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No seas espectador: De la indiferencia a la misericordia

Carlos Padilla Esteban - publicado el 05/03/16

La obsesión por el trabajo nos puede volver indiferentes ante todo lo que suponga perder el tiempo

Puede ser que con el tiempo no me afecte tanto el mal de tantas personas que sufren. Me acostumbro al dolor. Tal vez a los médicos les pasa algo parecido al tratar tantos enfermos. La cantidad de personas que sufren hace que el dolor de todas ellas ya no nos parezca tan grave.

Me da miedo acostumbrare al mal del mundo. No quiero vivir con indiferencia. Quiero amar con un amor que se involucre.

Decía el padre José Kentenich: “El Buen Pastor da su vida por sus ovejas. No se queda de brazos cruzados en la orilla de un mar azotado por la tempestad, ni se limita a contemplar indiferentemente las aguas rugientes, en la cual miles y miles de personas están expuestas al viento y las olas, luchando, desamparadas, por no perecer. Tampoco se contenta con arrojar desde lejos el salvavidas a quienes se están ahogando, sino que Él mismo se arroja al agua, arriesgando su vida, para salvar lo que se debe salvar”[1].

Creo que la misericordia es lo contrario de la indiferencia. Hace poco leí de nuevo a Nouwen y su deseo de no madurar. Él no quería ser el padre: “Toda tu vida has estado buscando amigos, suplicando afecto; has estado interesado en miles de cosas, has rogado que te apreciaran, que te quisieran, que te consideraran. Ha llegado la hora de reclamar tu verdadera vocación: ser un padre que puede acoger a sus hijos en casa sin pedirles explicaciones y sin pedirles nada a cambio”[2].

Él no quería asumir responsabilidades, ser maduro y afrontar la vida. Uno vive mejor como hijo pródigo: “La idea de ser como aquel anciano que no tenía nada que perder porque ya lo había perdido todo y sólo le quedaba dar, me abrumaba.Ha sido una lucha lenta y muy dura, y todavía a veces siento deseos de permanecer en el papel de hijo y no crecer nunca. Pero también he saboreado la inmensa alegría de los hijos que vuelven a casa, la alegría de imponerles las manos en un gesto de perdón y bendición. He empezado a conocer lo que significa ser un padre que no hace preguntas sino que lo único que quiere es acoger a sus hijos en casa”[3].

A veces me pasa igual. Me da miedo el papel del padre y no la vida más fácil del hijo. Me da miedo involucrarme en ese abrazo que cuesta toda una vida.

Pero sé que no quiero vivir mi vida como un espectador sombrío, hierático, estático, demasiado frío. En el fondo del alma anhelo ser ese buen pastor que da su vida por los suyos y no se la guarda. Ese buen pastor que sale a buscar la oveja perdida, pierde el tiempo y se involucra. Ese buen pastor que no teme el rechazo ni la muerte, a quien no le asustan las heridas de esa lucha en la que da su amor a los que le buscan.

Me gustaría no permanecer indiferente nunca ante los hombres. Sueño con vivir esa compasión que me acerque al dolor en lugar de alejarme. No quiero ser una de esas figuras frías que no aman, no se mueven, no se lanzan a abrazar. Juzgan, analizan e interpretan desde lejos.

Me han dado qué pensar esas figuras que no viven la vida, simplemente la observan. Me recuerdan a tantas personas que viven las vidas de los famosos a los que siguen por televisión, porque son vidas más fascinantes que las propias.

No sé si mi vida es más o menos fascinante que otras vidas. Me importa poco. Lo que no quiero es ser toda mi vida un espectador que no juega, que no interviene, que no arriesga, que no ama, que no lleva su corazón en la mano. Un espectador ocupado de sus asuntos, demasiado ocupado como para prestar atención a otros.

Hace poco tuve que contarles a niños de tres y cuatro años la parábola del buen samaritano. Lo intenté. Días después una madre me contó: “Mi hijo de cuatro años dice que aprendió una cosa. Que es más importante ayudar que trabajar. Y le dijo a ella: – Pero no pasa nada, mamá, tú trabajas en un hospital y ayudas”.

Algo quedó grabado en su corazón después de todo. Esos hombres con prisas, tan preocupados de sus cosas que no se podían detener a ayudar al hombre herido al borde del camino, no eran los buenos del cuento. Tenían muchas cosas que hacer y no podían perder su valioso tiempo. Me conmovió cómo ese niño se quedó con lo importante.

La obsesión por el trabajo nos puede volver indiferentes ante todo lo que suponga perder el tiempo.

No quiero ser indiferente ante el dolor. Indiferencia frente a misericordia. Quiero dar la vida en lugar de guardarla por miedo a perderla.

Hay muchos heridos al borde del camino. Muchas necesidades y no doy abasto. Pero puedo permanecer quieto, juzgando la realidad de lejos, sin involucrarme. Me da miedo ser una de esas figuras esas figuras estáticas, calladas, apagadas.

[1] J. Kentenich, Kentenich Reader I

[2] H. Nouwen, El regreso del hijo pródigo

[3] H. Nouwen, El regreso del hijo pródigo

Tags:
alma
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