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Creed: Rocky nos recuerda que la vida es una batalla buena

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No es solo una película de boxeo sino también un drama familiar lleno de emoción

Siguiendo la línea de Jurassic World, Star Wars o Star Treck, la saga de Rocky también quiere recuperar el espíritu primigenio y reinventarse. Y aunque ya lo logró en parte con Rocky Balboa (2006), con esta última entrega se afianza aún más.

Mirando toda la saga de Rocky Balboa, inspirada en el campeón mundial Rocky Marciano, lo primero a agradecer es esa enseñanza de que la vida es como un ring de boxeo. También en esta séptima entrega nos lo transmite el propio Rocky: el contrincante más duro al que jamás te vas a enfrentar eres tú mismo. Y eso será así en el ring y será así en la vida.

En esta ocasión la trama se centra en Adonis Johnson, el hijo del campeón del mundo de los pesos pesados Apollo Creed, que falleció antes de que naciera. Tras unos primeros años conflictivos en la cárcel de menores, el joven Adonis recibe una visita que cambiará su vida: la exmujer del fallecido Apolo, que decide acogerlo como si fuera su madre biológica. A pesar de los intentos de ella de apartarle del mundo del boxeo, Adonis decide seguir los pasos de su padre. Para ello se va a Filadelfia, en busca del legendario contrincante de Apollo, Rocky Balboa con intención de que sea su entrenador.

Creed pretende recuperar el espíritu de las primeras películas de la saga y además de lograrlo consigue tener identidad propia y actualizar una saga para las nuevas generaciones. Pero además plantea una serie de cuestiones de primer nivel que vale la pena destacar: la necesidad de pertenecer a una familia como antídoto contra la violencia juvenil (de sentirse acogidos y “a salvo”), la importancia de sanar heridas para que pueda darse el aprendizaje (tanto vital como académico) o el valor de ser dueño y protagonista de tu vida aunque haya que aprenderlo a base de los golpes que trae la vida.

En este sentido, es interesante la relación entre Rocky y Adonis, que se ayudan mutuamente a luchar cada uno en su ring personal. Por el lado de Adonis es fundamental explicar la secuencia del “puño cerrado” al principio de la película, cuando aún es un joven conflictivo con el ceño fruncido y el puño cerrado por la rabia contenida. Poco hará falta para que ese puño se abra, como expresión de una bella conmoción interior…

Como en todo el cine contemporáneo, la ausencia de la figura paterna vuelve a ser un tema gordiano que afecta a la identidad del personaje de Adonis y a la relación con Rocky. Muy interesante es la otra secuencia de cárcel (la primera la del “puño cerrado”) en donde Rocky le hace ver que está modelando su vida en base a alguien que ya no está allí ni va a estar jamás: su padre. Porque si no sana su herida interior jamás podrá darse por entero ni en el ring ni en la vida.

Aunque no es una gran película y es algo predecible, Creed es una muy digna continuadora de una de las sagas más populares y queridas del cine. Dirigida y escrita por Ryan Coogler e interpretada con gran acierto por un fabuloso Stallone y un carismático Michael B. Jordan (Adonis), Creed consigue convertirse en un afectuoso homenaje a la vez que introduce fluidez y contundencia a la narración visual: planos secuencia, combates ágiles y una nostálgica estructura que evoca en espíritu y forma a sus orígenes.

Creed al igual que lo fue Rocky en 1976 no es solo una película de boxeo, que también (y bastante dura), sino que es un drama familiar lleno de emoción que no se regodea en los golpes con una intención morbosa sino que golpea una y otra vez a los personajes hasta que los hace protagonistas de sus vidas. Y así nos recuerda que la vida es una batalla buena en donde no todo consiste en ganar o perder sino en dejarse la piel por un gran ideal sin perder lo mejor de nosotros mismos: nuestra verdadera identidad.

 

 

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