Aleteia

Si Dios quiere, una película para no perderse

Comparte
Comenta

Al fin y al cabo, lo que hace es hablarnos de Dios en el sentido más entrañable del término

Tommaso es un reputado y áspero cardiólogo en Roma. Su fama va por delante de él aunque nunca sobrepase a su ego. Vive en una casa de fábula y tiene una familia ideal, más o menos. Su mujer tiene algún que otro problemilla con el alcohol, su hija es una frívola ignorante casada con un cataplasma mentecato y su hijo, Andrea, sospecha que es gay. Esto último no supone ningún problema para Tommaso, un hombre de ciencia, ateo convencido y de ideas abiertamente liberales.

Un día Andrea quiere anunciar algo a la familia. Tommaso se ve venir que su hijo les va a informar de que es gay y prepara al resto del linaje para que no haya reacciones incómodas. Llegado el día, Andrea sienta a la familia, incluida a la asistenta, y les da la gran noticia: va a ingresar en un seminario para hacerse sacerdote.

Si Dios quiere es la ópera prima de Edoardo Maria Falcona, un consumado guionista de títulos como Viva L´Italia y ¿Te acuerdas de mí?. Para su primera película como director, Falcona, todo hay que admitirlo, se ha metido en camisa de once varas aunque eso sí, lo ha hecho con cierta garantía.

Se advierte que el cineasta sabe cómo funciona la comedia y más aún, cual es una de sus estrategias más exitosas, la mecánica del disfraz. Hacerse pasar por lo que uno no es siempre ha funcionado muy bien, desde Chaplin a Blake Edwards pasando por Ernst Lubitsch y Billy Wilder y para la ocasión, Falcona ha convertido a un médico de prestigio en un despojado de la sociedad con tal de desmontar la vocación religiosa de su hijo.

El atrevimiento por parte de Falcona es que la trama se descubre antes de tiempo y un tercio largo del largometraje tiene que sostenerse sobre los personajes que ha ido construyendo. Cierto es que el experimento no le sale nada mal. Lo que se suponía que iba a ser una cruzada para desmontar la vocación de su hijo al final se convierte en un camino hacia la iluminación.

Doy por sentado que a los amantes del posmodernismo y el pesimismo en sus más amplias y pintorescas variables les tirará de espaldas un largometraje que, al fin y al cabo, lo que hace es hablarnos de Dios en el sentido más entrañable del término pero el resto, además de un mensaje optimista y esperanzador, les garantizo que se reirán a mandíbula batiente.

Cuando Si Dios quiere termina, uno tiene la sensación de haber pasado un buen rato. Puede incluso que hayamos derramado alguna que otra lagrimita traicionera entre carcajada y carcajada pero, no cabe la menor duda de que, vale la pena ver Si Dios quiere. Especialmente porque, aunque su final es particularmente abierto, a mí, personalmente me da la impresión de que sí, de que Dios sí que quiere.

 

Newsletter
Recibe Aleteia cada día