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Domingo de Ramos: ¿Una fiesta al inicio de una muerte?

Carlos Padilla Esteban - publicado el 20/03/16

Lo aclaman y alaban pero Jesús ve más allá, sólo un salto mortal en los brazos de Dios nos podrá salvar

Los ramos visten de luz el camino este domingo. De luz y de alegría. Jesús entra montado en un pollino: “Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos. Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. Y, cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos. La masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto, diciendo: – ¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto”.

Me cuesta entender esta escena. Jesús acaba de hacer algunos milagros. Se acerca a Jerusalén. Quiere entrar subido en un pollino. La gente lo ve y le aclama con ramos y con sus mantos. La Semana Santa empieza siempre con esta entrada festiva. Todos nos alegramos con los ramos en las manos.

Esta fue su última Pascua. Fue la última vez y quiso entrar de una forma diferente. La gente se alegra hoy al ver a Jesús, su rey, montado en un pollino. Se cumple lo que decía Zacarías 9,9: “Regocíjate hija de Sion. He aquí, tu rey viene a ti, justo y dotado de salvación, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de asna”.

La profecía se hace realidad en su carne. Con su entrada triunfal parece que viene a devolver la libertad a un pueblo cautivo. Como si se tratara de un nuevo emperador que llegara con sus tropas a conquistar la nueva tierra vencida.

Me impresiona este momento de fiesta al comienzo de su muerte. Este instante de alegría desbordante, de pasión ante la vida de un hombre que está a punto de morir. ¿Qué habría en el corazón de Jesús ese mismo día? ¿Qué sentimientos? ¿Qué miedos?

Me gustaría asomarme a su alma a las puertas de Jerusalén. Caminar a su lado, colocando mi manto a sus pies. Me gustaría escuchar sus silencios y notar el latido de su corazón expectante. ¿Cuál era el querer de Dios ese día en que tantos lo aclamaban?

¿Qué pensarían sus discípulos felices de verlo caminar aclamado por las masas y cumpliendo las Escrituras? Tal vez en ese momento estarían vencidos sus miedos. Se animarían al pensar que todos lo seguían, lo querían y nadie se atrevería a hacerle daño.

¿Por qué había que temer? Jesús iba a imponer su reino de verdad y justicia, de libertad y de amor. Nadie podría detener sus pasos. Era tanta la alegría que los miedos quedaban ocultos.

Jesús hoy se deja hacer: “Le ayudaron a montar”. Lo montan en un pollino. Jesús es llevado hoy de la misma forma como luego será llevado a la cruz. En el éxito y en el fracaso. En la vida y en la muerte. En la luz y en la oscuridad.

Miro el corazón de Jesús este día. ¿Qué sentiría al comenzar esta Semana Santa? Llega a Jerusalén. Ha sido un largo camino. Un camino lleno de incertidumbres. Entra. ¡Cuántos recuerdos se agolparían en su mente al recorrer en el pollino las calles de Jerusalén!

Lo guían. Él no marca el camino. Como cuando iba al templo llevado por sus padres. Lo mismo que después cuando atraviese la ciudad rumbo al Calvario. No decide ahora Él. Se deja llevar.

Pienso en cuánto me cuesta a mí que otros decidan por mí, que marquen mi camino, que me lleven donde no he decidido ir. Es fuerte el orgullo.

Jesús se humilla de nuevo subido en un pollino y guiado por esas calles de Jerusalén. Me impresiona la humildad de Jesús. Jesús atraviesa la puerta de su ciudad. Se llama puerta dorada. No es precisamente la puerta de la misericordia.

Pero pienso que al pasar hoy por ella, al obedecer y dejarse llevar, al ser dócil a su destino, está entrando hondo en la puerta del corazón de su Padre, que lo abraza y lo sostiene. Se deja hacer, y Dios, su Padre, hace. Cava hondo. Lo abraza. Lo cuida. Lo moldea.

¡Cuánto nos duele obedecer y dejar que nos lleven donde no queremos ir! Jesús llevado en un pollino. Jesús llevado con la cruz en el Calvario.

En la humildad de su obediencia me siento muy cerca de Jesús. Tal vez su fracaso humano me recuerda que yo también estoy hecho de barro y caigo. Su fracaso me acerca a Él y a todos los momentos de desaliento de mi vida, a todos mis proyectos frustrados.

Cuando no sale todo como yo quería y sólo me queda obedecer. Cuando no decido yo. Cuando no soy yo el que lleva las riendas de mi vida. Jesús se deja llevar en ese fracaso que Él no había deseado.

