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Macbeth: Preciosismo visual al servicio de la prosa de Shakespeare

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El cineasta australiano ha conseguido algo realmente complicado, casar imágenes casi de videojuego, con un drama universa

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La relación que Shakespeare ha mantenido con el cine no por cuantiosa, ha dejado de ser complicada. Podríamos decir que el dramaturgo inglés ha sido llevado al cine en más de un millar de ocasiones. Sus obras, laberínticas y complejas hasta el puro delirio, han servido de inspiración, soporte, canal y hasta emisor para articular algunas de las grandes cuestiones del ser humano.

Sin ser ningún erudito de la obra de Shakespeare por poco que uno haya leído su obra y por pocas películas que uno haya podido ver inspiradas en el autor inglés, resulta fácil adivinar la presencia de determinadas constantes como la pasión, la culpa, la redención, la venganza, la traición y la ambición. También suele haber algún fantasma para animar la función e indicar cuáles van a ser las guías maestras por las que va a discurrir la tragedia que, como su propio nombre indica, suelen concluir muriendo hasta el apuntador.

Seguramente por todo lo dicho hasta ahora y por un buen montón de cosas que se me escapen, llevar a Shakespeare al cine siempre ha sido una labor difícil. Como buenas obras de teatro, aquellos relatos se apoyaban fundamentalmente en la palabra, razón por la cual sus diálogos siempre han estado minados de trampillas, recovecos inexpugnables y callejones sin salida.

Sin embargo, cuando esta materia prima es trasladada al cine las prioridades cambian. Pasamos de un medio donde prima la palabra (el teatro) a otro donde lo fundamental es la imagen (el cine). La convivencia equilibrada entre estos dos aspectos ha sido el particular quebradero de cabeza de todos aquellos que se han atrevido con Shakespeare en el cine.

Es por esto también que las películas basadas en obras de Shakespeare suelan moverse entre excesos: un exceso de prosa que busca su contrapeso en un exceso visual. Esto le pasó al mismísimo Orson Welles, uno de los primeros americanos en intentar acercar al genio de los escenarios ingleses al público de la Coca-Cola de Estados Unidos.

También lo hemos podido comprobar en las adaptaciones de Kenneth Branagh y desde luego, es también una máxima en la película de Justin Kurzel, Macbeth (2015). El film, trata de combinar su cuidadísima puesta en escena con sus no menos cuidados diálogos, en un conjunto ciertamente compacto y muy bien redondeado. El cineasta australiano ha conseguido algo realmente complicado, casar imágenes, que muy bien podrían haber salido de un videojuego, con un drama universal situado en la Edad Media sobre la ambición.

No en vano Kurzel se encuentra ahora mismo dirigiendo Assassins Creed (2016), la adaptación al cine del videojuego del mismo título que transcurre en las Cruzadas. Tiene sentido. Como lo tiene que el director haya forzado la cámara para ofrecer un espectáculo en todo caso, templado, contenido y al servicio de la historia.

En el Macbeth de Kurzel, cuando las pasiones, las culpas, los odios y los miedos van atenazando a sus personajes la película se va volviendo progresivamente más hermética hasta un punto visualmente casi abstracta. Al final, lo que domina en el film de Kurzel son las imágenes. Puede que la prosa de Shakespeare haya terminado diluyéndose entre sus planos casi preciosistas aun así, ese es el precio que tiene que pagar el autor de Hamlet por ver su obra llevada al cine. No se puede tener todo.

 

 

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