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¿Jesús es realmente único en la historia de las religiones?

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Un Dios hecho hombre, humillado, ejecutado como los pecadores, resucitado de entre los muertos que siempre nos interpela

1. Con palabras inequívocas, Jesús –y sólo Él- se puso al nivel de Dios. Esto le condujo a su condena a muerte por blasfemia. Como ningún otro, tuvo gestos que sólo Dios puede reivindicar.

“¡Nunca un hombre ha hablado como este hombre!” (Juan 7, 46).

La primera característica de la figura de Jesús es la pretensión que expresó, tanto en sus palabras como en sus actos, de ser de condición divina.

Esto es absolutamente único en la historia de la humanidad. Jesús es el único hombre que, en su sano juicio, ha “reivindicado” ser igual que Dios.

Esto se traduce en primer lugar en sus palabras, de las que informan los evangelistas Juan, Mateo y Lucas: “Tú, siendo hombre, te haces Dios” (Juan 10,33), “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14,10), “El Padre y yo somos uno” (Juan 10,30).

Todo esto condujo a su condena a muerte por blasfemia, en su proceso ante el Sanedrín (asamblea de responsables religiosos).

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Waiting For The Word | CC BY 2.0

El texto más decisivo se encuentra en el Evangelio de Marco, al narrar el proceso de Jesús:

“De nuevo el Sumo Sacerdote le preguntó: «¿Eres el Mesías, el Hijo del Dios bendito?» Jesús respondió: «Sí, yo lo soy: y ustedes verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo». Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?» Y todos sentenciaron que merecía la muerte” (Marcos 14, 61-64).

Con esta respuesta, Él se identifica solemnemente con este misterioso Hijo del hombre que el profeta Daniel (7, 13-14) contempló en una visión y dice que se sentará a la derecha del Todopoderoso y vendrá entre las nubes del cielo.

El poder y las nubes son en el Antiguo Testamento atributos estrictamente divinos, y aplicándoselo a Él mismo, Jesús reivindica claramente un rango divino.

La pretensión de Jesús de ser de condición divina no se expresa sólo con palabras explícitas, sino también en gestos y actitudes, a veces acompañadas de declaraciones.

Lo que sorprende inmediatamente y alegra a la multitud de Jesús es la autoridad con la que hablaba, a veces con la misma de Dios en la Ley o los Profetas: “Se dijo… pero yo os digo…” (Mateo 5, 21-44).

Él se atribuye incluso el derecho a perdonar los pecados a los hombres, un privilegio divino. Pide a las personas que lo sacrifiquen todo para seguirle y hace depender la salvación de los hombres de la actitud que hayan adoptado respecto a Él: “Quien pierda su vida por mi causa la salvará” (Marcos 8, 38).

Jesús reivindica una importancia tal que pretende estar personalmente tras cada hombre de la historia, poder acoger a todos y deber salvar a todos.

Esta pretensión, ligada a una gran humildad, es un hecho único en la historia de la humanidad y en ella está la esencia misma del cristianismo.

Todos los demás fundadores de una religión –Buda, Confucio, Mahoma- lanzan un movimiento espiritual que, una vez iniciado, puede desarrollarse independientemente de ellos. Pero Jesús es el objeto mismo del cristianismo.

Él no indica sólo un camino, como Lao Tse, afirma ser Él mismo el camino. No afirma ser portador de una verdad, como cualquier otro profeta, sino que se presenta como la Verdad misma.

No abre sólo una ruta que conduce a la vida, como los filósofos, sino que pretende ser, en su persona concreta, la plenitud misma de la vida divina: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14, 6).

Y afirma también: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (Juan 11, 25-26).

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¿Te lo crees tú de verdad?

Esto es único en toda la historia. Y la pregunta planteada por Jesús es la única que importa: “¿Lo crees tú?”.

La verdadera fe cristiana empieza cuando el cristianismo deja lugar a Cristo, cuando un creyente o un simpatizante deja de interesarse por las ideas o la moral cristiana, tomadas abstractamente, y se encuentra con Jesús como Alguien, aquel que reivindica ser verdadero hombre y verdadero Dios.

Uno entre miles de individuos en tanto hombre, y el Único en tanto Hijo eterno de Dios, venido a este mundo.

Y sin embargo, esta pretensión sin igual no es más que el primero de los tres rasgos esenciales de la figura de Jesús. ¡Veamos los otros dos!

2. De una forma que ninguna religión o filosofía ha osado imaginar, Jesús murió humillado, abandonado por los hombres y por Dios, con el rango de los pecadores.

La segunda característica de la figura de Jesús contrasta totalmente con la pretensión de la divinidad. Se trata de la extrema humillación de Jesús en la hora de su pasión.

Aquí nos encontramos con la paradoja absoluta de la figura desfigurada de Cristo.

