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Los tesoros de Santa Maria Antiqua: El cristianismo surge de las cenizas del Imperio Romano

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Una completa restauración y exposición muestra cómo los cristianos dejaron huella en Roma tras la salida de los emperadores

Durante 1200 años, el Foro Romano prosperó como centro neurálgico legislativo, religioso y administrativo de Roma. Desde el pequeño reino fundado en el 753 a.C. hasta el SPQR de la República romana y hasta el poderoso Imperio, esta pequeña zona abierta se desarrolló desde lugar de mercado a centro de ciudad y a núcleo del mundo. Pero ¿qué pasó luego? Cuando se derrumbó el Imperio en el 476, ¿el Foro dejó de existir?

La respuesta es no. A pesar de la implosión del gobierno romano, el Foro continuó desarrollándose, transformándose mientras nuevos gobernantes venían a instalarse en el monte Palatino.

Su instinto de supervivencia, no obstante, ya no era alimentado por los viejos dioses paganos, sino por el cristianismo. A medida que los templos quedaban gradualmente abandonados, las iglesias cristianas comenzaron a redefinir el espacio del Foro.

Estos misteriosos años, a menudo conocidos de forma peyorativa como Edad Oscura a causa de la ausencia de registros históricos, son objeto ahora de un colorido testimonio en una exposición que se muestra en el Foro hasta el 30 de octubre de 2016.

Para aquellos que creen haber tachado el Foro de la lista de visitas, la exposición Santa Maria Antiqua tra Roma e Bisanzio revela 300 años de historia después de que los emperadores romanos abandonaran la escena.

La exposición está alojada en la Iglesia de Santa Maria Antiqua, una iglesia del siglo VII enclavada en los restos del palacio imperial.

Tras quedar cubierta por un corrimiento de tierra producto de un terremoto en 847, la iglesia fue desenterrada en 1904 y estudiada brevemente antes de ser cerrada durante 40 años para una restauración que concluyó hace pocos años.

Esta exposición es la primera oportunidad en medio siglo de que el público general ponga un pie dentro de la iglesia.

Caminar hacia la iglesia es como abrir un agujero en el espacio-tiempo. Tras pasar bajo las enormes plataformas de los templos dedicados a los muchos dioses de Roma, uno se adentra en el atrio de la iglesia.

Los colosales muros, los restos del ambicioso palacio del emperador Domiciano, empequeñecen al visitante, y el suelo aún conserva las huellas de la fuente de Calígula, un remanente del caprichoso emperador.

Unos cuantos fragmentos de frescos todavía aferrados a las paredes de la biblioteca de Domiciano nos dan una pista de lo que está por venir.

Después de las vertiginosas alturas de la arquitectura imperial, Santa Maria Antiqua resulta un tanto íntima.

Este espacio deslumbra de muy distinta forma. Cada pared, cada columna, cada superficie conserva vestigios de frescos: esta iglesia “huevo de Fabergé” es una obra de arte, un tesoro que relata la vida espiritual del Foro desde los reyes ostrogodos que arrebataron Roma a los emperadores en el siglo V, pasando por la controversia iconoclasta hasta la edad de Carlomagno, que floreció poco antes de que la iglesia quedara borrada por el desprendimiento.

La exposición sigue un itinerario cuidadosamente elaborado. A la entrada, los visitantes encaran una nave guardada por varias estatuas centinelas: los nuevos dirigentes de Roma que permitieron al cristianismo florecer en el Foro.

Una llamativa reina mira al vacío con ojos taraceados bajo una corona salpicada de perlas. Puede que sea Amalasunta, hija de Teodorico, mecenas de la primera iglesia cristiana en el Foro, construida en consagración de los santos Cosme y Damián en 525.

Como por arte de magia, una impresionante imagen de la Virgen y el Niño cuelga en mitad del aire sobre la nave. Fue pintada para esta iglesia entre el 575 y el 600 y quedó hundida tras el colapso de la iglesia, pero fue salvada y llevada a una nueva iglesia, Santa Maria Nova, en el antiguo templo de Venus y Roma.

