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No te encasilles, ¡hay muchos caminos!

Carlos Padilla Esteban - publicado el 14/06/16

No estamos llamados a repetir moldes

Creo que la vida se construye desde el respeto. El respeto a mi propia vida. El respeto a la vida de aquellos a los que yo ayudo a caminar. El respeto a la vida tal y como es. El respeto a ese camino que otros siguen sin pedirme consejo. El mismo respeto que tiene Dios al mirar mi vida.

En la película Come, reza, ama dice uno de los protagonistas: “Dios vive en ti, como tú. No le interesa la fachada de una persona espiritual. Dios vive en mí, como yo”.

A Dios no le interesan mis moldes, mis fachadas, mis caricaturas que esconden mi vida. Mis formalismos, mis rigideces. A Jesús le importo yo, en mi esencia, en mi pureza.

En la vida hay muchos caminos, muchas formas, muchos estilos. Aunque a mí sólo me gusten algunos.

Una persona le decía a otro que no estaba casado ni era consagrado: En la vida hay que optar. O camino, o carretera. No hay más. ¿Tú que eliges?. Demasiado estrecho. Medimos con nuestra vara de medir. Sólo cabe nuestra mirada sobre la vida. Lo demás está equivocado. Pero no es así.

Hay muchos caminos. Y Dios me ama a mí como soy. Pero no a mí sólo en un camino determinado, cumpliendo sus expectativas. Me quiere a mí en el mejor camino que Él hubiera podido soñar para mí. La mejor versión de mí. Mi yo más verdadero.

Yo no suelo ser así con los demás. Ni conmigo mismo. Si no cumplo, si no llego al ideal marcado, si me choco una y otra vez con mi debilidad, experimento mi pobreza y me rebelo.

Decía el padre José Kentenich: Numerosas enfermedades tienen su origen en que el hombre ya no percibe ni asume cabalmente sus debilidades[1].

Las enfermedades del alma surgen cuando soy muy rígido con mi vida. Todo tiene que calzar. Todo tiene que estar en orden. Y si hay desorden o inmadurez, actúo como cuchillo de doble filo. Corto, cerceno. No tengo misericordia con mis errores, con mis debilidades. Soy inflexible.

Quiero aprender a perdonar siempre mi error, mi debilidad. ¡Qué importante para la vida! Asumir que tal vez nunca encajaré en el molde que creía perfecto. Puede ser que nunca haga todo como creo que debería ser hecho.

Tengo una originalidad dentro, muy dentro, escondida. Mi originalidad, el sueño de Dios conmigo. Es Dios el que me ha hecho tan distinto al resto. Me ha dado un camino. El suyo. Me ha enseñado a vivir siendo auténtico, veraz, franco. Respetando las voces que gritan en el corazón.

Podré cometer errores. Podré fallar y caer. Podré no ser tan bueno como quisiera. Pero mis debilidades son el trampolín hasta lo más alto.

Necesito experimentar la misericordia en mi vida para caminar. Si no me sé amado de verdad, en lo más hondo, en mi realidad, tal y como soy hoy, si no me sé amado por misericordia, no voy a ser capaz nunca de amar así, de mirar así.

Es verdad que Dios nos ha llamado a todos para que seamos águilas, para aspirar a los altos ideales[2]. No me ha llamado a repetir moldes. A ser santo como aquel otro santo. No. Mi santidad es original, única. Es mi camino propio. El mío, no el de otro. Eso me da paz.

No tengo que repetir nada. Tantas veces intento copiar otros moldes. Saber que yo tengo mi camino propio es un alivio, y es un acicate para la lucha.

No quiero asustarme de mi debilidad. Decía el Padre Kentenich que el hombre evita mirar su interior porque siente que en su interior el panorama es terrible[3].

Yo no lo veo así. Veo mis sombras y mis durezas. Mis inmadureces y torpezas. Pero no es terrible. Soy así. Es parte de mí. No quiero dejar de mirar en mi interior. Con ojos de sorpresa. Alegre.

Allí donde hay desorden, impurezas, dolores, amarguras, allí, entre las sombras, hay tanta belleza, tantos dones maravillosos escondidos, tantas semillas de plenitud,… Soy mucho más de lo que yo mismo veo.

No me asusto ante lo imperfecto. Dios tampoco se asusta al mirarme. Al contrario. Se alegra. Yo también. Él está enamorado de mi pequeñez, de mi pobreza. Construye con el barro de mi vida. No necesita contar con un conjunto de piezas perfectamente dispuestas.

Dios me quiere en mi limitación. Me quiere frágil. Se maravilla al verme. Más de lo que yo me alegro al ver de nuevo las mismas caídas en mi camino. No importa. Hay mucho camino por recorrer.

Estoy llamado a ser un gran santo. A mi manera. Según mi estilo. A partir del material con el que Dios me ha creado. Eso me da alegría.

Comenta el Padre Kentenich: ¡Qué haríamos nosotros en nuestra vida espiritual sin el abono de nuestras miserias, de nuestras faltas![4].

Es un consuelo mirar así mi fragilidad, mis faltas. Mirar en lo más hondo del corazón sin asustarme. Sonreír, confiar. Dios lo puede hacer todo con mi miseria.

Dios puede sacar verdes jardines del corazón si me dejo hacer por su amor. Puede hacer una obra de arte conmigo si me dejo tocar por su misericordia.

Él me quiere como soy, no como creo que debería ser. Él me sueña porque quiere que sea pleno y feliz. Pero sólo puede construir a partir de donde estoy. Me mira y se enamora más todavía. Esta mirada de Dios me salva siempre. Me hace mejor. Me eleva. Me sana.

[1] J. Kentenich, Terciado de Estados Unidos, 1952

[2] J. Kentenich, Terciado de Estados Unidos, 1952

[3] J. Kentenich, Terciado de Estados Unidos, 1952

[4] J. Kentenich, Terciado de Estados Unidos, 1952

Tags:
alma
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