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¿Problemas para rezar? Aquí te ayudamos a superarlos

© Leland Francisco

Philip Kosloski - publicado el 06/02/16

Conquistar obstáculos, dominar el arte de la oración

¿Te resulta difícil rezar? ¡A mí también! Seré sincero y confesaré que a mí nunca me ha resultado fácil rezar y sigue habiendo días en los que fracaso miserablemente. Lo que evita que me rinda es saber que la oración no es algo que trate sobre mí, sino sobre Dios. Tiene que ver con responder a Su invitación de amor y con hacer todo lo que podamos por luchar contra los obstáculos que se interpongan entre Dios y nosotros.

Rezar es un “combate” y el campo de batalla está en nuestros corazones. ¿Nos rendiremos y huiremos o lucharemos hasta que el último aliento abandone nuestro cuerpo?

Como cualquier otra relación, la oración no “aparece” como por arte de magia. Las relaciones necesitan tiempo para desarrollarse y mucho esfuerzo para mantenerse. No conocí a mi esposa y me declaré a ella el mismo día. Necesité tiempo para que nuestra amistad se desarrollara primero. Incluso después de la boda, no podía dedicarme a cruzarme de brazos y dejar de buscar conversaciones con mi esposa ni volver a tener una cita con ella. Si hubiera actuado así, nuestro matrimonio ya no existiría.

Con la oración pasa lo mismo.

No podemos esperar que nuestras oraciones sean siempre perfectas y que nunca tengamos ninguna dificultad. Incluso los santos tuvieron problemas para rezar durante toda su vida. La oración exige un gran esfuerzo y se supone que ha de madurar y mejorar con el tiempo.

El Catecismo usa palabras incluso más enérgicas y nos enseña a involucrarnos en un “combate” frente a nuestras dificultades:

“[E]n este combate hay que hacer frente a lo que es sentido como fracasos en la oración: desaliento ante la sequedad, tristeza de no entregarnos totalmente al Señor, porque tenemos “muchos bienes” (cf Mc 10, 22), decepción por no ser escuchados según nuestra propia voluntad (…). La conclusión es siempre la misma: ¿Para qué orar? Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos” (CIC 2728, énfasis del autor).

A menudo este combate sucede contra nuestra propia naturaleza humana, según explica el Catecismo.

“Mirado positivamente, el combate contra el ánimo posesivo y dominador es la vigilancia, la sobriedad del corazón” (CIC 2730).

El enemigo más común durante la oración son nuestras propias tendencias pecadoras y nuestra propia falta de virtud.

Otra buena forma de explicar la complejidad de la oración es comparándola al ejercicio físico. Para dominar el levantamiento de pesas y correr grandes distancias hace falta tiempo y esfuerzo. No puedo confiar en que, sencillamente, puedo salir a la calle y esprintar un kilómetro entero y convertirme en un corredor de élite. Debo empezar despacio y luego aumentar gradualmente mi velocidad durante varios meses y años, antes de poder dominar el ejercicio.

Con la oración pasa lo mismo.

En palabras del escritor Jim Beckman:

“Tampoco la vida interior surge de forma natural. ¿Cómo es que tantísimas personas pueden resistir lo que parecen infinitos obstáculos para lograr hacer ejercicio, pero cuando aparece un obstáculo en la oración o en las disciplinas espirituales, la mayoría parece flaquear? Mi opinión es que si queremos tener éxito en el viaje espiritual, tenemos que aproximarnos a nuestra espiritualidad de una forma similar a como nos planteamos un programa de ejercicios” (God, Help Me: How to Grow in Prayer [Dios, ayúdame: Cómo mejorar en la oración], pág. 112).

No deberíamos cejar en nuestro esfuerzo por orar cuando surja un obstáculo o una distracción. La oración no va ser fácil y no deberíamos esperar ser perfectos ni recibir revelaciones de un arcángel. Santa Teresa de Ávila explicó los diferentes niveles de la oración en términos de un “Castillo interior”. No empezamos directamente desde la “Morada séptima” [en la que, según la obra de Santa Teresa, el alma alcanza el matrimonio espiritual con Dios], sino que tenemos que ir trabajando para acercarnos a Dios desde fuera, empezando por la “primera”. Es importante recordar esta idea, porque pondrá en perspectiva la oración en nuestra vida.

Por encima de todo, debemos combatir y seguir combatiendo. Lo peor que podemos hacer es rendirnos. Cuando nos rendimos, el Enemigo de nuestra alma resulta victorioso.

¡Sigamos las señales de Cristo y luchemos contra los numerosos obstáculos de este mundo!

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