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Conoce al «san Francisco» de los refugiados y los sin techo, fratel Biagio

Jorge Martínez Lucena - publicado el 16/04/16

Un personaje a caballo entre la posmodernidad y el medievo, entre el perroflauta y el franciscano, entre el ecologista y el loco de Dios, entre el el eremita y el profeta.

En los últimos pactos firmados por la UE con Turquía se ha hecho evidente el cansancio de la vetusta Europa. Hemos sabido buscar una solución legal. Podemos seguir viviendo en nuestro espejismo de bienestar, con la conciencia macerada en pan y circo. Dinero a cambio de que no nos molesten, de que las fotografías de los cadáveres de niños ahogados sean tomadas en las playas de otros, en terreno bárbaro. Queremos problemas gestionables. Somos gente civilizada.

Europa se pliega sobre sí misma como un animal enroscado en su lecho de muerte. Apretones de manos, señores con traje y corbata, sonrisas cómplices, pactos convenientes. Esto de Siria es una variable que entorpece nuestra recuperación macroeconómica. Demasiadas bocas que alimentar, demasiados cuerpos que gestionar, demasiadas conciencias despiertas por un río de personas que lo han dejado todo para sobrevivir, para empezar de nuevo. Compramos seguridad a cambio de exclusión.

Uno de los que últimamente han diagnosticado esta enfermedad es el papa Francisco, que hoy visitó Lesbos. En la Evangelii Gaudium afirma:

“El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado.”

Es como si este Papa, proveniente de “un país muy lejano”, estuviese recordando ciertos rudimentos del cristianismo que habíamos ido olvidando en nuestro océano de bienestar. Esta inquietud por los más desfavorecidos es algo que siempre había formado parte de las inquietudes de Mn. Jorge Bergoglio como Arzobispo de Buenos Aires, donde había apadrinado a los curas villeros y sus obras parroquiales, dedicadas a los excluidos.

El padre Eduardo Drabble es uno de ellos y tuve la suerte de conocerle hace poco más de un mes. Le comenté que tenía la sensación de que me estaba perdiendo algo en eso que nos preguntaba Francisco en la ya mencionada exhortación apostólica: “¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de la misericordia?”

Él me invitó a pasar de hacer cosas “por” los pobres a hacer cosas “con” los pobres. Para entender esto, me señaló la Misión Esperanza y Caridad, de Fratel Biagio, sita en la ciudad de Palermo. Era la experiencia europea que él conocía más parecida a la suya. Me informé. Conseguí contactar con ellos y fue fácil que me acogiesen.

Este fin de semana pasado, por fin, conocí a Fratel Biagio, al cura de la misión, Don Pino Vitrano, y al resto de la comunidad, que se entreteje por todo Palermo.

Fratel Biagio es un personaje a caballo entre la posmodernidad y el medievo, entre el perroflauta y el franciscano, entre el ecologista y el loco de Dios, entre el protagonista de ¿Quién sabe dónde? y el eremita, entre el «okupa» y el profeta.

Su mirada azul te acoge cálida y encendida, con una simpatía sin parangón. No deja de hablar de lo que le ha sucedido, del sentimiento de culpa que tenía cuando joven por habitar en un mundo en el que había tanta gente olvidada. Los veía cada vez que salía y no podía soportarlo. Se encerraba en su habitación. Sentía la necesidad de ayunar discretamente, sin que sus padres se diesen demasiada cuenta de ello. Se privaba de alimentos para unirse a los pobres en el dolor por una sociedad que se ha olvidado del bien común y que vive en el egoísmo. Hasta que, un día de gran agitación, se dio cuenta de que en su cuarto había un crucifijo. Ató cabos: en la Pasión y en la Resurrección alguien se había hecho cargo de todo aquel mal e injusticia humanos y los había vencido.

Ahí comienza su camino de conversión. Su huida de casa. Su vida solitaria y eremítica, de oración y súplica en comunión con la naturaleza. Sus ayunos que casi lo llevan a la muerte. Su recuperación al cuidado de unos campesinos. Su peregrinación a Asís con la única intención de seguir los pasos del que quizás es su santo modelo. Su vuelta a Palermo con una cosa clara: no volvería a casa, a su vida burguesa, sino que se iría a la Estación Central a vivir con los que allí dormían entre cartones.

De este modo tan sencillo se inició la obra de Biagio Conte, que desde entonces siempre ha vivido con los pobres, compartiendo todas sus incomodidades y sufrimientos y haciéndoles ver, a través de su amor incondicional, que la desesperación no tiene la última palabra y que en ellos se encuentra especialmente a Cristo, como se puede apreciar en el icono del año de la misericordia, donde el hombre que lleva a hombros nuestro Señor, me dice Biagio riéndose como un niño que acaba de hacer una travesura, tiene el mismo rostro de Cristo.

