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Peaky Blinders. ¿Es posible confiar en alguien?

Josep Maria Sucarrats - publicado el 13/06/16

Una serie sobre un lugar que posibilite vivir y perdonarse... a ritmo de post-punk

¿Qué haría Vito Corleone en el Birmingham apestoso y underground de los años 20? Fácil: convertirse en Thomas Shelby. Peaky Blinders, pata negra de las teleseries, nos cuenta su historia. Acaba de terminar su tercera entrega, y tenemos garantizadas dos temporadas más.

Situémonos. Es el Birmingham industrial y suburbial, contubernio de clanes, pero podría ser el resto del país, con su pobreza e ilegalidad, o sus conflictos con anarquistas y el IRA. O podría ser el resto de Europa. O del mundo. Así de universal es la serie, que narra una necesidad común: la exigencia de un afecto que redima el corazón quebrado.

Sí, vale, Peaky Blinders cuenta los trapicheos de la familia Shelby y su camorra que mutará en dandismo criminal. Sí, vale, los tres hermanos acaban de servir al rey en la Primera Guerra Mundial, lo que les ha desquiciado y convertido en delincuentes. Y, sí, matan sus fantasmas con droga y alcohol. Todo muy antiheroico y propio de la subcultura; nada mainstream.

Pero esto no debe distraernos; el tema es universal, y nos pega a la silla, enamorados de Tommy (un Cillian Murphy que lo clava), el prota tarado y violento, pero guapo y de buen corazón.

Tommy es una suerte de héroe condecorado. Astuto y reservado, es el cerebro de la banda, los Peaky Blinders. El grupo basa su éxito en el triángulo criminal compuesto por él, por tía Pol (Helen McCrory, la esposa real de Brody de Homeland), la matriarca pragmática, y por Arthur (brillante Paul Anderson), el bulldog de la familia.

Los Peaky intentan abrirse camino más allá de las apuestas fraudulentas. Pero un robo sale mal, y se plantan en el negocio de las armas con Libia (¿actual, no?). De allí, comunistas, el IRA, judíos criminales (un Tom Hardy de miedo), batallas con un policía puritano (Sam Neill) al servicio de Churchill, control del sur de Inglaterra, etc.; mero entreno para el más bestial asalto de su carrera: un golpe que implicará bolcheviques, huelgas salvajes, una Iglesia corrupta y pederasta, y mucha política internacional como garrote que asfixia al Tommy más audaz. No quedará fuera ese amor imprescindible que busca todo Shelby: la chica-esposa-madre-pilar-de-huérfanos-y-desamparados.

Estamos ante una asociación de justicia, miedo y venganza, a ritmo de post-punk y rock alternativo (ahí están Nick Cave, Tom Waits, David Bowie, Radiohead, PJ Harvey, The Kills, The White Stripes, y otros chicos malos de los que dicen las cosas claras). No hay perdón. O eso parece. Quien a hierro mata, a hierro muere. Pero Tommy lo tiene claro: «Los políticos, los jueces, los caballeros y damas son peores que nosotros y nunca nos admitirán en sus palacios por muy legales que seamos».

La exclusión les ha relegado a la periferia. Por eso, los Shelby intentarán hacerse un lugar donde recuperarse y vivir. Pero fallan el tiro: lo material no satisface. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si se pierde? Ni todo el bienestar del mundo ni ninguna posición social podrán calmarles. El mismísimo Cillian Murphy lo reconoció en una entrevista: «Thomas siempre será un hombre en búsqueda de algo», un corazón a punto de quebrar. Este es el gran tema de la serie.

Por ello, cada escena, con sus cámaras lentas, desprende la belleza anhelada; cada plano es de una fotografía poética. La serie de la BBC es un prodigio televisivo (de ello, los ingleses saben algo…). Está toda la flor y nata de las producciones británicas: Otto Bathurst (Black Mirror), Steven Knight (Promesas del Este, Locke, etc.); Murphy (Origen, Batman begins,28 días después, etc.), etc. Netflix lo ha visto y se ha hecho con ella. Hasta ahora la han comprado más de 163 países.

No es Boardwalk Empire; no es Los Soprano ni Los intocables. No son gángsters sin alma; Shelby no es un psicópata. Aquí hay una familia. Es un padrino pero no es El Padrino. No es un Estado ni el gusto por progresar; es una sociedad limitada, en la que el jefe se implica; es un deseo errado de bien, de defender a los tuyos. En este sentido, es una serie absolutamente posmoderna, en la que la violencia arcaica se apodera de nuestros corazones.

Estamos con Thomas Shelby. Rezamos por él. ¡Que no muera! ¡Que viva! ¿Por qué? Porque no gestiona bien su dolor; porque no logra interiorizar el mundo, chivo expiatorio de su malestar. Para Shelby, la violencia y el poder son modos de sentirse seguro. Pulsión de muerte, pecado, drama de la libertad, búsqueda del paraíso perdido; llamémosle como sea, qué más da. Ha quebrado el mundo de la certeza, y ninguna seguridad ni bien material podrá llenarle. Los Peaky no desean el mal, no quieren matar. Desean perdón y justicia. El amor incluso la violencia son sus actos contra la muerte.

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