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Ponerle una vela a Janis Joplin, otro de los mitos de los 60

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En realidad, una mujer que desangró su vida buscando algo de amor

La contracultura es la confesión más numerosa en nuestra sociedad posmoderna. Nació en esas agencias de publicidad de Madison Avenue que se retratan en Mad Men (2007-215). Allí surgió lo cool y la idea de utilizarlo como argumento de venta masivo. Empezaron a probarlo y funcionaba. A la gente le gustaba nadar a contracorriente, negar el pasado, sentirse beatnik y diferente, libre de convencionalismos.

Todo aquello llegó a su punto de ebullición a finales de los sesenta. Lo que empezó siendo un aditamento publicitario, se convirtió entonces en una magna erupción dionisíaca, en que aquellas nuevas tendencias se convirtieron en el radical modus vivendi de una generación, entre cuyos cabecillas se contaron algunos que murieron jóvenes, convirtiéndose ipso facto en verdaderos mitos fundacionales, en chivos expiatorios de esa carrera desenfrenada a caballo entre la diversión y la liberación de estructuras.

El club de los 27 tuvo cuatro grandes jinetes en aquella época: Brian Jones, de los Rolling Stones; Jim Morrison de The Doors; Jimmy Hendrix y Janis Joplin A todos ellos se les han levantando altarcillos sobre los cuales, periódicamente, un director de cine les enciende una vela en forma de biopic o de documental. Es un modo sencillo de mantener viva la fe en los que podrían ser llamados los pioneros de lo cool, los primeros que se tomaron a rajatabla la coherencia en la transgresión y partieron no solo hacia los paraísos artificiales sino también hacia el otro mundo.

Alguno de esos filmes merecen recuerdo: The Doors (1981), de Oliver Stone, o Stoned (2005), sobre Brian Jones, son buenos ejemplos de ello.

El citado club selecto se ha ido incrementado con el tiempo. Kurt Cobain se boló la cabeza con una escopeta de caza en el 1994. Años después tuvo también su memorable película, en la que, por cierto, no se reconocía explícitamente que el protagonista era él, aunque resultaba algo innegable. El nombre de aquel extraño artilugio narrativo que formaba parte de una trilogía era Last Days (2005), del gran Gus Van Sant. En 2011 fue el turno de Amy Winehouse, que se bebió vodka hasta que se le paró su maltrecho corazón. Hace bien poco recibió, cómo no, su ofrenda cinematográfica en forma de documental: Amy Winehouse (2016).

Esta semana ha llegado a nuestras pantallas una de estas obras litúrgicas. En esta ocasión se vuelve a aquellos locos años de Woodstock y se recupera la figura de Janis Joplin en un documental hilvanado por el contenido de algunas de sus cartas, por entrevistas con familiares, compañeros, amigos, amantes, productores y managers, y por imágenes de sus conciertos, entrevistas y filmaciones varias.

Se titula simplemente Janis (2015) y no supone ninguna innovación en lo formal. Sin embargo, eso no desmerece en absoluto el producto que en todo momento sostiene la atención del espectador fascinándolo con la personalidad de la cantante, que en ningún momento deja de cantar con su voz desgarrada y medio afónica de blues woman sus canciones autobiográficas y de bailar sus danzas báquicas en las que, como ella misma cuenta en su entrevista en Life, se sume en una especie de acto sexual colectivo-unitivo con el público.

La trama sigue el orden cronológico. Se nos empieza hablando de su inicios en Port Arthur, Texas, y se sigue su estela hasta California, desde su amada San Francisco hasta Los Ángeles, donde falleció. El trazo impresionista de la directora, Amy Berg, nos deja en la memoria la figura de una chica que parece no haberlo pasado demasiado bien en el colegio. Aquel mundo tradicional del que venía se le fue haciendo progresivamente estrecho por intolerante con sus extravagancias e inquietudes.

En todo el metraje adivinamos una mujer en la incansable búsqueda del amor. Bisexual, promiscua, coqueta, inesperadamente atractiva, escandalosa, bebedora, adicta a la heroína y al éxito, en ningún momento de sus idas y venidas por los escenarios del mundo deja de ser una niña inteligente y alegre que se desangra secretamente porque está herida afectivamente, y tiene compulsivo pavor de que la dejen de querer, de quedarse sola sin el calor de ese público que, junto con el chute, son para ella lo más preciado.

Su voz de negra se apaga para siempre tras una sobredosis. Había recibido malas noticias o quizás la droga era demasiado pura. En cualquier caso, su hermana nos dice que vivió su vida de acuerdo con sus valores. O sea, moraleja, que la coherencia está sobrevalorada.

 

Tags:
cine
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