Ha entregado la vida. Ha servido con amor a todos. Se ha entregado hasta el final. Pero no le han comprendido ni han tomado sus palabras en sus vidas. No han acogido tanto amor. No han comprendido que su vida era una ofrenda de amor del Padre.

Lo han rechazado porque su vida era molesta. La vida del justo incomoda al injusto. La vida del que ama incomoda al que odia. Su fracaso es el fracaso del amor rechazado. Se deja guiar. Ahora se deja conducir donde no quiere ir.

Lo aclaman y alaban pero Jesús ve más allá, ve más hondo. Sabe lo que está ocurriendo. Tiene la certeza de su fracaso. Pienso en lo que a mí me costaría sentir que todo aquello a lo que he dedicado mi vida no da el fruto que yo esperaba. Cuando no me acogen.

Es verdad que el fruto de una entrega se mide en el eco silencioso que ha tenido en el corazón de personas, y no en números. Y es verdad que su amor había quedado impreso a fuego en muchos corazones.

Había intentado sanar a muchos. ¡Cuántas veces habría orado por los suyos, a los que amaba! ¡Cuántas personas habría curado con sus manos, con sus palabras! Quedan muchas personas a las que curar, muchos a los que salvar.

Hay muchas heridas todavía que consolar y aliviar. ¿Por qué se deja llevar ahora? ¿Por qué no toma su vida en sus manos y decide y actúa?

Me gustaría gritarle a Jesús que hoy se volviera, que no entrara, que no se dejara llevar. Que detuviera la fiesta.

Sé que Jesús no busca la muerte, no la quiere, pero siente en su corazón que esa Pascua tiene que pasarla en Jerusalén, con los suyos. No quiere dejar de hacer nada de lo que hacía siempre esos días de fiesta. Obedece. Se deja hacer. Confía. Cree contra toda esperanza. Se abandona en los brazos de su Padre.

Decía el padre José Kentenich: “El heroísmo de la infancia espiritual o bien, la genialidad de la ingenuidad. Necesitamos una extraordinaria genialidad para madurar interiormente y sortear las dificultades que se nos presenten. Sólo un salto mortal en los brazos de Dios nos podrá salvar[1].

Igual que hizo toda su vida desde que nació en Belén, vuelve a confiar. Siempre se dejó hacer. El hijo obediente hasta la cruz. Me impresiona su docilidad y su heroísmo. Un salto mortal en brazos de Dios.

Jesús no interrumpe la fiesta. No dice que esa alegría de antes de la pasión no tenga sentido. Lo alaban. Lo reciben con mantos, con palmas, con alabanzas y bendiciones. Jesús se deja. No se rebela. Acepta este derroche de cariño y no se incomoda.

Hay que disfrutar este momento de gloria antes de la pasión. Sólo unos días después Jesús morirá solo. Los que hoy están con Él, huyen pronto, se esconden. Los que hoy lo aclaman, luego no lo defienden.

¿Era posible defenderlo? No lo sé. Así es el corazón humano. ¿Acaso no soy yo así, que me acerco o me alejo según me convenga? Hoy alabo a Dios por su grandeza y mañana puedo negarme a estar cerca de su amor cuando se tuerzan los caminos.

Jesús no detiene ese brote de esperanza. No interrumpe a los que lo aclaman. Esa alegría parece fuera de lugar, pero no lo está. Jesús la acepta. Es un gesto de cariño inmenso. El agradecimiento de tantos a los que había dado una esperanza y los había hecho más capaces de creer.

Decía el Padre Cantalamessa: “Sólo los enamorados de Jesús pueden anunciarlo con profunda convicción”.

Ese día la entrada en Jerusalén estaba llena de corazones enamorados. ¡Cuántas personas ese día darían gracias a Jesús porque habían sido curados, salvados, mirados, sostenidos, abrazados! ¡Cuántos intocables habían sido tocados por Él y hoy lo aclaman!

Es bonita esa explosión de alegría al verle llegar.

Esas muestras de amor seguro que le dieron fuerzas a Jesús. Tal vez fue necesario este momento de alegría para poder vivir después la pasión. Jesús se sintió amado, respetado, querido.

Era verdaderamente rey, pero no era rey de este mundo. Era un rey distinto. Cabalgaba en un pobre pollino. Sin ejército, sin el poder de la fuerza de hombres y soldados.

Hoy se siente arropado por los suyos, por los pobres, por los despreciados. Y después, pocos días más tarde, vivirá la soledad más absoluta. Es el siervo de Dios. El rey herido. Su amor entregado. Su vida a punto de concluir. Los últimos pasos montado en un pollino.

[1] J. Kentenich, Pedagogía de los ideales

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