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“Zoolander nº 2”: estirar el chicle se pasa de moda

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Quizás dentro de 15 años nos divierta más que ahora…

Clasificación por edades: no recomendada a menores de 14 años

Trailer oficial en español: https://youtu.be/c6srF4nZdSc

En 2001 sorprendió y divirtió la burda sátira sobre el superficial mundo de la moda con la que el propio Ben Stiller (director, protagonista, coproductor, coguionista…) se ofreció un lujoso vehículo de lucimiento mientras atiborraba el metraje de cameos y apariciones de famosos (al estilo de lo que ya había hecho el español Santiago Segura con “Torrente” cuatro años antes) y trataba de componer una burla muy eficaz a base de disparatados gags que justificaban una endeble trama sobre una conspiración internacional que tenía a los modelos/actores como núcleo histórico por su facilidad para acceder a cualquier sitio.

Lo cierto es que la primera entrega atesora momentos realmente brillantes y hallazgos con una carga cáustica que supone una bomba de profundidad, todo ello envuelto en una siempre eficaz dirección del propio Stiller que, como otros actores de comedia estadounidenses generan odios acérrimos y pasiones desaforadas casi por igual.

Quince años después parecía que no habría forma de sorprender al público que entonces se quedó entusiasmado con esa versión desmitificadora y burlesca de las bambalinas de la moda, pero alguien en Hollywood ha creído oportuno ampliar la indagación, en un microcosmos que continúa fascinando casi en la misma medida, sino incluso más, gracias a la amplificación que supone Internet.

La acción de esta segunda parte cuyo título juega muy acertadamente con la nomenclatura de los perfumes de Chanel, nos presenta a los dos protagonistas de la primera, Derek (Ben Stiller) y Hansel (Owen Wilson), convertidos en seres anónimos, trasunto de tantos juguetes rotos deglutidos por la fama y que hoy vemos peregrinar en la tele en programas de segunda fila, concursos y realitys de lo más variopinto o reducidos a páginas interiores (y además página impar) de las revistas del corazón.

Para regresar a la fama, los exmodelos deciden viajar a Europa para intentar hacerse un hueco entre la nueva generación de celebrities, viéndose mezclados con una conspiración que atenta contra famosos (muchos se alegrarán de ver, aunque sea en la ficción, cómo el malvado conspirador acaba con la vida del artista Justin Bieber).

Por supuesto el cúmulo de meteduras de pata, confusiones y exhibiciones orgullosas de pura estulticia revestida de superioridad autoconsciente por la privilegiada condición de modelo salpican la trama, aunque probablemente con una menor tasa de sonrisas por minuto de lo que Ben Stiller hubiera deseado.

Para entender, tal vez, la intangible esencia de “Zoolander nº 2” podemos recurrir al ejemplo de uno de los diálogos de la película, tras recordar que, entre otras cosas, lo que en la primera película se nos explicó era que Derek Zoolander debía su éxito a tres miradas (Magnum, Acero Azul y Le Tigre, que básicamente eran la misma expresión de ojos asutados y morro fruncido) que en la secuela se ven ampliadas con una nueva sonrisa. Cuando en una entrevista por parte de la revista Vogue, se le pregunta a Zoolander por esa nueva sonrisa, este responde que “se llama Bitcoin (como la moneda virtual que se caracteriza por no existir de forma tangible), y es virtual, no la podéis ver pero es muy valiosa”.

Quizá con el paso del tiempo el primer “Zoolander” nos parezca más divertido de lo que realmente fue, y haya que esperar otros 15 años para que esta segunda parte también nos lo parezca. Pero tras verla se queda uno con la sensación de que por el camino se ha perdido algo. Y es que cuando se estira demasiado un chicle, además de elasticidad,puede perder su sabor. Y la capacidad de hacer globos con él.

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