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Todos tenemos un camino personal, ¿conoces el tuyo?

Carlos Padilla Esteban - publicado el 22/10/16

Para conocer mi misión tengo que tener una relación sana con Dios

Este fin de semana celebramos el día del Domund. Es la jornada mundial de las misiones, con el lema: Sal de tu tierra.

El video promocional muestra a un sacerdote que deja su tierra para socorrer al que más necesita en otras tierras. Sabe que Dios lo ha creado para cambiar él con su vida el mundo que le rodea. Eso es lo más verdadero en mi vida. Lo que yo no haga, se quedará sin hacer.

Por eso necesito salir de mi tierra, de mi comodidad, de mi vida aburguesada, para ir al encuentro del que sufre. Es el anhelo más hondo del corazón humano: La solidaridad.

Cuando el alma está sana busca ayudar, desea la solidaridad, quiere el bien de los otros. Cuando el alma está enferma gira en torno al propio bien y desprecia a los hombres y a Dios. Hiere, busca el mal.

¡Cuántas almas enfermas hay a nuestro alrededor! ¡Cuánto mal, cuánto dolor! Quisiera acabar con el dolor del que sufre, del que no tiene lo necesario para la vida, del marginado, del herido, del que está lleno de odio. Quisiera que hubiera más justicia en el mundo, más paz, más bondad.

Hay muchas personas marginadas. Hay mucho odio, mucho rencor. Muchas personas que lo han perdido todo y no tienen hogar ni medios. Vivimos en un mundo de contradicciones, de contrastes. El hombre sufre. ¿Qué puedo hacer yo para cambiar esta realidad que me rodea?

Dios me necesita a mí como su instrumento. La misión del cristiano consiste en acercarse al que sufre, al pobre, al marginado. Es la misión más importante, amar, hacer el bien.

Hoy todos rezamos por las misiones. Aportamos a las misiones. Nos comprometemos con el sufrimiento del prójimo. Y además, todos tomamos conciencia de nuestro ser misionero. No hay cristiano que no sea misionero. Todos, al recibir a Jesús en nuestras vidas, nos convertimos en sus enviados.

¿Cuál es mi misión? Cada uno tiene un camino personal. Lo que yo puedo hacer no lo puede hacer otro por mí. Dios me ha colocado en una tierra, me ha dado unos talentos, me ha abierto un horizonte ante mis ojos. ¿Qué hago con todo lo que me ha dado? ¿Cómo respondo a su llamada? ¿Sé para qué estoy aquí?

Me encuentro con tantas personas que no conocen su misión… O desprecian lo que les toca vivir. Y quieren algo mejor, algo más grande. Desean otras vidas, otra misión, otro lugar. Dios me invita a besar mi misión, la mía, la que me ha regalado.

Para tener clara mi misión tengo que tener una relación sana con Dios. Muchas veces no es así. Decía el padre José Kentenich: “¿Hay hombres que se enferman a causa de lo sobrenatural? Lamentablemente sí. Pero cuanto más cristiano sea, más razonable me vuelvo. Esta es la misión que tenemos nosotros: procurar vivir en forma ejemplar una piedad totalmente sana. Si imprimimos a nuestra ascética un cuño sano, tendremos en sí el medio más excelente para alcanzar la salud síquica y corporal[1].

Mi misión es transmitir a un Dios cercano. A un Dios que se abaja para salvarme. A un Dios enamorado de lo humano. Mi misión es transmitir una forma sana de vincularme con Él y con los hombres. Es la misión más importante. Enseñar a vivir una relación sana con Dios. Vivir una relación sana con los hombres.

Tal vez no podré ir de misiones a un lugar necesitado. Tal vez mi misión es aquí con los míos y consiste en entregarles una forma sana de amar, de dar la vida. Tal vez tengo que aprender a besar mi misión concreta. La que sucede en lo cotidiano de mi vida. Esa misión con la que salvo el mundo. Esa misión con la que aporto una forma nueva de amar desde lo más humano.

[1] J. Kentenich, Textos pedagógicos

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