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El olivo: esa mirada que humaniza

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Más allá de los toques políticos, es una buena historia sobre lo que de verdad importa

La última película de Icíar Bollaín nos cuenta la historia de Alma (interpretada por Anna Castillo), una chica de campo que ha vivido siempre junto a su familia, dedicada a la cría de pollos y a los olivos. Su abuelo Ramón (Manuel Cucala) padece demencia senil y no habla ni se comunica desde hace muchos años.

Ante el empeoramiento del anciano, Alma decide recuperar un olivo milenario al que su abuelo tenía un gran aprecio y que fue vendido por sus hijos a una empresa del norte de Europa. Pero la empresa ha convertido el olivo en su marca corporativa, incluso en su logotipo, está plantado en el patio de sus oficinas centrales y se niega a revenderlo.

La directora española Icíar Bollaín y el guionista habitual de Ken Loach, Paul Laverty son siempre una garantía de que el espectador va a ser tomado en serio. Bollaín ha demostrado con creces que, en lo que algunos llaman despectivamente “cine social”, destaca por la inteligencia y humanidad de su mirada. Laverty suele traducir su marxismo irredento en historias en las que prima el drama personal sobre el mensaje ideológico. Si a este dúo añadimos la solvencia de un productor sólido como Juan Gordon, el resultado, va a ser siempre interesante.

El olivo ofrece varios niveles de lectura. Por un lado, tiene ese sabor manido de denuncia anticapitalista, que reivindica una relación no mercantil con la naturaleza. En esa línea tampoco oculta sus simpatías por las movilizaciones antisistema organizadas a través de las redes sociales, y de las que en España, con el partido Podemos, tenemos sobrada experiencia. Pero esto es lo menos interesante del film, también por ser demasiado obvio, casi oportunista y bastante maniqueo.

Lo mejor está en los tejidos personales que el drama va cosiendo entre los personajes. Alma es pura pasión, impulsiva, muy lanzada, poco reflexiva e imprudente. Pero está definida por ser todo corazón y gracias a ello se gana al público enseguida. Aunque su forma de ser le hace pelearse con todo el mundo, Alma está determinada por el amor a su abuelo Ramón, que merece para ella cualquier esfuerzo y sacrificio.

El resto de los personajes, cada cual con su drama personal complejo, acaban girando desarmados en torno al amor de Anna por su abuelo, y casi por contagio, acaban siendo más humanos, más personas. Todos, incluida Alma, aprenden una lección, y es que a veces el éxito no está en conseguir que se cumplan sus planes, sino en aprender qué es lo que vale la pena en la vida.

No se trata de una película redonda, y probablemente es algo irregular, pero es fresca, sincera y tangible, sin héroes de cartonpiedra ni soluciones de cuento de hadas. Dirigida con mimo, Icíar Bollaín saca lo mejor de todos los actores -especialmente de Anna Castillo y Javier Gutiérrez-, la fotografía de Sergi Gallardo nos ofrece una maravillosa fotografía de Castellón y del Ampurdán, y la música de Pascal Gaigne acompaña perfectamente la evolución del drama. Una película que tendrá su sitio en los Goya.

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