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Por qué nunca ves santos sonriendo en el arte religioso

Nancy Bauer/Shuttertstock
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La verdadera felicidad no siempre se expresa con un rostro alegre

Durante ciertos años dispersos de mi vida, mi tono de llamada en el teléfono era la canción Only the Good Die Young [Sólo los buenos mueren jóvenes], de Billy Joel. Nunca olvidaré la mirada en el rostro de mi madre, ferviente católica, el día que escuchó el sonido de mi teléfono, con la burlona letra, “preferiría reír junto a los pecadores que llorar junto a los santos”, rompiendo el pacífico silencio de nuestra casa y mofándose de las sagrada imágenes que adornaban las paredes.

Por entonces, la letra de aquella canción era un exacto reflejo de lo que me motivaba a no practicar la fe.

Vivía mi vida bajo la impresión de que aquellas personas que se esforzaban por avanzar en el camino de la santidad sólo recibían a cambio dolor y sufrimiento, mientras que aquellos que eran más tolerantes con una presencia habitual del pecado en sus vidas eran capaces de disfrutar de verdad la vida. Ni que decir tiene que prefería la compañía del segundo tipo.

Esta noción quedó aún más arraigada en mi mente en cierta ocasión, rara, en la que fui a misa y me vi rodeada de estatuas de santos que me recordaban más bien a la imagen de “antes” de un anuncio de “antes y después” de Prozac. Me parecían cansados, desesperados y, en el mejor de los casos, lúgubres. Los creyentes, según pensaba, estaban deprimidos del todo, cuando yo lo que buscaba era felicidad.

Gracias a Dios, el Espíritu Santo se abalanzó sobre mí para abrir en dos mi equivocada mente y revelarme el profundo anhelo de Dios por mi auténtica dicha, que incluso, o quizás en especial, podría llegar ahora en este mundo.

Saqué esperanzas de una oración de santa Teresa de Ávila, en la que imploraba: “De los santos lúgubres, serios y deprimentes, líbranos Señor”.

De forma similar, el papa Francisco arrojó luz sobre la naturaleza alegre de la vida cristiana con su insistencia en que “nunca se escuchó hablar de un santo triste o de una santa con rostro fúnebre. Nunca se oyó decir esto. Sería un contrasentido”.

Una vez que empecé a creer en que, tal y como decía san Agustín, “Dios es el más feliz de los seres, que nos hizo para compartirnos en su propia felicidad”, se reavivó mi curiosidad por las expresiones de abatimiento en las imágenes religiosas.

¿Por qué los artistas representaban a estos hombres y mujeres de Dios con una luz tan entristecida? ¿No deberían ilustrar las figuras de los santos la alegría de Cristo que estos santos individuos albergaban en sus corazones y la gracia con la que iluminaban el mundo?

Mi respuesta llegó durante un periodo que pasé estudiando una pintura de la Sagrada Familia en la habitación insonorizada de nuestra iglesia.

En el cuadro, Jesús, con unos cinco años, está reclinado de forma afectuosa sobre el pecho de san José, ambos con una sonrisa cálida y satisfecha, mientras María, también con gesto alegre, hace cosquillas en el pie descalzo de su hijo.

Ahora sí, ésta es la alegría que debería retratar la mayoría del arte religioso, pensé para mis adentros. Entonces, me asaltó la idea de que en realidad la mayoría del arte religioso representa a los santos en mitad de cierta actividad en concreto: la oración.

Mientras que esta imagen en particular capturaba el júbilo de una familia durante un encuentro juguetón, la acción más común que llevan a cabo los sujetos del arte religioso es la unión de sus mentes y corazones con Dios. Semejante unión, como bien sabemos, sobrepasa generalmente cualquier emoción que puedan evocar las expresiones físicas, como la risa o la sonrisa.

Por supuesto que la oración puede seguir siendo, y a menudo lo es, una experiencia llena de dicha, puesto que se vierten en nuestro corazón las gracias y un amor puro e incondicional. Sin embargo, es algo interno y profundo, que trasciende toda reacción fisiológica del cuerpo capaz de comunicar felicidad.

Conozco un sacerdote que, especialmente perspicaz, describió las expresiones faciales típicas del arte religioso como “reflejo de una estoica solemnidad” para así evidenciar la paz interior, en oposición a las pasiones exteriores.

Hay un artículo que contiene una explicación similar sobre las expresiones solemnes de los santos en la simbología religiosa: “La auténtica dicha es algo que proviene de Dios y es, por ello, eterna. Los placeres fugaces son, por definición, temporales y no aportan verdadera felicidad. La sonrisa es un reflejo de felicidad pasajera porque, también ella, es temporal”.

Esto no supone, de ningún modo, que sonreír sea un acto insignificante. De hecho, la Madre Teresa era una defensora a ultranza del poder de la sonrisa y decía que este gesto es la antesala del amor.

Todos somos, después de todo, criaturas corporales, dotadas de la habilidad de expresarnos a través de signos físicos, como los faciales.

Sin embargo, he llegado a la conclusión de que se nos plantea el imperativo reto de mirar más allá de las expresiones faciales cuando presenciamos representaciones de figuras de santos y religiosos que no están disfrutando abiertamente de una alegría ilimitada.

Estamos invitados a reflexionar sobre los más profundos niveles del intelecto y de la emoción a los que estos hombres y mujeres lograron abrirse, un éxito que, como resultado, genera una paz que rebasa la expresión de una mera sonrisa.

No están tristes. No están desesperados. Están perdidos, perdidos en el amor inexplicable e inmortal de su Supremo Hacedor.

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