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Recuerdos del futuro: Cemetery of Splendour y «nuestra humanidad» en Tailandia

Hilario J. Rodríguez - publicado el 11/04/16

Todo lo que se pierde es reemplazado, y no tengo explicación... KEITH WALDROP

Durante la rueda de prensa que Apichatpong Weerasethakul concedió en la pasada edición del Festival de Cannes, se convirtió en uno de los personajes de Cemetery of Splendour al referirse a la situación que atraviesa su país desde el golpe de estado de 2014.

En Tailandia -tal como le recordó a los periodistas- no solo se ha impuesto el toque de queda desde entonces, sino que además se han suspendido las emisiones de radio y televisión, y el siguiente paso podría ser que ya no se realicen películas.

Mientras contaba todo esto, sin olvidarse de los interrogatorios a los que han sometido a muchos de sus amigos y al encarcelamiento de algunos, dijo que él mismo tenía que medir sus palabras si no quería ser el siguiente. Eso, de algún modo, le hacía sentirse «fuera del mundo», como los soldados de su película, aquejados por una extraña enfermedad que los mantiene dormidos la mayor parte del tiempo en un improvisado hospital donde antaño hubo una escuela y donde las máquinas excavadoras dejan el terreno colindante preparado para que se levanten edificaciones sobre un reino legendario del que ya no quedan huellas visibles.

A lo largo de Cemetery of Splendour no se proporciona ninguna explicación para el estado de somnolencia de los soldados, cuyo sueño se interrumpe lo suficiente para comer todos los días, pero nunca lo bastante para acabar una conversación con las mujeres que los han «adoptado» o para acabar de ver una película juntos. Y la única terapia posible parecen ser unos arcos de luz sobre sus camas, utilizados antes con soldados estadounidenses destacados en Afganistán, a quienes se les quería proporcionar así sueños reparadores después de cada misión en la que intervenían.

La luz en la sala donde duermen varía, del azul al rosa, del rosa al verde, del verde al azul y del azul al rojo, en un loop muy parecido a una instalación. El efecto es escultural y cinemático, reparador al mismo tiempo que amenazante. Las imágenes tienen una apariencia más cercana a la ciencia ficción que a cualquier otro género, como si en ellas se flotase a la deriva en un espacio onírico donde los sueños y las pesadillas se confunden. Son versiones depuradas de Coma (1978, Michael Crichton) o Minority Report (2002, Steven Spielberg), fuera de un contexto obvio y por ello mismo con una capacidad perturbadora mucho mayor.

Según Weerasethakul, el concepto lo tomó de un estudió del Instituto Tecnológico de Massachussets en el cual se explicaba el proceso para producir una memoria artificial en las ratas, exponiéndolas a continuos flashes de luz. Uno, sin embargo, no puede evitar sentirse en una especie de caverna platónica pop cuando los médicos y enfermeras del hospital cierran las ventanas poco antes de encender los arcos de luz por encima de cada una de las camas, aislando de esa forma la sala del mundo exterior.

Ningún soldado se despierta con la sensación de estar atrapado, haciendo en lugar de eso planes para montar negocios, cuya descripción queda interrumpida siempre de manera abrupta. Si para los personajes caer nuevamente en un trance es algo impredecible, a veces en mitad de una frase, para los espectadores acaba siendo natural salir de los momentos distópicos de la película y entrar en una especie de melodrama introspectivo protagonizado por Jen (Jenjira Pongpas Widner), una voluntaria que ayuda en el hospital y que dedica casi todas sus atenciones a Itt (Banlop Lomnoi), uno de los soldados durmientes. Le masajea, le da de comer, le lleva al cine y escucha sus planes para el futuro, movida por un sentimiento que no se corresponde exactamente con ninguna de nuestras formas de solidaridad, quizás porque en definitiva la solidaridad y la empatía son formas de expresar fantasías con respecto a los demás, y cada país tiene las suyas propias.

En una impagable secuencia, Jen visita el Templo de las Dos Diosas con su marido (Richard Abramson), un estadounidense que pretende entender Tailandia mejor que los tailandeses. Cuando ella deja ante el altar tres ofrendas, una por su pierna enferma, otra por sus extremidades sanas y una tercera por Itt, al que considera su nuevo hijo, su marido le pregunta asombrado de quién está hablando. «Es un buen chico que sirvió a la nación, pero tú eres extranjero, cariño, y nunca lo entenderías».

Aparentemente, muchos de nosotros pretendemos entenderlo todo cuando mostramos interés o simpatía hacia los refugiados, condenando a nuestros gobiernos por sus extremas situaciones, pero sin embargo parece costarnos un poco más apoyar películas como Cemetery of Splendour o Efraín (2015, Yared Zeleke), que pasan por las carteleras a la velocidad de la luz, sin importarnos si haberlas ido a ver habría ayudado de una manera más real a países como Tailandia o Etiopía que nuestra maleducada y escandalosa indignación cada vez que hablamos sobre «nuestros holocaustos», «nuestras catástrofes ecológicas» o «nuestras pateras».

