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¿Sabías que existe un arte marcial tipo «Aikido», pero cristiano?

Louis Charles - publicado el 28/04/16

La pedagogía de los entrenamientos se basa enteramente en la respiración, la relajación, en la desaceleración de los movimientos en lugar de la velocidad, puesto que la lentitud es capital para progresar. Sólo controlando el flujo de la batalla a velocidad lenta se puede despertar la sensibilidad y la conciencia de lo que realmente está pasando en el momento de la confrontación. Sólo la lentitud permite percibir el movimiento, la distancia y las diferentes opciones que no son evidentes a la vista. El desafío es desarrollar una inteligencia situacional –es decir, la intuición– en lugar de buscar el rendimiento inmediato. Esto se manifiesta gracias a un entrenamiento, a un trabajo efectuado a una velocidad reducida.

Es una forma de soltar lastre que no pretende sistemáticamente ahorrarse el dolor, sino reducir considerablemente las consecuencias, la intensidad y el alcance. Es una manera de dar la bienvenida al dolor para expulsarlo mejor, de aprender a manejar el dolor y a no tener miedo a sentirlo; así se preserva la integridad emocional y la autoestima, tanto en la derrota como en la victoria.

La progresión en systema depende directamente de nuestra libertad interior. En systema se progresa a medida que se desarrolla la capacidad de comprender y tomar decisiones rápidamente. Para ello primero tenemos que deshacernos del estrés y el exceso de tensiones, para sentirnos cómodos y así aprender a respirar correctamente. Para conseguirlo es necesario habernos liberado previamente de todos los obstáculos que nos impiden encontrar la conexión con nuestro compañero: nuestros miedos, dudas, tensiones, certidumbres, prejuicios, nuestro ego, nuestras comparaciones, nuestro perfeccionismo o nuestra voluntad de ganar.

No obstante, esta libertad interior tiene que pasar antes por una conversión del corazón.

De la conversión del corazón a la conexión con el agresor

Para adquirir esta libertad interior hay que dejar de ver el golpe como una agresión –aunque se trate de eso, objetivamente– y verlo como una transferencia de energía que nos ha alcanzado por error: ¡y a la recepción, devolver al remitente! Esto significa que el atacante debe terminar con aquello que nos dio, como una pelota de goma lanzada con todas las fuerzas contra una pared sólida y que rebota de inmediato contra el lanzador sin que éste pueda evitarlo. De una forma comparable nuestro cuerpo puede devolver la energía, con la condición de permitir que circule hasta regresar al asaltante según ciertas modalidades –¡de vectores de fuerza!– que le resultarán muy difícil, si no imposible, de evitar.

Pero para lograrlo primero hay que cambiar la disposición interior, cambiar el punto de vista que tenemos sobre nosotros mismos y sobre los demás, es decir, convertir el corazón.

En efecto, el miedo produce rigidez, la confianza engendra fluidez. A menudo, hay personas que, estando ebrias, han salido relativamente indemnes de una refriega, porque no tenían suficiente miedo como para dañarse a sí mismas luchando contra la energía cinética: las costillas flexibles absorben el impacto de los golpes, mientras que si los músculos están tensos, las costillas se quiebran con el impacto y pueden originar una perforación de pulmón.

La verdad es que a menudo nos hacemos daño a nosotros mismos por querer controlarlo todo de forma voluntaria e ilusoria, en lugar de aprovechar las ventajas de las fuerzas presentes. La misma ola que vuelca un yate y lo inunda, permite a un surfista avanzar con el mínimo esfuerzo y un máximo de relajación y de energía. Un cuerpo flexible puede absorber un estrés mucho mayor que un cuerpo rígido por el miedo. Cosechamos lo que sembramos y si sembramos miedo, cosecharemos dolor.

Para ello primero tenemos que renunciar a ver el mundo en términos de victorias y derrotas, sino como una circulación de flujos de energía, a menudo mal orientadas. Hay que renunciar a ver el mundo en términos de rendimiento y verlo en términos de relaciones.

El objetivo es lograr considerar la agresión física exactamente como consideramos un accidente de tráfico. Haremos todo lo posible para evitarlo, para anticiparlo, para dar un buen volantazo en el momento preciso y para frenar a tiempo. No sufriremos, sino que adoptaremos medidas porque habremos desarrollado una inteligencia adaptada a este género de situaciones –al menos así lo demuestra el permiso de conducir– y buscaremos jugar con las diferentes fuerzas presentes, igual que manejamos la palanca de cambios, pero nunca tomaremos un accidente como una afronta personal, como una degradación de nuestro valor, un atentado contra nuestra dignidad ni contra nuestro ego.

