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Almansa, el hombre que pasó por Bogotá haciendo el bien

Gumercindo Cuéllar Jiménez
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Comienza el proceso de beatificación del sacerdote colombiano Rafael Manuel Almansa Riaño

Famoso por sus consejos a los habitantes de todas las clases sociales de la ciudad, al fallecer el Consejo de la urbe levantó un monumento de mármol en su tumba situada en el Cementerio Central de la ciudad.

El Padre Almansa fue durante más de sesenta años una figura importante e indesligable de la vida bogotana. Fue conocido porque hizo el bien por dondequiera que pasó, y llegó a ser tenido por sus conciudadanos como un santo.

Esta semana, la Iglesia en Colombia se ha llenado de júbilo por el decreto firmado por el papa Francisco en el que declaró que el sacerdote franciscano colombiano Rafael Manuel Almansa Riaño alcanzó las virtudes heroicas.

El informe dado por la Oficina de Prensa del Vaticano ha sido noticia en los medios nacionales, que nuevamente ven con esperanza la posibilidad de que otro colombiano llegue a los altares próximamente.

Desde 1996 el pueblo bogotano venía rezando con mucha fe la oración en la que se pedía la beatificación del Siervo de Dios, el Padre Rafael, y que fuera aprobada por el entonces arzobispo de Bogotá, el cardenal Pedro Rubiano.

¡Oh señor, fuente de todo Don perfecto y de toda santidad, que quieres y alientas siempre la santidad de tus hijos: te pedimos devotamente que la pronta exaltación al honor de los altares de tu hijo sacerdote, el Padre Almansa, estimule la santidad de nuestra vida y nos alcance su intercesión ante ti, que con tu hijo y el espíritu santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Venerable

Las nuevas generaciones han oído poco de él. Sin embargo, en la ciudad de Bogotá de su tiempo no pasó de desapercibida su presencia.

Almansa nació en Bogotá el 2 de agosto de 1840 y murió el 27 de junio de 1927. Perteneció a una familia de clase media y profundamente católica. Su niñez se desarrolló alrededor del Convento de San Francisco.

Su padre, Ambrosio, fue carpintero y sacristán de la iglesia de San Pablo (hoy La Veracruz), situada detrás del convento, a cargo de los mismos padres franciscanos, y vivía al costado del mismo templo con su esposa, María del Rosario.

Fue bautizado al día siguiente de su nacimiento en la Parroquia Nuestra Señora de las Nieves, y sus padrinos fueron Francisco Gaitán y Francisca Navarro.

Ya maduro pidió ingresar al Convento de San Francisco para hacerse sacerdote, ahí inició sus estudios de seminarista hasta llegar a su segundo año de teología en 1862.

En 1834 el papa Gregorio XVI había nombrado arzobispo de Bogotá al joven y destacado sacerdote Manuel José Mosquera y Arboleda, quien habría sufrido los horrores de una verdadera persecución, siendo incluso desterrado.

La cruel persecución de 1862 contra la Iglesia colombiana por parte del presidente y dictador general Tomás Cipriano de Mosquera hizo que se suprimieran a sangre y fuego las comunidades religiosas en todo el país y se apoderaran de sus bienes.

Fue esta situación dolorosa la que llevó al seminarista Almansa a huir a tierras lejanas, dejando atrás a su madre, sus hermanas, su comunidad religiosa, su ciudad natal, con el fin de responder a su llamado sacerdotal.

El 23 de mayo de 1866 fue ordenado sacerdote por el obispo Bonifacio Tozcano, en Pamplona.

La recepción del sacerdocio fue para el Siervo de Dios el triunfo más grande de su vida. Había luchado y sufrido por ello denodadamente. De ahí para adelante todo su intento será alcanzar la santidad por el amor a Dios y a su prójimo.

Luego de la persecución y de haber servido en su ministerio en la ciudad de Bucaramanga desde 1866 hasta 1878, y con la práctica de una vida santa, atestiguada en forma escrita por infinidad de feligreses, volvió el Padre Almansa a su ciudad y a su convento de Bogotá.

Después de varios años, frente a la inquietud de ayudar económicamente a su madre y hermanas, el Siervo de Dios pidió a sus superiores la salida de su comunidad franciscana, para ser recibido como sacerdote del clero de la arquidiócesis por el arzobispo de Bogotá, Bernardo Herrera Restrepo.

Después de que el superior de la Orden le concediera el privilegio de seguir usando el hábito franciscano, que llevará hasta su muerte, el arzobispo lo envió como clérigo del presbiterio de Bogotá, a ejercer su ministerio sacerdotal en la iglesia recoleta de San Diego, que el mismo arzobispo había recibido de manos de la Comunidad Franciscana. Allí estuvo el Siervo de Dios por el término de 30 años.

Fue reconocido como Siervo de Dios por el Vaticano y el proceso arquidiocesano para su beatificación fue iniciado por Álvaro Fandiño Franky en febrero de 1997, quien llevó la causa a Roma.

El santo que necesita Bogotá

Fandiño Franky, quien se apropió del proceso del Padre Almansa, editó un libro hace varios años, que recoge su historia y a través de testimonios lo ha calificado como un hombre lleno de caridad, piadoso, fervoroso, amante del silencio, alejado del mundo, opuesto al error, humilde, obediente, sacrificado, dulce, entre otros.

Se dice de él que representaba todo lo bueno y generoso que alentaba en la capital; esto se vio manifestado el día de su fallecimiento, en 1927, el duelo fue general.

Con certeza se puede decir que pocas personas, en Bogotá, han sido tan lloradas como este santo varón bogotano que está más cerca de su canonización.

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