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Cómo organizar un grupo de oración

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Henry Vargas Holguín - publicado el 07/10/16

13 premisas y 10 condiciones que pueden ayudar

«Yo os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 19-20).

La comunidad eclesial, como cuerpo místico de Cristo, necesariamente se debe reunir en oración porque nosotros los cristianos formamos parte de ella (1 Co 12, 12ss.); y entre nosotros, sus miembros, hay o debe haber cohesión o unidad.

Una unidad que toma su fuerza, y se mantiene en la Iglesia, gracias a la participación Eucarística (1 Co 12, 22-23). En la Eucaristía es cuando más reforzamos nuestra unidad no solo entre nosotros, como hijos de Dios, sino con Cristo nuestra cabeza y en Él con Dios Trinidad.

Sin embargo la vivencia de la Eucaristía no excluye otros momentos de oración en comunidad, todo lo contrario. Los grupos de oración son, y deben ser cada vez mejor, una prolongación de la misa y/o expresión de la misma.

Los grupos de oración no son nada nuevo en la Iglesia. Estos nacieron después de la resurrección de Jesucristo cuando estaban reunidos los Apóstoles y 120 discípulos (Hch 1, 15), que «perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hch.1, 14).

Démonos cuenta que estas asambleas ya se llevaban a cabo aún antes de Pentecostés (el crucial y primer momento intenso de oración eclesial).

Desde ese entonces y hasta nuestros días la Iglesia se ha reunido regularmente no solo para aprender la doctrina de los apóstoles sino también, y sobre todo, para la fracción del pan y orar juntos (Hch 2, 42-46; 4, 33; 12, 5-12).

Cuando oramos juntos, en comunidad, los resultados son evidentemente muy positivos: la oración en grupo nos edifica y unifica porque compartimos una misma fe.

Hay que tener en cuenta que la fe no es solo individual, es, y sobre todo, eclesial. Es una fe viva que nos lleva a abrirnos al Espíritu Santo, quien ora en la asamblea y en cada una de las personas (Rm 8, 26-27).

La fe vivida en comunidad y expresada en la oración comunitaria ayuda a crecer espiritual y constantemente en el camino de una continua conversión personal y eclesial.

Y además crea una verdadera relación fraterna entre los participantes (Ga 3, 26).

El mismo Espíritu Santo que habita en cada uno de los creyentes provoca en nuestros corazones regocijo mientras se oyen palabras de alabanza de los hermanos a nuestro Señor.

La oración comunitaria nos ofrece otras posibilidades, incluso momentos de solidaridad en la caridad, que difícilmente encontramos en otro contexto eclesial.

Y la más importante de las riquezas de la oración comunitaria: que el Espíritu Santo se derrama a través de personas e historias tan variadas. Por esto y por mucho más resulta tan enriquecedora hacer parte de un grupo de oración.

Es bueno fomentar los grupos de oración, allá donde sea posible, pues son factores de cambio, son fuerzas espirituales que mantienen a la Iglesia y a la sociedad por los rumbos que Dios quiere.

Los grupos de oración son un signo de esperanza que nos ofrece Dios y de gran importancia tanto para la Iglesia como para el mundo de hoy.

La importancia de los grupos de oración es pues evidente: nos enseñan a ser más responsables con la santidad personal y eclesial.

Los grupos de oración son indiscutiblemente una gracia de Dios dirigida a renovar en la Iglesia el gusto por la oración, a redescubrir el sentido de comunidad, a creer en la fuerza de la intercesión y de la alegre alabanza; incluso, los grupos de oración están llamados a convertirse en una nueva fuente de evangelización.

Esta expresión eclesial de la oración en comunidad será posible si se cumplen ciertas premisas y ciertas condiciones durante la oración.

PREMISAS

1. Que el grupo de oración sea incluyente (su composición debe ser heterogénea), que en él se dé cabida a personas de toda condición socioeconómica. Un grupo de oración no es un grupo elitista conformado por personas selectas.

2. Un grupo de oración nunca ha de ser ajeno o paralelo a la vida parroquial.

3. Los fieles que quieran formar parte de un grupo de oración deben tomar libremente y muy en serio la decisión de pertenecer a él. La pertenencia no es cuestión de imposición o por quedar bien o, peor aún, por complacer a alguien. Una vez se es miembro de un grupo de oración, se adquiere una seria responsabilidad.

4. En los fieles que quieran formar parte de un grupo de oración debe haber una disposición fundamental: el deseo profundo de ser transformados por el Señor. Nunca asistir como espectadores o críticos. Quienes se reúnan en oración han de ser personas que han cultivado la oración a nivel personal; de lo contrario la participación se convierte en una actividad artificial, postiza, vacía.

5. Todo grupo de oración tiene un animador indiscutible: el Espíritu Santo. Pero esta verdad no excluye un animador ‘humano’, todo lo contrario; es más, es importantísimo. La persona que anime (ojalá sea el propio párroco) sea una persona de probadas virtudes, de experiencia en la vida de oración, con una espiritualidad sólida y en perfecta comunión con la Iglesia. Sea una persona que en verdad anime al grupo y vele por el buen orden de la oración.