Como a estas alturas la obra de Apichatpong Weerasethakul nos ha acostumbrado a ciertas extravagancias, nos resulta natural que las dos diosas le cuenten a Jen que en realidad los soldados durmientes han sido reclutados para luchar por la soberanía del reino sobre cuyos restos está construido el improvisado hospital y la zona donde las excavadoras abren sus hoyos para construir edificios. Tampoco nos sorprende que esa revelación condicione la mirada de Jen en adelante, cada vez que ve las máquinas, quizás convertidas ahora en el enemigo, a la manera de la serie Transformers.

Lo cierto es que la mayoría de aquello contra lo que luchamos hoy en día, si lo pensamos bien, no es otra cosa que el progreso, con su tecnología de última generación pero alienante, con sus pragmatismo anti mítico, con su lógica inhumana y con su sentido global de la cultura. Todo esto, además, Cemetery of Splendour lo hace más doloroso con sus codas observacionales, en las que vemos a una gallina entrando en el hospital, un grupo de personas practicando tai-chi en un parque, varios homeless durmiendo bajo el resplandor de una farola, los espectadores de un cine levantándose de sus asientos para escuchar el himno nacional antes de que comience una película de terror de serie B…

Es fácil odiar la vida cuando uno observa cómo la noche avanza porque es incapaz de dormir y cómo el día conduce invariablemente a la noche; también cuando uno no consigue lo que le gusta y ni siquiera logra que le guste lo que consigue.

Más o menos, así fueron las cosas para Francis Scott Fitzgerald a partir de cierta edad. Dilapidó demasiado aprisa el éxito prematuro y sus últimos años fueron un proceso de demolición. Un día, mientras escuchaba al rector de la Universidad de Princeton leyendo emocionado a Horacio, se dio cuenta de que él nunca había sentido algo similar durante sus lecturas, quizás porque nadie le había enseñado a apreciar los clásicos y porque él no había hecho esfuerzos para conseguirlo por su cuenta. «Jamás tuve maestros, frivolicé sobre todas las cosas, para mí lo único sagrado eran la juventud y la belleza, y ahora estoy solo, sin un guía a quien acudir, sin una voz en este silencio blanco, sin ganas de continuar escribiendo, sin nada que decir, antes de haber cumplido los cuarenta».

Ciertas obras requieren espíritus jóvenes para ser llevadas a cabo, negocian con la intuición más que con el conocimiento; otras necesitan paciencia, algo inusual en las edades tempranas. A veces se tarda en saber qué se quiere decir, a veces se tarda en descubrir cómo decirlo. Eso de que los genios son espíritus indómitos o que la genialidad es indomeñable, me parece una soberbia tontería. Teorizar al respecto es inútil. La obra de Arthur Rimbaud podría compararse con un cometa, la de Vincent Van Gogh con una estrella solitaria, y la de Wolfgang Amadeus Mozart con una constelación. Y nosotros, ante ellos, sólo somos pobres aficionados a la astronomía que ven el firmamento con asombro.

Un maestro es un segundo padre, que suplanta al biológico en cuanto Sigmund Freud nos enseña cómo matarlo. Puede llamarse Yasujiro Ozu o Apichatpong Weerasethakul, e incluso aceptamos que los dos desempeñen ese papel al mismo tiempo. Los segundos padres y los maestros pueden ser dos o más, el número lo determina nuestra necesidad de aprender o nuestra soledad, nuestra deriva. Si nos creemos lo bastante listos y lo bastante autosuficientes, no necesitaremos ninguno. En caso contrario, nos adoptarán, nos seducirán, nos conquistarán; los adoraremos, los veneraremos, los desecharemos. Los maestros duran una vida entera, no duran nada; son sólidos, son espejismos. ¿Quiénes son?

Los maestros sacian nuestros sentidos, nuestro paladar. Ir a su ritmo no es fácil. Ver, por ejemplo, las películas de Apichatpong Weerasethakul es lo más parecido que conozco a viajar en el tiempo, a adentrarnos en el futuro o en el pasado, a descubrir territorios nuevos que no se pueden cartografiar en un día. Cuentan historias sobre lugares vacíos, donde las cosas dejaron de suceder hace tiempo. Cuentan historias sobre gente que habla, que no se mueve, que está dormida. Saben que la realidad es un espacio que pueblan los mitos, tienen la capacidad para convertir lo que nos rodea en su lienzo particular, para proyectarnos más allá de lo que vemos.

Hagan lo que hagan, es difícil decir si se trata de documentales o películas de ficción, si son trabajos conservadores o liberales, si dialogan con nosotros o se conforman con nuestra presencia, si hablan el mismo idioma que nosotros o algún idioma que hablaremos en el futuro. Por mucho que nos asombren siempre, no siempre aciertan, en ocasiones ensayan, se ríen, descansan, pero enseguida sabemos que vuelven con fuerza y hemos de prestarles atención porque de ellos depende que sigamos avanzando aun cuando nos parezca estar yendo a ninguna parte. Los maestros son nuestros guías, exploradores a los que deberíamos seguirles el paso para no quedarnos aquí, atascados.

Apichatpong Weerasethakul es, para mí, uno de los grandes maestros del cine contemporáneo y Cemetery of Splendour me parece su obra cumbre.

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