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Deadpool, una astracanada salvaje para gente crecidita

Jorge Martínez Lucena - publicado el 22/02/16

La fórmula de violencia, acción, risas, sexo y drogas sigue recetándose para combatir la ansiedad existencial

Imagínense que nuestro carpetovetónico Torrente, con camiseta de AC/DC y tanga de leopardo, es secuestrado en Torremolinos mientras se toma unos tintos de verano sentado en una terraza desde la que piropea a la concurrencia femenina con alguna de esas saetas sucias que no hace falta aquí repetir ni poner por escrito.

Los responsables del acto criminal son una célula ultrasecreta de una indeterminada agencia de los Estados Unidos de América y que está llevando a cabo una misión vital para los intereses militares de la mayor potencia nuclear del mundo, en la que intentan emular a Charles Xavier y a sus X-Men.

Han capturado a Torrente para hacer de él alguien de provecho, alguien que encarne el sueño americano, una máquina de matar siempre victoriosa tipo Steven Seagal o Arnold Schwarzenegger o Vin Diesel o Clint Eastwood encarnando a Harry el Sucio o siquiera el mítico Chuck Norris: alguien que represente los valores tradicionalmente americanos.

Pero, como es evidente para los que conocemos el percal, el experimento no podía salir bien y se tuerce y, tras el sacrificado tratamiento, pese a que le han rellenado el cerebro hueco con incontables inyecciones de neuronas sintéticas yanquis, pese a la agresiva cura de adelgazamiento, al body-building, a la cirugía estética, al traje de superhéroe rojo y negro que cubre de pies a cabeza su atlética figura, a su nueva agilidad y resistencia biónicas, a las catanas y a las pistolas, a su estrambótica y esdrújula tendencia a las piruetas y malabarismos más improbables, a su facilidad para la epifanía de rol, etc.

Pese a que ahora su nombre es Deadpool y pese a que se autoreinventa como un auténtico producto de la Marvel, la transnacional y transhistórica constante antropológica del cínico desencantado que se hace el graciosillo para no volarse la tapa de los sesos con una escopeta de caza a lo Kurt Cobain, sigue estando ahí, soltando chistes negrísimos y verdísimos.

Cuando sales de ver Deadpool te das cuenta de que te has reído unas cuantas veces y de que si lo que le pedías a tu entrada de cine era un rato entretenido se te ha cumplido el deseo. No es otra cosa que una película de superhéroes, aunque atípica. Lo de antihéroe se queda, digámoslo, muy corto en este caso, como sucede en el cómic original del que ha sido trasplantado.

Los Batman, Superman, Lobezno, Spiderman y demás superhéroes llevados últimamente al cine son bastante antiheroicos. Todo el mundo lo dice. Pues bien, si ellos son antiheroicos, Deadpool es lo que sucede varias reencarnaciones más allá.

Lo reconoce el mismo personaje poco después de iniciarse el baile, rompiendo la cuarta pared mientras sostiene ensartado en el aire a un enemigo al más puro estilo pinchito moruno en todo lo alto pero con dos catanas en lugar de una: “Ahora estaréis preguntándoos: ¿pero, esta película no era de superhéroes? Bueno, es probable que yo sea super, pero por supuesto no soy ningún héroe. Y sí, esto es un homicidio”.

O sea, una astracanada salvaje de la escuela de Porkys (1981), Algo pasa con Mary (1998), American Pie (1999) o Resacón en Las Vegas (2009), pero con la adrenalina del cine de acción, con mucha espectacularidad taquicárdica, con abundancia de efectos especiales, con profusión de cámaras lentas, balas generando ondas en el aire al estilo Wanted (2008), y, por si fuera poco, con la gracia de los guiones de Kevin Smith y la retranca nihilista de Greenberg (2010) en versión lenguaraz.

Dicho todo esto, yo creo que, para la síntesis final, lo mejor es ceder la alcachofa a Ryan Reynolds, el actor canadiense que interpreta al quimioterápico y vengativo protagonista, que, como recordarán, ya aparecía en plan superhéroe en Blade: Trinity (2004) haciendo de Hannibal King.

Este pasado viernes, con ánimo de promocionar el estreno de la película en España, Reynolds lanzó un mensaje a través de su perfil de Facebook que decía, en perfecto castellano: “Mamás y papás de España: me llena de orgullo y satisfacción pediros que guardéis a los chiquillos en casa porque este finde viene el coco. Cuero apretado, la cara como un cromo y culito respingón. Pero si ya pasas de los 18… ¡PREMIO! Nos vamos a partir el ojete en cines que da gusto, palabra de DEADPOOL ¡Wasapéalo, tigre!”.

No miente. La fórmula de violencia, acción, risas, sexo y drogas sigue recetándose para combatir la ansiedad existencial de la gente crecidita.

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