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Tres películas en busca de autor

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Animales nocturnos

Pongamos que las imágenes recuerdan o fantasean en torno al pasado o el futuro (porque el presente siempre se les escapa), y que en ambos casos hablan sobre algo que nos son y sin embargo abarcan.

Si aceptamos lo anterior, enseguida queremos saber qué son las imágenes. ¿Reflejos o cosas? De ser reflejos, tenemos que aceptar que quizás no sean nada aunque proyecten la impresión de contener algo; y de ser cosas, tenemos que preguntarnos si son aquello que muestran o son algo diferente. Una imagen de mí mismo, por poner un ejemplo, no es yo, sin que eso le impida mostrarme.

Ateniéndonos al juego, en las imágenes podemos buscar alternativas o ampliaciones, lo conocido visto desde prismas diferentes o lo conocido visto más allá de sus propios límites. Eso querría decir que nuestra mirada es un instrumento capaz de impedirnos tener certezas y al mismo tiempo nos ayuda a trazar la forma de nuestras incertidumbres, convirtiendo la realidad en un territorio inestable donde sólo podemos operar a través de la imaginación.

Y ahora utilicemos todo lo anterior para ver un poco más de cerca Animales nocturnos, la última película de Tom Ford. En ella una mujer (Amy Adams) recibe el manuscrito de la primera novela de su ex marido (Jake Gyllenhaal), con quien lleva años sin hablar. La vida de ella podemos verla y la de él podemos leerla, convertidas ambas en imágenes a través del cine.

A ella le ha sonreído el éxito mientras que él aún sigue siendo un novelista inédito; ella utiliza el arte como mercancía y él lo produce; ella proyecta serenidad y él violencia… Sobre ella podría decirse que ha llegado a donde quería aunque allí la esperasen un nuevo marido que le pone los cuernos indiscriminadamente y el vacío que puede llegar a experimentarse cuando uno vive rodeado de lujo pero afligido; y sobre él podría decirse que al fin consiguió convertirse en el novelista que ella nunca quiso ver y cuya vida carente de ambición no quiso compartir.

Tom Ford despliega dos niveles que podríamos llamar “la pesadilla de la realidad” y “la furia del arte”, entre los cuales va cobrando forma un tercer nivel, el de “la memoria como imposibilidad”, a través de varios flashbacks en los que ella muestra su desconfianza hacia su primer marido, inseguro y soñador, y él insinúa que la literatura (y el arte por extensión) es nuestra única herramienta para operar en la realidad si no queremos acabar siendo sus esclavos.

Llegados a este punto, es difícil no jugar en términos freudianos y no asociar la vida del propio Tom Ford, un exitoso y millonario diseñador convertido en cineasta minoritario y controvertido, con la de los protagonistas de la película.

Tampoco resulta fácil sustraerse a la sensación de que Animales nocturnos tiene más peso por aquello que referencia, como la obra de David Lynch o la de Michael Haneke, que por lo que es, una especie de relato posmoderno convertido en un cruce de caminos entre la narración de la nada cotidiana de nuestros días y el subconsciente donde se pierden aquellas viejas historias de varios cadáveres, persecuciones y venganzas, con un sheriff (Michael Shannon) capaz de cruzar la frontera entre el bien y el mal, y un escritor que parece haber escrito una novela a modo de venganza, contra su ex mujer y contra sí mismo.

Y lo hace porque sabe que la realidad puede ser cruel aunque nada pueda contra el arte, porque el arte puede ser muy salvaje, tanto como para ir incluso contra sí mismo y desvelar el carácter domesticado de Animales nocturnos a poco que uno piense en Twentynine Palms (2003, Bruno Dumont), que sí era furiosa y salvaje, y que seguramente fue una de las referencias de Tom Ford antes de rodar esta película de estructura tan bonita y decorativa.

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