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El oro siempre llega… ¡No hay que bajar los brazos!

Esteban Pittaro - publicado el 10/08/16 - actualizado el 07/11/18

Las lágrimas de los tres latinoamericanos dorados en Río 2016 esta vez fueron de alegría

De alguna manera, la fiesta inaugural funcionó como presagio. Vanderlei Cordeiro de Lima tomó la última posta del recorrido de la antorcha, esa que fue portada por ídolos del deporte mundial, referentes de la cultura y la sociedad de todos los estados, esa que pisó fuerte en suelo sudamericano por vez primera.

No fue el gran Guga Kuerten, embajador no sólo del deporte brasilero sino de su alegría y carisma, el último eslabón de esta cadena de grandes, aunque bien podría haberlo sido por sus sobrados méritos. Le tocó al maratonista Vanderlei cumplir la misión que alguna vez asumieron ídolos del deporte como Muhammad Alí o Paavo Nurmi.

Fue el medallista de bronce en los Juegos de Atenas, el mismo que fue sorprendido por un ex-sacerdote católico desequilibrado en el kilómetro 34 de la tradicional competencia y empujado al suelo. El público ayudó a Cordeiro a reponerse del momento de desconcentración y la pérdida de equilibrio, y de manera casi heroica, logró el tercer puesto. Pero merecía el oro.

El olimpismo devolvió el protagonismo merecido al maratonista, reconocido desde Atenas por sus valores humanos y deportivos. Ese inmortalizado con la templanza con la que enfrentó la injusticia de haber sido interceptado por un loco en la carrera de su vida. “Mi felicidad es mayor que el odio (…); a lo mejor Dios me puso a este hombre en el camino ayer para ver lo que podía hacer y hacerme saber lo difícil que es ganar una medalla olímpica”, enseñó en aquella ocasión.

El reconocimiento a Vanderlei fue un presagio. Fue un presagio del oro que esta vez no se le escapó a la judoca argentina Paula Pareto; fue un presagio del oro que esta vez no se le escapó al pesista colombiano Óscar Figueroa.  Fue el oro, y la alegría en la vida, que se le dio a Rafaela Silva, la judoca que dio a Brasil el primero oro de sus Juegos.

Rafaela lloró desconsolada tras su derrota en Londres. Pero criada en la Favela de Dios, hizo honor a lo que su tatuaje en el brazo proclama: “Dios sabe cuánto he sufrido y lo que hecho para llegar aquí”. Comenzó de niña a practicar Judo, y fue salvada de la marginalidad por el Instituto Reação, fundado por el ex judoca Flávio Canto, medallista de Bronce en Atenas.

Fueron en sus tatamis (superficie donde se practican algunas artes marciales) solidarios que Rafaela comenzó a aspirar a trascender la Favela. Así, para Canto, de alguna manera, también llegó el oro en Río. Y las lágrimas de Rafaela esta vez fueron de alegría, como la de los otros dos latinoamericanos dorados.

Las historias de la “Peque” Pareto y de Figueroa ya habían sido recogidas en Aleteia. Ellos, con Rafaela, son hasta ahora los únicos tres oros de América Latina en estos, sus Juegos Olímpicos. Sus vidas, llenas de lágrimas, como acostumbramos los que estas latitudes habitamos, como las de Vanderlei Cordeiro de Lima o Flávio Canto, testimonian cómo en el deporte, como en la vida, no hay que bajar los brazos.

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america latinadeporteJuegos Olímpicosmedallas de orotestimonio
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