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Lo que da paz y fuerza: descansar en el amor

Carlos Padilla Esteban - publicado el 23/01/16 - actualizado el 07/11/18

A veces me olvido de lo más importante, de ser hijo

Me gusta mirar a María y descansar en Ella. Poner mi corazón en el suyo y saber que estoy llamado a ser santo en sus manos.

Recuerdo unas palabras de un amigo: «Santidad significa saberse amado por Dios y pertenecerle a Él por completo. En el día a día miramos siempre hacia Él. Santidad significa elegir aquello que me permite crecer hacia una mayor madurez y ser testimonio eficaz en el mundo. En su cercanía uno es mejor persona. Nuestra santidad tiene un nombre: María. La fuerte y digna, sencilla y bondadosa que reparte amor, paz y alegría. Esta santidad nos conduce a la abundancia de la vida y a la libertad de los hijos de Dios. El camino con María es una pedagogía eficaz de la santidad que queremos hacer visible en el mundo».

Una santidad con un nombre: María. Me parece bonito verlo así. Así como san Pablo anunció toda su vida el misterio de Jesús, hay personas que quieren ser anunciadores del misterio de María.

Quisiera ser más niño. Me gustaría estar más en sus manos. Confiar más en Ella. Dejar todos mis miedos y preocupaciones. Muchas veces no lo consigo y quiero llevar el timón de mi vida.

María me mira, vuelve su mirada hacia mí para que no me olvide, para que no deje de ser niño. A veces me olvido de lo más importante, de ser hijo. Un hijo dócil en manos de su padre.

¿Cómo puedo aprender a ser hijo? Decía el padre José Kentenich: «Puedo explicar teóricamente el concepto, puedo preocuparme de que tengan vivencias supletorias. Pero es un proceso largo. Puedo llegar a posibilitar que la persona intuya con relativa claridad lo que quiere decir: hijo, padre, pero eso no se logra escuchando una conferencia sobre la paternidad y lo que significa ser hijo»[1].

Sólo las vivencias de filialidad son las que nos permiten ser hijos. Las experiencias en las que me confronto con mi pobreza y alzo las manos a Dios para que me acoja y abrace.

Decía el Padre Kentenich: «Falta un fuerte sentir de niño; el niño clama por su padre, no puede existir sin el Dios Padre personal. ¿Cómo se origina esa carencia en nosotros? No sólo nos falta sentido para la ternura sino también generosidad. El hijo no mide las cosas minuciosamente, no pregunta qué debe hacer. San Francisco de Sales marcó el rumbo cuando dijo que en la nave real de Dios no hay galeotes, sino sólo remeros voluntarios. El esclavo sólo rema mientras el capataz empuña su látigo. El hijo en cambio trabaja porque puede trabajar. El hijo hace las alegrías de su padre, se porta bien porque sabe que así lo desea su progenitor. He aquí la actitud generosa, la de los santos, la del verdadero y genuino hijo de Dios»[2].

Me gusta ese espíritu generoso y desprendido. La vida en Dios no consiste en hacer grandes sacrificios rituales, en ofrecer ritos y gestos que quieren expresar nuestro amor. Va más allá. Se concreta el amor que profesamos en gestos generosos.

El hijo nunca mide, no calcula. Da sin esperar recompensa. Lo da todo. No se siente ofendido si nadie le agradece por dar la vida. Si su entrega no es valorada por los demás.

El niño, el hijo, se alegra de servir, de dar, de estar cerca de su padre. No para recibir la recompensa merecida. Sino para tocar su ternura y acariciar su presencia.

Ese espíritu de hijo es el que quisiera tener en mi camino. Pero me falta y me siento pobre. Me siento adulto, como si ya no fuera ese niño confiado e inocente que mira su vida con pureza de corazón.

[1] J. Kentenich, Hacia la cima

[2] J. Kentenich, Niños ante Dios

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alma
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