propone es más que unos sencillos chistes. Ardiendo por el amor de Dios, se convirtió de forma fulgurante a los 33 años.

Este matemático, comediante y pedagogo añadió a su currículum un cuarto máster, esta vez en Teología, y decidió combinar esta nueva forma de pensar con su trabajo. Y de ahí surge una asociación: Clown par foi, payaso por fe.

Conversión de un agnóstico

Después de haber sido profesor de Matemáticas en la escuela secundaria, Philippe siguió una formación teatral en 1988 y descubrió su vocación de payaso.

Se convirtió en algo vital para él el compartir lo que había recibido y así da vida a sus primeras representaciones en 1991. Un máster en Ciencias de la Educación le permitía también formar a otros profesores… ¡para decir chistes!

En 1995, se encuentra con Nancy, una amiga convertida recientemente, que le anuncia que Dios es Amor. Este encuentro altera el curso de su vida: la conversión fue súbita. “Dios no me importaba mucho, ¡pero el amor sí me interesaba!”, explica.

Es este amor el que le anima a pedir el bautismo, ¡menos de dos meses más tarde! Entonces deja el teatro para consagrarse a la fe y a sus nuevos estudios. En 1999 tiene una “intuición sobre payaso y fe”, un vínculo singular que se concretará seis años más tarde.

“Payaso por fe”

Su definición: “El payaso es el que se burla de todo lo que le sucede”. No es una cuestión de interpretar un papel, sino de una auténtica experiencia humana. La burla, el juego, se convierte en punto de encuentro de problemas antropológicos y espirituales, pero no desde una posición lejana, elevada o pedante. Es la aparente paradoja de nuestro payaso erudito.

Según él, “la nariz es una licencia”. Equipado con una nariz roja, cada uno aprende en el escenario a ser una persona más auténtica. Lo importante no es el nivel de éxito, sino el compromiso.

El payaso hace lo que quiere –porque en teatro todo es posible– pero con dos condiciones: que esté contento con vivir lo que toque vivir, y que lo haga con el público. No por razones comerciales, sino porque el payaso está más vivo y es humano en su relación con los demás.

Con sabiduría, Philippe no puede evitar hacer la analogía con el Dios vivo y relacional: ¡tres en uno! Por otro lado, define el ser payaso como una experiencia pascual, entregado en el escenario y vuelto hacia los demás, donde encuentra salvación.

Philippe se presenta ante sus estudiantes con total sencillez, con un chándal gris y zapatillas deportivas. Se queda sentado, con las manos juntas, un pie pisando el otro, sin decir nada. Sus ojos atentos observan por encima de sus gafas ovaladas, esperando con benevolencia.

Se le escapan algunas palabras de ánimo: “Muéstranoslo”, o “desarrolla, estás al 2%”. Luego, cautivado, estalla en risas ante el payaso que se manifiesta gracias a sus sabios consejos, que llegan, precisos y delicados, a cada uno de sus estudiantes.

Receptivo y siempre maravillado, Phillipe percibe lo esencial, “invisible para los ojos”, y conmueve tanto a creyentes como a agnósticos. ¿Cómo resumiría la experiencia de payaso? Su respuesta: “Si tuviera que usar una sola palabra, sería ¡liberación!”.

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