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Matrimonio, divorciados,… ¿Qué ha cambiado en la Iglesia?

Marcelo López Cambronero - publicado el 25/07/16

La exhortación del papa Francisco "Amoris Laetitia" no supone un cambio dogmático, pero sí de actitud pastoral

L’Osservatore romano ha publicado dos artículos de gran importancia que nos hablan de la continuidad del Magisterio sobre el matrimonio y la familia en los últimos pontificados.

Los firman ilustres filósofos como el italiano Rocco Buttiglione (Cátedra Juan Pablo II de la Universidad Pontificia Lateranense) y Rodrigo Guerra (consultor experto en el pasado Sínodo de la Familia), ambos especialistas en el pensamiento de Juan Pablo II.

Los dos textos inciden en la exhortación apostólica Amoris Laetitia y en la polvareda en contra de Francisco que algunos han querido levantar aplicando interpretaciones erróneas de este documento, especialmente de su capítulo VIII y en relación a la comunión de los divorciados.

El primer dato a tener en cuenta es que, como ya recordó el Papa, los divorciados no están excomulgados. Esto no es un pequeño matiz, porque significa que pueden formar parte de la vida de la Iglesia y no están automáticamente imposibilitados para comulgar.

Juan Pablo II ya habló de algunos casos en los que podían ser admitidos a la plenitud de los sacramentos en condiciones de completa normalidad y señaló que “los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones” (Familiaris Consortio, n. 84).

Durante los años 90, cuando el divorcio estaba pasando de ser un hecho excepcional a una situación cada vez más extendida, Juan Pablo II quiso señalar, por razones pastorales, unas condiciones muy estrictas para la admisión a la comunión de los divorciados, pero siempre con la premisa básica de que no estaban excomulgados.

Esto significa que si no se encontraban en pecado mortal podían comulgar, exactamente igual que el resto de los fieles.

Los sacerdotes tenían entonces, como ahora, la seria responsabilidad de acompañar a quien estuviese en situación irregular, no desentenderse de ellos y discernir según el caso si podían o no ser admitidos a la comunión, siempre teniendo en cuenta que se debe evitar, con caridad, comprensión y verdad, que comulguen las personas que estén en pecado mortal.

El Profesor Buttiglione nos llama la atención sobre este aspecto fundamental, puesto que el pecado mortal requiere tres condiciones: materia grave (como por ejemplo el uso del otro como un mero objeto para mi satisfacción sexual, lo que se puede dar fuera y dentro del matrimonio), plena conciencia de la maldad del acto y deliberado consentimiento.

Esto no quiere decir que el pecado sea una cuestión meramente subjetiva, sino que en la consideración sobre si es o no pecado mortal se debe tener presente si la persona es consciente de la maldad del acto que comete.

La subjetividad no determina qué es real y qué no, pero es un elemento muy importante que a veces dejan de lado algunos teólogos y filósofos morales a los que con razón el Papa tilda de “rigoristas”.

Francisco no ha dicho en Amoris Laetitia, como algunos han querido tergiversar, que los divorciados que se hayan vuelto a casar civilmente, por ejemplo, deban ser aceptados automáticamente a la comunión, ni que esta aceptación dependa exclusivamente del criterio de cada cual.

La Iglesia no actúa así, ni en este caso ni en ningún otro, porque es una verdadera comunidad.

Lo que ha propuesto el Papa es que estas personas hagan un camino, que sean aceptadas en las parroquias, que se confiesen y que inicien un recorrido en compañía de un sacerdote o incluso del obispo.

¿Podrían finalmente, si se dan las circunstancias apropiadas, acceder a la comunión? Claro. Esto es precisamente lo que significa que no están excomulgadas: que si se dan condiciones que su confesor considera adecuadas para la absolución y se encuentran en gracia de Dios, pueden comulgar.

Sin embargo, sería equivocado decir que Amoris Laetitia no ha supuesto ningún cambio.

Francisco ha considerado que la realidad social de nuestro siglo no se corresponde con la que había en los años 90 del pasado y que, en consecuencia, no hay que tender hacia el rigorismo sino hacia la misericordia, sin olvidar la indisolubilidad del matrimonio.

No se trata, por lo tanto, de un cambio dogmático, sino de un cambio de actitud pastoral: priorizar el encuentro, la acogida, la escucha y la misericordia frente al rigorismo, como nos testimonió Cristo. El rigorismo seca la fe, no sólo del que lo sufre, sino también del que lo practica.

Los pintores de todos los tiempos han plasmado la escena en la que Jesús se presenta ante los doctores de la ley (Jn 2, 41-50) observando un elemento simbólico fundamental: pintan a un joven Jesús de doce años predicando con un dedo levantado en señal de autoridad y de verdad, mientras tiende la otra mano con mansedumbre como signo de misericordia.

¿Es legítima la evolución pastoral que ha impulsado Francisco? Legítima y necesaria.

Dios se ha mezclado en la historia de los hombres y no tenemos derecho a esconder Su mensaje debajo del colchón como si alguno de nosotros tuviese el poder de administrarlo.

Por eso Rodrigo Guerra nos habla del “dinamismo de un Dios vivo que se entromete y compromete con nuestra historia para redimirla”.

La compañía de Dios, de Cristo vivo y resucitado en medio de nosotros y del Espíritu Santo, significa que cada generación tiene que encontrarse con el Señor en su situación concreta.

De esta manera surgirán nuevos matices y comprensiones de la Sagrada Escritura, como tantas veces insistía Benedicto XVI recordando a su querido san Buenaventura: “la fe evoluciona. Desde sus contextos vitales, cada generación puede descubrir nuevas dimensiones que la Iglesia no ha conocido con anterioridad (…). Esto significa que hay un superávit, un “exceso” de Revelación, no sólo respecto a lo que el individuo ha comprendido, sino también a lo que la Iglesia sabe (…). Nunca podemos afirmar que ya lo sabemos todo, que el conocimiento del cristianismo ya está cerrado” (Dios y el mundo. Creer y vivir en nuestra época).

¿Hasta dónde llegará la misericordia de Dios? No nos corresponde medirla. Si el penitente, esté en la situación que esté, pide con fe una mano que le ayude a levantarse, ¿le dará el Señor un escorpión? Más bien “quien pide, recibe; quien busca, halla y al que llama se le abre” (Lc 11, 10).

¿Seremos nosotros los que pongamos barreras a la gracia de Dios? Mejor haremos como Abraham en el célebre pasaje en el que regatea para conseguir que se salven sus hermanos (Gn 18, 20-32), ya que Él todo lo puede.

En una reciente entrevista con el vaticanista Andrea Tornielli que se publicó en formato libro (El nombre de Dios es misericordia), Francisco expresaba su criterio sobre la disposición que debe mostrar el confesor.

Entonces recordaba un pasaje de la maravillosa novela de Bruce Marshall A cada uno un denarioen el que un sacerdote, viendo que la persona a la que confesaba no se arrepentía de sus pecados aun estando al borde de la muerte, le preguntó: “¿pero te pesa no arrepentirte?”… y como a aquel hombre eso sí que le pesaba encontró el resquicio para darle la absolución.

De la misma manera Dios busca con ahínco los resquicios que le deja la libertad de los pecadores. No escondamos a nadie el rostro de Cristo: dejemos que se acerquen a Él todos, especialmente los más necesitados de Su misericordia.

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