La estrella de la exposición es el papa Juan VII, cuyo breve pontificado, del 705 al 707, trajo enormes cambios a la iglesia.

Hijo de un virrey bizantino, Juan tenía un pie en la cultura griega y otro en la latina, además de una pasión por el arte, y usó esta iglesia como capilla de la corte.

Su oratorio dedicado a María en la Basílica de san Pedro fue cubierto con unos mosaicos impresionantes, varios de los cuales se muestran en la exposición a pesar de la destrucción de la capilla cerca del 1500, junto con unos grabados con la firma del papa, donde se lee “Juan, siervo de María”.

Santa Maria Antiqua alberga algunas de las primeras capillas laterales y la capilla más antigua que existe consagrada por un seglar.

La primera capilla a la derecha fue decorada en tiempos del papa Juan VII y consagrada a santos médicos.

Pasado el umbral y pintados en fila, aparecen cinco sanadores sosteniendo sus instrumentos médicos; entre ellos están los mártires orientales Cosme y Damián, los médicos gemelos que fueron introducidos en Roma para apaciguar las tensiones culturales de un nuevo emperador bizantino y para suplantar la memoria de Rómulo y Remo, los gemelos fundadores de la ciudad pagana.

La capilla a la izquierda del ábside es más llamativa si cabe, construida a mediados del siglo VIII por Teódoto, un adinerado funcionario judicial.

Después de elaborar las incrustaciones de mármol, se eliminaron algunos adornos de piedra de las paredes para dejar espacio a representaciones de la brutal pasión de los santos Julita y Quirico, madre e hijos martirizados en Oriente.

Aunque estas imágenes son muy fragmentarias, los sofisticados gráficos computarizados rellenan las secciones perdidas, ante el asombro de los espectadores, con una visión de cuál habría sido el aspecto de la capilla en su época de gloria. Es una imponente aplicación de la tecnología al arte.

La zona del ábside es el material del que están hechos los sueños de los historiadores. En la altura del lado derecho del ábside hay un fresco en retazos, con algunas piezas descascaradas que revelan varias de las diferentes etapas de la decoración de la iglesia.

Una astuta iluminación colabora en la guía de los espectadores a través del “muro de palimpsesto”.

El fresco más antiguo, Maria Regina, muestra una severa y majestuosa figura vertical con un tocado incrustado de perlas que sostiene un bebé, mientras se inclina un ángel cerca de ella.

La obra está fechada en 550, cuando Santa Maria Antiqua descubrió por primera vez su identidad cristiana como casa de seguridad de los reyes ostrogodos.

Entre los años 600 y 649, una elegante Anunciación protagonizada por un “hermoso ángel” cubrió la obra anterior. Luego, Juan VII añadió una progresión de Padres de la Iglesia como parte de su grandioso plan para la decoración del ábside.

La inmensa escena cuenta con ángeles, santos y mártires adorando la cruz. Una pequeña acuarela cercana demuestra cómo debió parecer una vez: una explosión de color que acercaba a la tierra el triunfante paraíso.

La iglesia sorprende por su antigüedad, pero también anticipa algo de los esplendores más modernos del arte eclesiástico.

Las paredes están decoradas con pinturas de falsos cortinajes, que despliegan narrativas paralelas —Antiguo Testamento a la izquierda, Nuevo Testamento a la derecha— y Jonás reposa en un sarcófago tallado en mármol en el lateral.

Este estilo de decoración sobrevivió a las modas iconoclastas y artísticas, y estos mismos componentes pueden encontrarse en la Basílica Superior de Asís o en la Capilla Sixtina, cerca de medio milenio más tarde.

Santa Maria Antiqua demuestra con creces que la belleza, siempre antigua y siempre nueva, hace mucho que viene guiada de la mano de la Iglesia.

 

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