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América siempre a flote: Clint Eastwood resurge de sus cenizas

Hilario J. Rodríguez - publicado el 28/10/16

O por qué la realidad está en manos de quienes la viven, más que de quienes la diseñan

Todo país aspira a tener a un Clint Eastwood que lo retrate, con su mirada estoica y sus encuadres perfectamente controlados, lejos de cualquier exhibicionismo pese al carácter icónico de su propia imagen desde sus colaboraciones con Sergio Leone y Don Siegel. Todo país aspira a verse retratado en alguien capaz de combatir el histrionismo aunque también dispuesto a dejar bien claro quién es, utilizando los puños o empuñando un arma si es necesario.

Todo país prefiere las contradicciones de Eastwood antes que el rollo liberal de Oliver Stone, a un viejo irónico antes que a un camorrista, al capitán Ahab antes que a Peter Pan… Todo país desea reflejarse no en lo que lo explica sino en lo que lo muestra, para que cada cual haga sus cuentas.

La evolución de Clint Eastwood quizás se explica mejor a través de sus cambios interpretativos que a través de sus películas, entre otras cosas por su dependencia como director de guiones ajenos, a los cuales no ha sabido imprimir siempre las mismas señas de identidad. Da la sensación de que se haya estado buscando a sí mismo en los diálogos de otros, del mismo modo que ha utilizado a muchos actores para retratarse en ellos, en busca de las gamas y recursos que a él le faltan.

Algo así lo ha convertido en un personaje discontinuo, irregular y a veces gratuito, pero también en un personaje multiforme, proteico e imprevisible. Es un ave fénix y como tal proyecta la imagen perfecta para que América se vea a sí misma renacer de sus cenizas una y otra vez, pese a los políticos corruptos, los policías peligrosos, los delincuentes sin porqué, los héroes de barro, los padres ineptos, los niños cuya inocencia se sacrifica a diario, y los perturbados vengadores a quienes dan forma todos ellos.

Sully parece a primera vista una especie de claudicación en la carrera de Clint Eastwood. Dura poco, apenas se nota su banda sonora, tiene los diálogos justos, no muestra a buenos y malos, y visualmente no se ajusta al formato anamórfico y tampoco hace demasiado perceptibles los desplazamientos de cámara.

Carece de elementos retóricos y grandilocuentes pese a centrarse en el aterrizaje que efectúa un avión de pasajeros sobre las aguas del río Hudson, poco después de despegar del aeropuerto de La Guardia (en Nueva York) y que una bandada de gansos inutilicen sus dos motores. Se muestra varias veces la peligrosa maniobra a lo largo de la película, pero no para hacerla cada vez más espectacular sino para permitir que se note en el tiempo comprimido del cine las dimensiones reales de algo que sucedió el 15 de enero de 2009.

Sully convierte a los espectadores en los primeros testigos del accidente y luego introduce a las patrullas de salvamento que acuden a rescatar a los pasajeros antes de que el avión se hunda. De esa forma el espectáculo y el heroísmo se confunden, hasta que el capitán (Tom Hanks) convierte ese extraño cóctel en una pesadilla, varios representantes de las compañías de seguros lo ven como una posible negligencia que podría eximirles de pagar, un simulador demuestra que había otras opciones menos arriesgadas que un amenizaje forzoso…

Y en medio de tantas narraciones en conflicto, Clint Eastwood comienza a cuestionarlas una a una, sin intentar demostrar otra cosa que -pese a la precisión de la tecnología y las cuentas de los economistas- la última palabra con respecto a la realidad sigue estando en manos de quienes la experimentan y no en manos de quienes la diseñan, porque la realidad -para él- es algo sutil, levemente relacionado con la ciencia o el capitalismo, y muy relacionado con nuestra capacidad para tomar decisiones cuando nos toca hacerlo.

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