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Cómo afrontar algo ante lo que (aparentemente) no puedes hacer nada

Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/03/16

No quiero ser indiferente aunque no pueda hacer nada, siempre podré rezar

Me duele la indiferencia ante el que sufre, ante el que nada tiene, ante el que busca. Me duele, es verdad, pero yo mismo soy indiferente tantas veces.

Y no quiero que me dé igual que alguien se acerque o se aleje, que alguien quede herido y sufra, que alguien necesite apoyo y no lo encuentre.

La indiferencia aumenta la desesperanza, el dolor, la soledad. No quiero que deje de importarme que alguien se vaya de casa decepcionado, porque no recibe de la vida lo que espera, lo que sueña.

No podemos satisfacer todos los deseos, anhelos y expectativas, es verdad. Jesús tampoco lo hizo cuando pasó haciendo el bien entre los hombres.

Pero Él nunca se mostró indiferente ante el dolor de los demás. Se detuvo, miró con misericordia, extendió la mano y bendijo, sanó las heridas.

Decía el papa Francisco: «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él (1 Co 12,26). Formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. ¡Cuánto deseo que la Iglesia, nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia! También como individuos».

La indiferencia es lo contrario de la misericordia.

El otro día leía: «No es que no le preocupe el pecado, sino que, para Jesús, el pecado más grave y que mayor resistencia ofrece al reino de Dios consiste precisamente en causar sufrimiento o tolerarlo con indiferencia»[1].

Tolerar el mal con indiferencia. Causar dolor con nuestras imprudencias, con nuestros gestos, con nuestras palabras. ¿Soy consciente del dolor que causo a veces con mi desamor?

No soy responsable de todo el dolor que ocurre a mi alrededor. No puedo satisfacer todas las necesidades de los hombres. Y gustar a todos, caer bien a todos, resolver todas las preguntas y dudas de los que me rodean. No puedo. El dolor permanece. Y yo no logro calmarlo.

Pero no quiero ser indiferente aunque no pueda hacer nada. Siempre podré rezar. Eso siempre.

¡Qué dura es la indiferencia! Es ausencia de amor, de mirada, de mano extendida, de abrazo. Ausencia de palabras de ánimo y de acogida. No quiero ser indiferente aunque a veces me muestre indiferente.

Me recuerda la descripción de Nouwen del cuadro de Rembrandt del hijo pródigo que leí hace unos días: «Las dos mujeres de pie a diferentes distancias detrás del padre, el hombre sentado con la mirada perdida en el vacío, y el otro alto, de pie, erguido, contemplando con mirada crítica el acontecimiento, todos ellos representan distintas formas de no compromiso. Vemos indiferencia, curiosidad, un soñar despierto, una observación atenta; alguno mira fijamente, otro contempla, otro observa sin fijar la mirada y otro simplemente mira. Cada una de estas posturas me es muy familiar. Todas ellas son formas de no comprometerse»[2].

Se fija en ciertas figuras distantes, que observan, son simples espectadores que no se comprometen con la vida, que no se involucran en lo que está ocurriendo.

A veces corro el peligro de ser yo un mero espectador de la vida. El peligro de no crear intimidad, de no amar, de no darme.

El otro día leí algo de la vida de Engelmar, un sacerdote misionero que murió en Dachau: «Salió de este mundo como había vivido en él. Con el corazón en la mano. Le llamaban el ángel de Dachau, porque así se comportó en medio de aquel infierno. Había dejado escrito: – El amor multiplica las fuerzas, inventa cosas, da libertad interior y alegría. El bien es inmortal y la victoria debe ser de Dios«.

Me impresionó su descripción. Un hombre que vivió con el corazón en la mano. Y se fue de este mundo de la misma manera. Muchas veces no lo hacemos así y sufrimos, nos perdemos.

El corazón en la mano. Es un misterio. Me gustaría aprender a vivir así, amando. Entregándome a los hombres, involucrándome en sus vidas.

A veces vivo sin poner el corazón en lo que hago. Acompaño a otros, pero no los amo, no les entrego el corazón.

El padre José Kentenich les dijo a los jóvenes con los que empezó en el año 1912 que ante todo les entregaba su corazón. Ponía en sus manos su corazón. Es la única forma de vivir, de educar, de acompañar.

Pero a veces me refugio en una esquina, observo y pienso. No estoy en medio de la escena. No soy el que abraza ni el que es abrazado. No entrego el corazón. A veces corro el riesgo de ver pasar la vida ante mis ojos sin tomar partido.

Pienso en una persona que salta de su asiento cada vez que es requerida su presencia, o siente que puede ayudar. Aunque nadie lo vea. Aunque a nadie le importe.

Esta persona se involucra. No permanece al margen. Nunca ha sido espectadora de la vida. Ha sido protagonista de sus actos. Actos marcados por la vulnerabilidad de alguien que arriesga su vida por amor.

[1] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

[2] H. Nouwen, El regreso del hijo pródigo

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