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Lo que piensa el mundo sobre la infidelidad en el matrimonio y una respuesta desde la fe

Catholic Link - publicado el 11/07/16

Por qué una persona casada se ve con otra

1. Es verdad: los humanos somos todos muy diferentes, especialmente si comparamos hombre y mujer y llegamos al matrimonio con expectativas diferentes. Eso puede llegar a generar conflictos.

2. Es cierto, necesitamos distintas dosis de cercanía / lejanía. No sé si lo llamaría así, más bien sería distintos niveles de intimidad. Si esas necesidades no son satisfechas, o quedan desatendidas, como dice el video, podría llegar a generar sensaciones de abandono o ahogo, dependiendo el caso.

3. Es cierto, el diálogo y la comunicación son buenas herramientas para atajar el problema a tiempo y contribuyen al bienestar de la pareja. En este tipo de «desigualdades» es importante expresar nuestros puntos de vista y compartir nuestros sentimientos.

Y allí fue donde entendí cuál era el problema: si bien el video dice verdades, y verdades muy reales y concretas sobre la relación de pareja, es el conjunto el que falla. Es como si en el conjunto dijera: «no prestar atención a estas situaciones va a llevar necesariamente a la infidelidad».

Y me acordé de un cuento de Julio Cortázar, Los posatigres donde una familia de locos compran un tigre vivo para hacer escenografías. Dice Cortázar:

«Posar el tigre no es demasiado difícil, aunque puede ocurrir que la operación fracase y haya que repetirla; la verdadera dificultad empieza en el momento en que ya posado, el tigre recobra la libertad y opta –de múltiples maneras posibles– por ejercitarla».

El problema de este video radica en un reduccionismo de la conducta humana. Este reduccionismo se llama «psicologismo», que consiste en la reducción de la realidad humana a solo aspectos psicológicos, como si la libertad humana, el libre albedrío no tuviera nada que ver en el asunto.

No somos máquinas, tenemos capacidad de razonar, y además tenemos el auxilio de la Gracia sacramental del matrimonio para no cometer semejante tontería. Como el tigre del cuento, tenemos que optar -de múltiples maneras posibles- por ejercitar la libertad.

Pero hay un equívoco con la palabra «libertad», se cree muchas veces que quiere decir «hacer lo que a uno le plazca». La libertad es solamente un «poder moverse», lo que determina la bondad o maldad del acto es el uso de esa libertad.

Si yo le doy libertad a mi hijo para que «si él quiere» tome alcohol desde temprana edad, no lo estoy haciendo libre. Probablemente le genere una esclavitud del alcohol. La libertad cobra sentido cuando tiene un para qué asociado.

El Catecismo de la Iglesia dice en el número 1733:

«En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a la esclavitud del pecado».

El video, entonces, dice verdades, pero no dice la verdad. Con el auxilio de la Gracia, y actuando libremente, deberíamos sobrellevar estos «desacuerdos» en materia de intimidad de forma tal de resolverlos. El autor del video parece decir «si no consigues lo que quieres en tu matrimonio, puedes ir a buscarlo afuera».

El papa Francisco en su última exhortación Post Sinodallo explica así:

«En el fondo, hoy es fácil confundir la genuina libertad con la idea de que cada uno juzga como le parece, como si más allá de los individuos no hubiera verdades, valores, principios que nos orienten, como si todo fuera igual y cualquier cosa debiera permitirse. En ese contexto, el ideal matrimonial, con un compromiso de exclusividad y de estabilidad, termina siendo arrasado por las conveniencias circunstanciales o por los caprichos de la sensibilidad. Se teme la soledad, se desea un espacio de protección y de fidelidad, pero al mismo tiempo crece el temor a ser atrapado por una relación que pueda postergar el logro de las aspiraciones personales».

Las relaciones basadas en el egoísmo, en que uno «tiene derecho a ser feliz» terminan muchas veces en catástrofe.

Las relaciones basadas en dar a nuestro cónyuge lo que él/ella necesita, llevan a la plenitud. «Hay más felicidad en dar que en recibir» (Hch 20, 35).

Los seres humanos somos cambiantes, y tenemos épocas en las que necesitamos más cercanía, y épocas en las que necesitamos más distancia.

De todos modos nada garantiza que la receta de “adecuada cercanía y lejanía”, aun cuando sea posible detectarla milimétrica y precisamente para cada uno de los cónyuges vaya a garantizar que el matrimonio esté blindado contra infidelidades. Existe el pecado original, que nos hace elegir el mal aun cuando deseamos el bien.

Lo que realmente blinda a un matrimonio contra la infidelidad es la oración común, la frecuencia de los sacramentos y el reconocernos pecadores que constantemente necesitamos el auxilio de la gracia para no hacer malas elecciones.

Allí está la explicación de las palabras de Cristo que «por la dureza del corazón de los judíos» se les había permitido el divorcio y la poligamia.

Ahora, con el auxilio de la Gracia sacramental, el matrimonio dejó de ser un «contrato natural» para convertirse en un medio de santificación, una fuente de Gracia.

Para revisar en nuestro matrimonio, podríamos preguntarnos: ¿Soy consciente de las necesidades de intimidad de mi cónyuge? ¿Lo ayudo en su santificación? ¿Hacemos oración común? ¿Tenemos intimidad con Dios? ¿Frecuentamos la reconciliación y la Eucaristía?

Tags:
divorcioinfidelidadmatrimoniorelaciones amorosassexualidad
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