Llegan en busca de un sueño, pero no siempre son bien recibidos
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La región de Antofagasta (Chile) se convirtió en tierra de sueños para ellos, un numeroso grupo de colombianos (más de 30.000) que llegó al país huyendo de los dolores (violencia y crisis económica, entre otros) generados por el conflicto interno de su país. El auge de la minería de cobre en Chile motivó hace más de 10 años a estas personas a cruzar la frontera y busca de una vida mejor.
“Acá ando tranquilo en la calle, sin temor de ver morir amigos por poco menos que nada”, expresó uno de ellos para un reportaje de la revista Paula de Chile.
Siempre alegres y sonrientes, así es la vida de estas personas en “Antofalombia”, su nuevo lugar en el mundo.
Pero la presencia de estos inmigrantes no siempre es de buen agrado para los locales, quienes en algunas oportunidades miran con recelos, cargados de prejuicios, su presencia en el país. ¿Acaso no vienen a sacarnos el trabajo?, expresan algunos chilenos. Mientras que otros ven en ellos a delincuentes, narcotraficantes y promueven discursos xenófobos.
El lugar donde residen estas personas es precario y muchas veces similar a las favelas de Brasil, donde construcciones sencillas se elevan sobre las laderas de la montaña formando diversos campamentos (asentamientos).
Aunque no todos son colombianos en Antofagasta, un lugar muy marcado por la inmigración, que se ha transformado en un verdadero mosaico de culturas latinoamericanas. También hay peruanos, bolivianos, ecuatorianos.
A la hora de explicar el modo de vida y la resistencia que hay hacia estas personas en el lugar, el sacerdote Felipe Berríos, que habita en uno de los asentamientos, dijo a Paula que el auge de estos campamentos se dio precisamente “no solo por pobreza, sino por la segregación”.
“Por ser pobres y extranjeros. Llegaron atraídos por el mercado, pero el mercado no se preocupó dónde iban a vivir, estudiar, o si habían casas o no para ellos. Y el Estado, que apenas atiende a los chilenos, menos va a darles a los extranjeros. Quedan a su suerte”, indicó.
“Bulliciosos, de mal vivir”
Su nombre es Fabio y es acordeonista. Es uno de los tantos colombianos que llegó a Antofagasta. Junto a su familia viven el asentamiento Familias Unidas II y actualmente dice que puede tocar su instrumento en paz con los vecinos ecuatorianos y bolivianos. Antes, cuando estaba en el centro de Antofagasta, asegura que los chilenos le hacían la vida imposible llamando a la policía cada vez que ensayaba con su grupo de música vallenata.
Es que los chilenos, según su parecer, los consideran “ruidosos, traficantes de drogas y de mal vivir”.
Ahora su situación cambió un poco. “Somos felices. Nos cuidamos. Nadie roba a nadie. No venden droga. No hay delincuencia. El centro es más peligroso que acá”, indica Fabio.
Ayuda intacta
Esta región chilena pautada por el fenómeno de la migración y el desplazamiento tiene también quien se ocupe. Por ejemplo, los voluntarios de Techo (organización sin fines de lucro que combate a la pobreza a través de la ejecución de diversas obras entre las que se destaca el tema viviendas), se encarga de las veredas. Los jesuitas también colaboran con viviendas de emergencia. Los evangélicos hacen lo propio con comedores y guarderías. La ayuda a inmigrantes está intacta.
Así fue como “Antofalombia” se empezó a consolidar como una especie de “tierra prometida” para colombianos en Chile, en el contexto de un pronunciado “éxodo latino”, aunque luego los hechos indicaran otra cosa. No obstante, algunos todavía sueñan con poder regresar a la tierra que los vio nacer. Por ahora, estas personas en tierras ajenas seguirán cantando y bailando, pues la alegría es un sello de los colombianos, a pesar de los pesares.