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Siente la paz de Belén

© FR LAWRENCE LEW / CC FLICKR

Belén

Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/01/16

Jesús trae la paz al lugar de la guerra, mi corazón tampoco tiene paz

Me gusta la paz de Belén en esa noche santa. Parece extraño. Belén no es precisamente un lugar de paz. Belén es una ciudad fortificada. Una ciudad de violencia. Y precisamente Dios viene a nacer ahí. Me sorprende. Algo me querrá decir.

Jesús trae la paz al lugar de la guerra. Trae el amor allí donde reina el odio. Mi corazón tampoco tiene paz. Me impresiona la paz de Jesús al nacer. Me gusta la vida detenida ante un Belén. Mi vida llena de prisas y ruidos no tiene tantas veces paz. Está llena de voces y agobios. Cuando fracaso, cuando toco la muerte y la enfermedad, me turbo, pierdo la paz.

Justo el otro día leía de esa paz milagrosa que sólo nos da Dios: “No creo que haya un milagro más grande que la paz ante la muerte. Para mí esa es la perla preciosa que vale más que todo lo que tengo”[1]. Una paz verdadera que llega en Navidad.

Me impresiona esa paz que no es fruto de circunstancias favorables. Es un don. Un milagro. “¿Sabes? Dejé de querer entender, si no, me habría vuelto loca. Y estoy mejor. Ahora estoy en paz y asumo lo que viene, Él sabe lo que hace. Hasta ahora no me ha decepcionado. Ya lo entenderé. Cada día viene con su propia gracia. Sólo tengo que dejarle espacio”[2].

Esa paz no se improvisa. Es fruto de una vida honda, profunda, que tiene bien puestas sus bases. Una vida construida sobre roca, no sobre arena.

Esa paz ante los planes de Dios de la que habla Santa Teresa: “Si queréis, dadme oración, si no, dadme sequedad, si abundancia y devoción, y si no esterilidad. Soberana Majestad, sólo hallo paz aquí: ¿qué mandáis hacer de mí? Dadme, pues, sabiduría, o por amor, ignorancia; dadme años de abundancia, o de hambre y carestía, dad tiniebla o claro día, revolvedme aquí o allí: ¿qué mandáis hacer de mí?”.

Esa paz o santa indiferencia ante lo que Dios tenga para mí. No es tan sencillo vivir expuesto, confiado, abandonado. Es una gracia que pido ante Jesús en el Belén. Porque me turbo y enfado cuando no me salen los planes y no todo me resulta bien. Quiero tener esa paz ante la vida.

Hoy vengo ante Jesús en Belén con mi vida desordenada. Mi vida pobre. No sé bien qué haría si dejara un día de sorprenderme ante un Belén. Me parece el mayor milagro que Dios puede hacerme.

Quiero maravillarme ante esos reyes de Oriente que vienen sorprendidos. Ante esos pastores a los que Dios llama y les pide que no teman. Pero ellos temen. ¡Cómo no hacerlo! Yo también temo. Y sólo me calmo cuando miro al niño en el Belén. Así todo parece más calmado.

En la vida hay personas, conozco algunas, ante las cuales es como estar delante de un Belén. Dan paz, tienen luz y vida, su mirada es canto, es un villancico entonado con voz muy queda.

Me gustaría tener yo ese don sagrado de ser Belén, tierra sagrada para otros. Donde otros encuentren paz. Me gustaría albergar en mi alma a Jesús, a María, a José y poder entregarlos al que se acerque a mí.

[1] Simone Troisi y Cristian Paccini, Nacemos para no morir nunca, 153

[2] Simone Troisi y Cristian Paccini, Nacemos para no morir nunca, 122

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