Si hay victoria, no será sinónimo de humillación. La sumisión y la fuga necesariamente entrañan una degradación de la autoestima, pero nosotros habremos huido de esta sensación, porque, sea cual sea el resultado, no sufriremos, no nos sentiremos paralizados por el miedo ni por el dolor. Incluso habiendo perdido físicamente, saldremos ganadores emocionalmente, ya que habremos escapado de la trampa de la rivalidad mimética, según lo expresa el filósofo René Girard.

No habremos considerado el enfrentamiento como una competición, ni como un juego ni una derrota y, por esta misma razón, no nos hundiremos en el agotamiento, la autocrítica o los recuerdos traumáticos. Porque previamente habremos renunciado a la lógica del honor y del rendimiento. En caso de victoria habremos conservado la integridad física, pero sobre todo la emocional, porque no habremos intentado extraer la fuerza y la energía del miedo y la ira.

La lógica de systema es una lógica cristiana

Evidentemente, para practicar el systema no es necesario creer en Dios, ni tampoco creer en que Dios envió a su Hijo para redimir nuestros pecados y que luego murió y resucitó al tercer día, conforme lo recogen las Escrituras. No se exige ningún certificado de bautismo en la inscripción.

Sin embargo, si damos por válido admitir que la fe cristiana no es principalmente un conjunto de dogmas o un juego de la oca de los sacramentos (“Yo llegué hasta la confirmación”), sino un movimiento de conversión del corazón y una peregrinación terrestre a través de la cual nos transformamos progresivamente hasta estar en condiciones de encontrarnos con ese Otro que nos espera al final del camino, entonces creo que podemos afirmar con tranquilidad que la lógica del systema es una lógica profundamente cristiana.

Claro, el que su país de nacimiento fuera Rusia, país ortodoxo por excelencia, y no un país asiático de cultura budista, no es una coincidencia. Ciertamente, el systema se basa en la respiración, la renuncia a la voluntad de poder, al orgullo y a la ilusión de que uno puede escapar del sufrimiento. No hay ni rangos ni atuendos específicos, lo que permite dejar los egos en el vestuario. Sin embargo, lo que caracteriza al systema es el principio de conexión o la opción de no romper la relación con los demás con el pretexto de que nos agreden. El principio de conexión es la caridad en acción.

Es una especie de oscilación interna que entra en sintonía con el agresor. Una oscilación que se obtiene tras haber quedado emancipado del miedo, del miedo al dolor y del miedo a perder la honra. Es el único precio a pagar para entrar en conexión con el prójimo. Desde ese momento nos convertimos en una sombra y coordinamos los movimientos con los de los demás, de forma que en la comunicación de ese dúo ambas partes reciban el mismo flujo de energía que enviaron, a través de movimientos fluidos y armoniosos. Ninguna situación volverá a provocar vergüenza. Ya no habrá sorpresas, estaremos simplemente en el lugar adecuado y en el momento adecuado. Los golpes liberados son pesados, profundos y relajados, los puños se posan de forma natural en las zonas de tensión del adversario.

Establecer una conexión, sin embargo, supone soltar el lastre, dejarse ir, dejar la iniciativa al otro… con el riesgo, claro, de dejar que el otro nos sorprenda. Esto implica armonizar nuestra atención para comprender mejor las intenciones y franquear las distancias de seguridad para estar verdaderamente presentes. Un poco como cuando se dice que hay que tener cerca a los amigos, pero aún más cerca a los enemigos.

Es una manera de mirar el mundo con benevolencia que se basa en la confianza: no proyectamos nuestros propios temores sobre el mundo exterior. Sin embargo, no se trata de ser ingenuos. Es incluso lo contrario a la ingenuidad, porque es una manera de estar en el mundo, de aceptarlo tal como es –y el mundo es violento–, pero sin aprobar esa violencia. Es una manera de reconciliarse con el mundo y de amarlo sin defenderlo ni criticarlo. Establecer la conexión es aceptar el riesgo de esa misma relación con alguien que, a priori, no nos desea nada bueno.

Pero en el fondo, ¿no es esto otra cosa que amar incluso a nuestros enemigos?

Nota Bene: Todos aquellos que sientan curiosidad o escepticismo –y muy probablemente ambos a la vez– pueden aprender y, sobre todo, ver más en el sitio web (francés): www.globalsystema.fr. Sin embargo, las demostraciones de systema que se pueden ver en internet a menudo dejan muchas dudas, porque lo que sucede es en gran parte imperceptible a la vista, algo que, en el fondo, no tiene nada de sorprendente si admitimos que lo esencial es invisible a los ojos. Se trata de interacciones que pasan por muchas señales sensoriales más allá de la apariencia exterior. En cuanto a la vida interior, es sin duda una experiencia a tener en cuenta. Recomiendo encarecidamente hacer un curso de prueba, sin compromiso, para tener una impresión propia. Como dijo un célebre rabino palestino: “Venid y veréis”.

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