El que emitió la pretensión exorbitante de ser el propio Hijo de Dios, muerto en el silencio de Dios, aparentemente abandonado de “su” Padre: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” (Marcos 15, 34). Este grito está tomado del Salmo 22, del cual Jesús clama en voz fuerte el primer versículo.

Esto impresiona tanto a los que allí estaban que tanto Marcos como Mateo se hacen eco de sus palabras en su lengua original, el arameo: “Eloï, Eloï, lama sabachtani?”.

La paradoja es total: el que reunía multitudes y era seguido por discípulos muere solo, incluso negado, traicionado por los suyos.

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Diego Velázquez | Public Domain

El vivo por excelencia se cuenta entre los muertos. El inocente, el santo de Dios, muere como un sin Dios, en la angustia de los pecadores.

La muerte humillante en el centro de su misión

Esta característica también es única. Es verdad que el universo mítico conoce bien la idea de un dios sufriente e incluso un dios que muere.

Pero se trata de una concepción mítica y no de afirmaciones referentes a un hombre concreto de la historia.

Además, el sufrimiento está incluido como una prueba marginal que enmascara de manera pasajera la belleza del dios inmortal.

Jesús, en cambio, va a la muerte como al centro de su misión. Él va hacia su hora, hacia el gran bautismo de su Pasión, como a la prueba decisiva en la que se juega todo.

Y de manera decidida y se lo dice con una lucidez y una claridad tal que los discípulos están aterrados.

El único Dios humillado de la historia

El judaísmo es la única, entre las religiones precristianas, consciente de la acción personal de Dios en la historia. Pero no vislumbra la realidad de Dios crucificado.

En el Libro de Isaías sí aparece un Servidor sufriente, estrellado por la prueba y que salva a la multitud tras haber llevado el pecado de los culpables.

Pero nunca Israel habría identificado a este servidor con la figura gloriosa del mesías y, todavía menos, con una persona divina.

Los Evangelios son claros sobre las dificultades que Jesús pasó, incluso con sus discípulos, para hacer aceptar a sus contemporáneos la idea de un mesianismo espiritual cuyo cumplimiento pasaría no por un triunfo político sino por un abismo de sufrimiento que preludia el surgimiento de un mundo nuevo, el de la resurrección.

3. Él es el único hombre del que testigos afirman que Dios Le hizo superar la muerte resucitándolo.

El diseño de la figura de Jesús termina con una característica absolutamente única: el testimonio sobre su resurrección de entre los muertos.

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Luca Giordano | Public Domain

No hay ningún otro hombre en la historia del que se afirme seriamente una cosa así.

Y la naturaleza y el contexto de estos testimonios son tales que la única explicación plausible de la aparición y el éxito de una afirmación así es que su objeto es real, es decir, el acontecimiento real –y en este sentido plenamente histórico- de la resurrección.

Un testimonio masivo y universal

El testimonio del Nuevo Testamento referente a la resurrección de Jesús es masivo y universal.

Los cuatro Evangelios han sido dirigidos a la luz de la fe pascual y no pueden entenderse sin esta luz. Respecto al libro de los Hechos de los Apóstoles, está todo dedicado al anuncio de la muerte y de la resurrección de Jesús.

Y lo mismo pasa con san Pablo, cuyas cartas están todas guiadas por la fe en la resurrección.

La resurrección también es central en las epístolas católicas (de Jaime, Pedro, Juan y Judas) y sobre todo en el Apocalipsis, que culmina en la contemplación del Cordero pascual, inmolado y resucitado.

Por su resurrección, Jesús fue rehabilitado, glorificado y alcanzó su plena estatura humana. Y han dado y dan testimonio de Él millones de personas en todo el mundo, incluso con su vida.

4. Por su resurrección, Jesús anuncia nuestra propia resurrección. Nos promete la vida eterna y es el único que lo hace.

Resucitando a Jesús entregado al poder de la muerte con el rango de los pecadores, Dios inaugura en Él una humanidad nueva y un mundo nuevo que ha atravesado el doble abismo de la muerte y del pecado.

Así, la Pascua es, para la fe cristiana, el principio de lo que la Escritura llama “los cielos nuevos y la tierra nueva” y Cristo resucitado aparece como el primogénito de entre los muertos.

Como tal, Jesús promete a la humanidad que le seguirá en la gloria de una vida nueva. El ser humano no está llamado sólo a “sobrevivir” en su alma inmortal.

Incluso nuestros cuerpos serán recreados para la vida eterna en un mundo transfigurado.

Ninguna filosofía, ninguna religión ha osado esperar tal destino de gloria para el ser humano. El gran mérito de la fe cristiana es el de osar proponernos una esperanza así, teniendo buenas razones para hacerlo y basándose en un acontecimiento histórico.

No se trata de un “opio para el pueblo” como diría Marx, sino de una realidad planteada en el marco de la historia humana.

Por monseñor André-Joseph Léonard, arzobispo de Malinas-Bruselas (Bélgica)

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