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La liberación de descubrir que eres pobre

Stephen Ryan

Carlos Padilla Esteban - publicado el 13/02/16

Al mirar al pobre y al impuro descubrimos nuestra propia impureza y carencia

La Cuaresma es un tiempo para salir de mí mismo y ponerme en camino hacia el que sufre. La misericordia de Dios, ese amor profundo e infinito de Dios, me mueve a dejar mi comodidad. Jesús me invita a salir de mí mismo, a descentrarme y a pensar en todo lo que puedo hacer por el que sufre, por el que necesita, por el que nada tiene.

En el encuentro con el pobre se manifiesta mi conversión. Es una oportunidad para vivir en función de los hombres y no centrado en mis deseos y planes.

A veces puedo ver el tiempo de Cuaresma sólo como un tiempo de autosantificación, un tiempo gris de sacrificios y renuncias. Pero no es así. Es un tiempo de misericordia. Un tiempo para regalar misericordia.

Por eso me detengo en mi vida y me pregunto si amo como Dios me ama. Si soy misericordioso como Jesús es misericordioso. Quiero mirar mi corazón y ser sincero. Y no quedarme sólo en prácticas ascéticas.

Comienza un tiempo de entrega. Comienza con la ceniza impuesta sobre mi cabeza. Comienza con el beso de Jesús que me recuerda cuánto me ama. Al recibirlo pienso en su misericordia conmigo.

Hoy se inclina sobre mí, toma mi rostro entre sus manos y me besa. Y yo le digo en lo secreto de mi corazón: Te quiero, Jesús. Y queda la marca de su amor grabada en mi alma para siempre.

La ceniza es esa bendición que Dios me da para poder ser misericordioso. Para ver las injusticias que cometo y entregar mi amor en cada gesto. Dios me besa en mi corazón endurecido que a veces no tiene misericordia con el que sufre.

Puede suceder que la eucaristía que vivo no se haya hecho carne en mi corazón y por eso no soy portador de misericordia. Puedo rezar mucho, ir a misa y comulgar. Puedo llevar a Jesús dentro de mí, a ese Jesús que se parte por amor. Puedo llevar una vida de oración seria.

Pero puede que ese amor de Dios no haya tocado mi vida y entonces luego, en medio del mundo, no sea capaz de amar partiéndome. Me falta generosidad y entrega. Soy injusto en mi trato con los pobres, con los necesitados.

Jesús me invita a cambiar el corazón. Por eso los cuarenta días de desierto que comenzamos en la Cuaresma son una invitación a dejarnos hacer por Dios. Que ese desierto purifique el alma y nos capacite para el amor.

Sólo así podremos desplazarnos hacia el que necesita nuestra entrega, nuestro amor y alegría. Sabemos muy bien que nuestro mayor sacrificio tiene que ser por el otro, por amor al que está en nuestro camino.

La Cuaresma es ese tiempo de gracias que nos regala la Iglesia para ser más santos en el amor, para crecer en hondura y para que podamos dar esperanza y vida al que la necesite.

No es un tiempo para hacer muchos sacrificios ascéticos. Es un tiempo para mirar hacia dentro del corazón y ver cuántas cosas desordenadas existen en mi alma.

Nunca habrá un orden perfecto, tampoco lo quiero. Pero sí puedo ver, cuando me callo y miro mi vida, dónde estoy más desordenado, cuáles son mis apegos más dañinos. Puedo darme cuenta de dónde está mi mayor fragilidad y se la puedo entregar a Jesús con humildad.

La Cuaresma es un tiempo de hondura y de desierto para poder salir hacia los hombres con el corazón lleno de amor, de un agua nueva que nos purifica. Siempre con la tensión del que se ha hundido en lo profundo de su alma y está al mismo tiempo a punto de ponerse en camino hacia los demás.

Dice el papa Francisco: “Tocando la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo.

En esa entrega que vivimos cuando nos descentramos, en ese encuentro con el más indigente, nos damos cuenta de nuestra indigencia. El que más da es el que más recibe. Al tocar a Jesús entre los más necesitados, descubre el hombre su indigencia.

Todos somos mendigos de amor, de misericordia, de perdón, de esperanza. Todos tenemos una herida honda en el alma.

Al tocar al leproso, al que nadie toca, al que nadie se acerca, nos hacemos como Jesús. Nuestro abrazo es su abrazo. Y, al mismo tiempo, nos bajamos de nuestra atalaya en la que estamos protegidos.

Al mirar al pobre y al impuro descubrimos nuestra propia impureza y carencia. Al salir nos abajamos para abrazar al que necesita su abrazo. Al hacer lo que Jesús hizo nos hacemos pobres y necesitados.

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