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Yo podría lidiar con mi cáncer, ¿pero y mi hijo?

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Los efectos del tratamiento en mi hijo autista de 6 años fueron lo peor

Para librarme de mi cáncer de pecho en estadio dos, que me diagnosticaron en octubre de 2011, he pasado por quimioterapia, una doble mastectomía (con implantes) y radioterapia.

Aunque parezca mentira, mi primera lucha con el cáncer de pecho no me supuso mucha molestia. Sentía muy poco dolor y los tratamientos no me afectaron demasiado.

La quimio, sorprendentemente, no fue demasiado mala. No sentí náuseas, gracias a los magníficos medicamentos contra las náuseas que me dieron los profesionales de enfermería.

El único efecto negativo fue la extrema fatiga. Nada más llegar a casa, caía rendida en la cama.

La mastectomía tampoco minó mis ánimos. La única parte mala de esta operación eran las bolsas de drenaje colgadas de tubos de plástico que habían cosido a mi pecho y que recogían los líquidos que salían de las heridas.

Todos los días, tenía que vaciar esas bolsas y medir la cantidad de fluido que se había filtrado de cada “pecho”. Odiaba este proceso, pero no quebró mi fuerza.

Por último, la radiación tampoco fue muy mal. Me hice una experta en eso de quedarme tumbada y quieta sobre la camilla de tratamiento.

Entonces, ¿dónde estuvo la auténtica molestia de mi experiencia?

Lo que de verdad me molestó fue lo que el cáncer hizo a mi hijo autista de seis años.

Tommy se desestabilizó por completo. A su corta edad, no entendía lo que era el cáncer, pero podía percibir que era algo muy malo.

Sus profesores y todos los demás sabían que yo tenía cáncer y, aunque todos le trataban con guantes de seda, no podían evitar transmitir un halo de negatividad en relación a la enfermedad.

Para empeorar aún más las cosas, la especialista en intervención de Tommy estaba de baja por maternidad y fue sustituida por un profesor que no sabía qué hacer con mi hijo desestabilizado.

El sustituto solía llamarme frecuentemente para decirme que fuera a la escuela a recoger a mi hijo porque “no podía hacer nada con él”.

Así que hacía la caminata hasta la escuela de Tommy y allí me lo encontraba tirado en el suelo, llorando a pleno pulmón o desgañitándose a gritos, en modo berrinche descontrolado.

Debido a su autismo, que afecta a su capacidad para comunicarse, este era el único modo que Tommy tenía de “articular” el dolor y la ansiedad que emanaban de mi pobre estado de salud.

“Tommy”, le decía. “Mamá está aquí. Tommy, deja de llorar. Nos vamos a casa”.

Dios sabe que no fue el cáncer lo que me hería, sino la reacción de Tommy a él.

¿Y cómo conseguí mantener mi cordura durante este espantoso periodo?

Me sentaba durante varias horas al día en la mesa de la cocina y rezaba a santa Ana, la abuela de Jesús.

Lo hacía porque soy una católica devota y porque santa Ana era la santa favorita de mi abuela, a la que rezaba constantemente. Si esta santa era lo bastante buena para la abuela, también lo era para mí. Hora tras hora, repetía la oración a santa Ana y, así sobrevivía a los días.

Estas son las palabras que recitaba una y otra vez:

Recuerda, oh gloriosa y buenísima santa Ana, que nunca nadie quedó sin ayuda de entre los que buscaron tu protección, imploraron tu ayuda y pidieron tu intercesión”.

“Confiadamente me pongo ante ti, Madre elegida por Dios para llevar en tu seno a la Reina de los Cielos, por tu gran bondad y poder ante el Señor, y sabiendo que escucharás mis súplicas, te ruego me concedas este favor especial:

En este punto, manifestaba el favor que quería: “la restauración de la salud tanto de mi hijo como la mía”.

Y así concluía mi oración:

Continúa intercediendo por mí hasta que, por Divina Misericordia, mi petición sea cumplida. Intercede por mí ante Dios con esta gracia, hasta el día en que yo misma me presente ante el Señor, bendito sea por María, tu Hija, y por todos los santos por toda la eternidad. Amén».

Día tras día, oración tras oración.

Después de un año muy duro, ya he completado todos mis tratamientos contra el cáncer y las cosas han empezado a volver a la normalidad, lentamente.

Y he aquí que Tommy volvió a ser el mismo niño feliz de siempre.

Desde lo más profundo de mi corazón sé que Tommy y yo, juntos, conseguimos vencer al cáncer gracias a la ayuda divina de nuestra querida santa Ana.

Lo que perturba nuestras almas no es lo que nos pasa a nosotros, sino lo que sucede a nuestros seres queridos a causa de las experiencias negativas que plagan nuestras mentes.

Por desgracia, es un hecho en las vidas de todos.

Una vida que, por cierto, estoy enormemente contenta de seguir viviendo.

Nota del autor: Desde que escribiera esta reflexión, mi cáncer de pecho ha vuelto. El tratamiento por radiación que recibí hace cinco años causó una rara forma de cáncer en mi pecho radiado. Me alegra decir que, con 11 años, Tommy está afrontando mejor este segundo encuentro con el cáncer. Rezamos y continuaremos rezando a santa Ana hasta la completa y total recuperación de mi salud.

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