Es de los pobres de quien más aprende a imitar a Jesús, me dice. Por poco que les das el afecto que merecen te dan lecciones de gratuidad y muestran una disponibilidad para colaborar en el Bien Común que se aprecia en todas las obras que he tenido la suerte de poder visitar estos días. No se lo inventa.

Dos casas de acogidas para mujeres en situación de peligro social, una con hijos y otra sin, varias casas de acogida para pobres, inmigrantes extracomunitarios, alcohólicos, drogodependientes, ancianos, enfermos psiquiátricos, vagabundos, todos hermanos, todos saludando efusivamente a Fratel Biagio y al sacerdote, Don Pino. Como me dice este último, lo más importante es la relación con ellos, que cada día se sientan queridos por ti, porque sólo eso hace que el tronco talado vuelva a brotar, como se ve en el emblema de la propia misión.

También tienen pequeñas comunidades agrícolas, hombres antes sin techo que ahora quieren colaborar en el autoabastecimiento de la misión, que sirve más de 2000 comidas al día. Aran, plantan, siegan, recolectan. Tienen ganado. El domingo pasado les regalaron 4 vacas de raza. Preparan queso. Hacen su propio aceite de oliva vírgen, su propia harina, su propio pan, su propia masa de pizza y su propia pasta de sémola. Los cocineros son hombres que un día durmieron en la calle y que en algún momento de su vida supieron cocinar muy bien. Han recuperado todas aquellas destrezas, vaya que sí.

Pero este ímpetu de construcción que recuerda al de las catedrales góticas, en que lo importante no era el arquitecto sino el pueblo que entregaba su tiempo para colaborar en la edificación de la obra común, no sólo se percibe en las tareas agrícolas o ganaderas. En los diversos edificios ocupados, adquiridos, alquilados, hay muchas remodelaciones que realizar. Para ello hay que resucitar a antiguos paletas, ebanistas, herreros, panaderos, maestros marmolistas. Y los que tienen una profesión se la enseñan a los más jóvenes, a los que nadie les ha enseñado a trabajar.

Hay también artistas entre ellos. Pintores y escultores musulmanes, por ejemplo, que realizan frescos cristianos o tallas en madera de la santa cena. Las religiones no son ocasión de enfrentamiento sino una facilidad para reconocer la verdad de la fe del otro. Todos, sean de donde sean -y hay personas de toda procedencia-, se llaman entre ellos fratelli (hermanos) y se sorprenden trabajando juntos, hombro con hombro, por el bien común.

El Arzobispo de Palermo, Mn. Corrado Lorefice, sabe todas estas cosas y más. Sabe que Sicilia considera a Fratel Biagio un santo en vida y que su cuerpo de voluntarios es cada vez más numeroso y está contagiado de la misma feliz determinación que el fundador. Por eso, pese a que la Iglesia de su “Ciudad del pobre y de la Esperanza”, en via Decollati 29, está todavía a medio construir, les ha concedido una Puerta de la Misericordia, en reconocimiento de la centralidad de los más desfavorecidos en el cuerpo de Cristo.

Estos días me han bautizado de nuevo. Soy fratello Giorgio.

Me he descubierto agradecido y fascinado visitando enfermos terminales y crónicos con Davide.

Me he descubierto viendo a personas que normalmente no veo porque en nuestra sociedad son invisibles, pese a que están siempre ahí, en el suelo.

Me he descubierto abrazando y dando besos a todos aquellos que nos salían al paso en esta misión surgida de la vocación de Fratel Biagio.

Me he descubierto al lado de Don Pino mirando como él a todos esos fratelli, como si el sufrimiento y la muerte no tuviesen la última palabra.

Me he descubierto respirando en ese ambiente una paz y una alegría inesperadas.

Me he descubierto sospechando que aquello de que “los publicanos y las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos” no es opio para el pueblo, sino algo que, literalmente, está sucediendo ahora.

Visto lo visto, me atrevo a afirmar que si hubiese uno como Fratel Biagio o como Don Pino en cada ciudad de Europa todo sería distinto. Entenderíamos mucho mejor eso de que el otro es un bien, y, muy probablemente, no le estaríamos cerrando las puertas a los refugiados, porque sabríamos, como se representa en la así llamada Capilla de la Misericordia, en la sede de Via Archirafi, que «gracias a la hospitalidad, algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles».

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