6. La frecuencia de las reuniones puede ser semanal y la duración de cada encuentro de oración oscilar entre la media hora y los tres cuartos de hora, aunque este periodo de tiempo no es una camisa de fuerza.

7. Se pide la puntualidad; podría perjudicar ver llegar la gente a cuenta gotas una vez iniciada la oración.

8. Procúrese que no haya entre los miembros de un grupo de oración tensiones emocionales, porque esto bloquea la serenidad y espontaneidad del grupo. Cualquier conflicto se debe solucionar antes de un nuevo encuentro.

9. Es importante la fidelidad al propio grupo. En las parroquias hay diferentes tipos de grupos de oración; formar parte de uno de ellos según el propio carisma, edad, afinidad apostólica, etc..

10. Aunque un elemento importante de la oración en grupo es la espontaneidad de los participantes, en los encuentros de oración se le debe o se le puede dar cabida también a la oraciones oficiales de la Iglesia: Adoración al Santísimo, cantos, la liturgia de las horas, el santo rosario, el viacrucis (especialmente en cuaresma), novenas, etc. Además hay que tener en cuenta que estas oraciones se pueden integrar entre sí, obviamente, con un sano e inteligente criterio.

11. La oración en grupo no ha de ser algo sustitutivo ni de la oración personal ni de la misa (y menos aún de la misa de precepto) sino más bien un complemento.

12. La oración, idealmente, ha ser ante el Santísimo; por tanto el grupo de oración se podrá reunir en la iglesia parroquial. Si no es posible, cualquier otro lugar, que favorezca el silencio y el recogimiento, se puede usar.

13. La oración grupal es bueno que se lleve a cabo con una estructura previa, se pide por tanto un orden en la participación. A fin de mantener el interés de los integrantes del grupo de oración, lo mejor será planear las oraciones con anticipación. Para esto es necesario un esquema, de lo contrario la oración en común se convierte en un obstáculo que bloquea la acción transformadora de Dios (1 Co 14, 33; 1 Co 14, 40). Las personas necesitan guía, límites y dirección para sentirse cómodas; de esta manera las personas estarán más abiertas y dispuestas a participar activamente.

CONDICIONES DURANTE LA ORACIÓN GRUPAL

1. Hay que tener en cuenta que el Espíritu Santo habita en nosotros, y se expresa a través nuestro; por esto cuando un integrante del grupo esté orando, tenemos que asumir sus palabras o sus intenciones como nuestras.

2. Conviene no olvidar que, así como en la oración personal hay un diálogo entre Dios y cada persona, en la oración comunitaria el interlocutor de Dios es un ‘nosotros’. No basta con orar junto a los otros ni por los otros, sino con los otros al unísono.

3. Durante la oración en grupo debe haber alegría, ya que el gozo es uno de los frutos del Espíritu Santo (Gal 5, 22). Es la alegría de alabar a Dios, de experimentar en familia eclesial el gozo de su presencia cercana y experimentada con la fuerza de su amor que va transformando nuestras vidas. Pero ojo, no es una alegría externa provocada con medios humanos, como tampoco es el gozo de una sana amistad o convivencia ni, menos aún, un «sentimentalismo» de los exaltados que contagia.

4. Cada miembro debe poner con humildad al servicio de sus hermanos, el carisma personal que haya recibido del Señor.

5. Es necesario que haya sinceridad en la oración. Que la participación en un grupo de oración no sea motivada por sentimientos de vanidad. La oración no se debe instrumentalizar para hacer ver una superioridad intelectual, se tenga o no. Jesús nos advirtió contra este comportamiento exhortándonos a no ser protagonistas hipócritas (Mt 6, 5).

6. La participación de los integrantes del grupo, fuera del canto, no ha de ser simultánea sino ordenada y alternada. A pesar de la libertad en que se debe desenvolver la oración grupal siempre se debe desarrollar con orden y armonía.

7. Ningún grupo de oración debe excluir momentos de silencio. El silencio servirá para dejar actuar al Espíritu Santo, en el corazón de los demás.

8. Se debe propiciar la participación, de una manera o de otra, de todos los asistentes. Pero la participación de los integrantes del grupo de oración ha de ser espontánea (no forzada), breve, bajo la moción del Espíritu Santo (Jn 14, 16-17; Jn 14, 26) y con naturalidad. En este caso hay que evitar frases dichas a memoria o estereotipadas.

9. No olvidar que el motivo del encuentro es la oración. Una oración en la que se pueden armonizar tantos elementos: momentos de silencio, cantos, meditaciones para poner en común, etc.. Pero ojo, la oración grupal no debe convertirse, por ejemplo, enun espectáculo de música o canto, en una sesión de terapia, en ciclos de conferencias de diferente índole, en un momento de discusión, en un momento de euforia colectiva, en ocasión para protagonismos personales de ningún tipo (p.e. desahogos, relatos de experiencias personales, momento de críticas, etc.).

10. Después de la oración comunitaria, al salir, convendría recuperar el ágape fraterno para pasar juntos un tiempo ameno compartiendo un pasabocas, una bebida, etc. Esto une aún más al grupo y los motiva. El término ágape, inicialmente significaba afecto o amor gratuito; actualmente éste término se utiliza para nombrar la comida fraternal que llevaban a cabo los primeros cristianos para reforzar la unidad.

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