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Espejito, espejito ¿de todos a quién juzgo más duramente?

Judy Landrieu Klein - publicado el 28/06/16

¿Somos capaces de vernos como somos realmente?

Jesús dijo a sus discípulos: “No juzguen para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que ustedes juzguen, serán juzgados; y con la medida con que midan, se les medirá”.

Sentada en el patio de frente a nuestra casa reflexionando sobre estas palabras un lunes por la mañana, sentí claramente que el Señor me decía: «Deja de juzgarte a ti misma».

Es extraño, pensé, porque si se juzga a los demás es algo que confieso regularmente a un sacerdote, me di cuenta de repente de que rara vez se tiene en cuenta los duros juicios con los que me encuentro generalmente.

Entonces me pregunté cuántos de nuestros juicios sobre nosotros mismos se convierten en profecías autocumplidas, y cómo la medida sin amor con la cual evaluamos a nosotros mismos pueda realmente mantenernos aferrados al pecado.

Una hora más tarde entraba a misa de las nueve, algo retrasada, y las primeras palabras del padre Mark que sentí al entrar a la Iglesia fueron: «Tenemos que dejar de juzgarnos a nosotros mismos». No es exactamente la homilía que uno esperaría escuchar en la enseñanza de Jesús en con respecto al juicio.

«Está bien, Señor, lo voy a tener presente”, me dije.

Después de la misa, me senté en la Capilla de la Adoración para orar y pensar un poco al nuevo libro de Elizabeth Scalia, Los pecadillos significan mucho. Mis ojos casi se me salen de las órbitas cuando leí las palabras que escribió en el capítulo 9:

La denigración de sí mismo deja de ser saludable y empieza a ser pecaminosa cuando sirve para crear una narrativa despreciable o lamentable a la cual nos aferramos, y por la cual al final permitimos enredarnos en caracterizaciones que no podemos controlar o enmendar.

Ahora había recibido el mensaje.

¿Cuántos de nosotros vivimos con una narrativa familiar de auto-condena, juzgándonos con palabras tales como «estúpido», «indigno», «no digno de ser amado», «sin esperanza», «gordo», «feo», «perezoso»?

¿Cuántos de nosotros estamos atrapados en una espiral perpetua de negación de uno mismo que no sólo alza un muro que nos impide recibir el amor de Dios, sino que también nos impide amarnos de manera adecuada a nosotros mismos y a los demás?

¿Cuántos de nuestros juicios de los otros son en realidad proyecciones de odio que sentimos por nosotros mismos, que nos impiden participar plenamente en la única realidad que Dios quiere para nosotros, es decir el amor?

Una reciente homilía de papa Francisco nos desafió a mirarnos en el espejo cuando estamos tentados de juzgar. El pontífice dijo:

Tú juzgas a los demás constantemente, con la misma medida serás juzgado. El Señor nos pide mirarnos al espejo. Mírate en el espejo, pero no para maquillarte, para que no se vean las arrugas. No, no, no, ¡ese no es el consejo! Mira en el espejo para mirarte a ti mismo como eres.

Creo que las palabras del Papa eran correctas, pero también hacen surgir otra pregunta.

Cuando nos miramos en el espejo, ¿somos capaces de vernos como realmente somos, como pecadores redimidos e infinitamente amados por un Padre misericordioso que no nos ve como basura sin valor, sino como hijos preciosos?

¿O nuestros espejos están agrietados, curvados, nublados, y obstaculizan nuestra capacidad de ver como Dios ve?

Porque a mis ojos fuiste de gran estima… Entonces verán las naciones tu justicia, y todos los reyes tu gloria, y te llamarán con un nombre nuevo, que la boca del Señor determinará. Serás también corona de hermosura en la mano del Señor, y diadema real en la palma de tu Dios. Nunca más se dirá de ti: abandonada, ni de tu tierra se dirá jamás: desolada; sino que se te llamará: mi deleite está en ella, y a tu tierra: prometida. Porque en ti se deleita el Señor. Isaías 43: 4; 62, 2-4

Cuanto más confiamos en el amor de Dios por nosotros, menos propensos somos a rechazar sea a nosotros mismos o a los demás.

Abandonar nuestro juicio desordenado de nosotros mismos puede ser el acto de virtud que nos permite dejar de juzgar a los demás, como experimentar el amor y la misericordia de Dios nos hace más capaces de extender el amor y la misericordia a los demás.

Oremos para que el Señor remueva la viga de nuestros ojos e ilumine los ojos de nuestra mente (cfr. Ef 1, 18), para que podamos ver cómo Él ve y amar como Él ama.

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