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¿Hay que conocer y dialogar con el Islam? ¿Por qué?

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Los cristianos también tienen responsabilidad en que el mundo no vea la religión como fuente de conflictos

Dar a conocer el Islam no es un asunto fácil. Desmontar el prejuicio a veces consume la mayor parte de las energías al elaborar cualquier información. Y, sin embargo resulta una tarea absolutamente necesaria. Siguiendo esta premisa surge inmediatamente la pregunta del por qué conocer el Islam. La respuesta es porque el Islam se ha instalado en la realidad como un desafío. Su presencia en las sociedades de todo el mundo es cada vez mayor.

Son muchas las voces que se hacen esta pregunta. Aquí y ahora, la realidad nos demanda superar una visión que se ha instalado como una premisa incuestionable: la religión es origen de conflictos enraizados durante décadas. Conflictos cruentos e irresolubles que se reflejan a través de los medios en su faz más cruenta. Y dentro de ellos, el Islam surge, no como el enemigo sin rostro. Sino como el enemigo con el peor de los rostros posibles.

Como creyentes en constante formación, la Iglesia nos está mostrando con numerosos gestos la importancia de no dejarnos vencer por estos prejuicios. Buscar caminos hacia el otro significa reconocer en él su capacidad de construir con nosotros el presente en que vivimos y optar por no conformarnos con la división que generan las ideologías. Rechazar la manipulación interesada de Dios.

Y el desafío al que nos enfrentamos al conocer el Islam es, en primera instancia individual. Para cada uno de nosotros, en tanto que creyentes, relacionarnos con esta realidad supone dar razón de nuestra fe. Ser rostro vivo de Cristo en el mundo. Y esto entraña una gran responsabilidad, una necesaria coherencia de la que en muchas ocasiones no somos conscientes. No caemos en la cuenta de que los musulmanes conocerán de nuestra religión aquello que les mostremos con nuestro trato y nuestro ejemplo.

Pero también se trata de un desafío colectivo, civilizatorio. Porque la presencia del Islam en sociedades de mayoría no islámica es un hecho irreductible. Viene siéndolo desde hace décadas. Actualmente, las sociedades occidentales son plurales y abiertas, características que, en sí mismas, pueden considerarse positivas. Las autoridades públicas y los representantes de las distintas confesiones han comprendido que este proceso ha cristalizado y debe atenderse con la importancia que merece. Pretender una Europa sin musulmanes en un mundo poscolonial y globalizado es un planteamiento obsoleto.

Los musulmanes también deben abandonar prejuicios

De un modo paralelo, tampoco debemos olvidar que existen planteamientos muy arraigados dentro del Islam que lo plantean como una alternativa al sistema imperante y como un proselitismo en competencia. Para ellos, el Islam sería la solución que rescate al hombre contemporáneo de las contradicciones y el alineamiento en que vive. Y que, en cierto modo le ofrecería una respuesta integral.

Sea su raíz religiosa o política, lo cierto es que la arquitectura social de corte occidental refleja un arrinconamiento en la esfera pública de las creencias religiosas. Y es precisamente ese el escenario en que se desenvuelven los musulmanes, por ejemplo, en Europa. Y, aunque también muchos musulmanes reconocen las bondades del sistema, se preguntan dónde quedaron nuestras raíces.

Presente en nuestras sociedades. Construyéndolas día a día, el Islam es una realidad que debemos conocer inicialmente como un ejercicio de coherencia y responsabilidad. Permanecer de espaldas a él es correr el riesgo de ser ganados por el prejuicio, y de provocar  esa «guerra de religiones» que los católicos tienen la responsabilidad de evitar.

 

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