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Capitanes intrépidos: Humildad y heroísmo en un mismo barco

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Un relato de aventuras rodado en 1937 y basado en un libro de Rudyard Kipling

Se acaba de estrenar La habitación (2015), una película profunda que habla de lo que pasa en el interior de un niño a través de los pequeños detalles y de las cosas pequeñas.

Una reducida habitación, una tarta sin velas, un juguete al que no hace caso o un trozo de papel arrugado.

En el cine contemporáneo tenemos la costumbre de hablar de las personas a través de las pequeñas cosas, consideramos que las verdaderas historias, las que realmente hablan del ser humano son aquellas mínimas que ocurren en espacios reducidos sin grandes despliegues de medios.

Por esta razón, a los directores de hoy en día les gustan tanto los planos detalles, aquellos que se fijan en la migaja de pan sobre la mesa mientras la cuchara en primer plano está desenfocada y la servilleta del fondo también.

Es frecuente que no reparemos en estos detalles, fundamentalmente porque estamos invadidos, y además resulta atractivo, nos entra con facilidad de modo que para qué preguntarse si es correcto o si está mejor o peor.

El gusto por el detalle nos ha hecho perder perspectiva y de paso, la pasión de los espacios abiertos.

El otro día, viendo Capitanes intrépidos (1937), que como en La habitación, nos habla de cómo ve un niño el mundo antes y después de una experiencia traumática, me di cuenta de cómo han cambiado las formas de contar las cosas en el cine.

En realidad, el cambio no se debe a que los directores de hoy no sepan o no quieran utilizar los grandes espacios, sino a que se ha abusado de este tipo de recursos hasta tal punto que su significado ha quedado reducido a una mera caricatura.

Lo que en Lawrence de Arabia (1962) era un gran plano general símbolo del alma atormentada de su protagonista, terminó convirtiéndose en una empalagosa postal que atragantaría a cualquiera en Memorias de África (1985), hasta llegar a los delirios visuales de, pongamos por caso, El señor de los anillos (2001).

Esto, aunque pueda parecer una tontería, ha favorecido la proliferación de pequeñas historias con pocos personajes en espacios reducidos. Semejante planteamiento ya huele a buena película aunque sea insufrible.

Sin embargo un largometraje de aventuras en alta mar suena mal. No tiene por qué ser siempre así -ahí está Master and Commander (2003)-, pero es un mal comienzo.

La idea entre algunos sectores es que Hollywood y sus grandes presupuestos nunca han traído nada bueno. Error.

Capitanes intrépidos es la historia de un niño que se hará un hombre entre pescadores, pero no un hombre cualquiera, un hombre de provecho.

Harvey (Freddie Bartholomew) es un niño de diez años repelente, inaguantable, engreído y mentiroso, que en una travesía por el océano cae al mar y es rescatado por un pescador, Manuel (Spencer Tracy).

Trasladado al barco de pescadores y ante la imposibilidad de variar la ruta de la nave (hay muchas familias dependiendo de una buena pesca), Harvey tendrá que aprender a comportarse, puede que no como un hombre, pero sí al menos a entender que uno no puede ir por el mundo como un energúmeno.

En este sentido, Capitanes intrépidos es un baño de humildad, una bofetada en la cara para despertar a un chaval que creía no necesitar nada más en este mundo que el dinero de su padre.

El film, dirigido por Victor Fleming, responsable de títulos legendarios como El mago de Oz o Lo que el viento se llevó, trató la novela de Rudyard Kipling como si de un relato de piratas se tratase, puede que porque su título es lo primero que a uno lleva a la cabeza.

El sentido de la épica y la aventura trasladado por Fleming a la película se nota también en sus personajes, hombres de los pies a la cabeza, sin fisuras y tan humanos y verosímiles como si hubieran estado encerrados en un pequeño habitáculo filmados a base de primeros planos.

Al final, Harvey sufrirá una transformación fruto de una historia íntima, pero también espectacular y grandiosa.

Una historia de grandes espacios y grandes hazañas, aunque sean en un barco de pesca que ha dejado atrás los relatos de piratas y bucaneros. Puede que por esto también, Capitanes intrépidos sea una historia sobre todo, sobre la humildad.

La humildad de su historia, de sus personajes, la ausencia de humildad en Harvey y muy especialmente la humildad que caracterizará a Manuel, un pescador portugués que se convertirá en la inspiración moral y emocional del pequeño Harvey.

Una obra maestra.

 

 

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